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Transfugismo

Transfugismo

Estamos asistiendo en estos días a un autentico festival carnavalero de transfugismo en nuestra geografía política nacional. El caso más sonado es, sin duda, el del señor Gilberto Serrulle, miembro de una destacada familia peledeista de Santiago de los Caballeros, que fue sacrificado en sus aspiraciones a la Sindicatura de esa ciudad víctima de la alianza entre su agrupación política y el Partido Reformista Social Cristiano. Es el más sonado y significativo pero desde luego no es el único.

Lógicamente sus anteriores compañeros peledeistas han lamentado la decisión de Serrulle de pasarse a las filas de la oposición y han tratado de restarle importancia al hecho, que el propio político calificó de “difícil pero necesaria”. El secretario general peledeista, Reinaldo Pared Pérez, aseguró que Serulle se arrenpetirá de haberse ido y calificó como un mal camino su decisión. Ya cuando se empezó a rumorar que dejaría las filas del partido de Juan Bosch al cuestionarse su candidatura a alcalde, le aconsejó que “no dejara camino real por vereda”.

Por su parte, el ministro de la Presidencia, Pina Toribio reaccionó diciendo que la candidatura de Serrulle para la Sindicatura de Santiago por parte del Partido Revolucionario Dominicano es signo de la debilidad del PRD y de la desesperación del propio político. Pero habría que recordarle al ministro que también el PLD ha recogido tránsfugas del PRD.

Yo no entro a juzgar a estas personas que de la noche a la noche se cambian de saco, de camisa y bandera; no me corresponde hacerlo. Además, entiendo que cada quien es libre de hacer lo que en conciencia considere que debe hacer. Claro que, en el caso del transfugismo político, es más que dudoso que el baile de cambio de uniforme sea por motivos de conciencia. La sospecha de todos es que se trata más bien de traslados a otra tienda para asegurar los intereses personales.

Reitero, cualquier político goza del derecho constitucional de mantener reserva sobre sus convicciones y, por lo tanto, a cambiar de opinión y de postura política, sobre todo si ello significa atender mejor las demandas de sus votantes. No obstante, lo cuestionable de este inusual éxodo es si favorece la democracia, la gobernabilidad y la institución partidaria o, por el contrario, las debilita y contamina la acción política. Creo que más bien lo segundo.

Cuestiones legales al margen, a mi esto del transfugismo político me lleva a algunas conclusiones sobre la praxis política en nuestro país.

El sentido común y nuestra Constitución consagran el derecho y el deber de los ciudadanos de votar en conciencia cuando son convocados a las urnas. Sobre el papel eso está bien y así debe ser, pero en la práctica esto resulta del todo imposible pues el voto en conciencia sólo se puede ejercer en función de la oferta de un programa político concreto sobre el que los votantes pueden decidir. Sólo así el ciudadano puede considerar de las distintas ofertas políticas que se le presentan cuál es la que más le conviene y la que mejor va a garantizar sus derechos ciudadanos, su calidad de vida, sus principios morales etc, etc.

En San Cristóbal, por ejemplo, el PRD lleva de candidato a Síndico a un expelotero que hasta ahora ha sido diputado por el PLD, agrupación a la que llegó desde el Reformismo al no conseguir ser nominado por el partido de Balaguer.

Que una misma persona puede ser indistintamente candidata por las tres agrupaciones mayoritarias del país significa que los programas políticos no significan nada en la acción política dominicana y que las ideologías políticas no son dignos distintivos. Se me dirá que al tratarse de elecciones congresionales y municipales el tema de los programas no tiene tanta relevancia. Debería tenerla porque un gobierno municipal, por ejemplo, debe también ajustarse a programas concretos que los ciudadanos puedan evaluar.

Es una pena que los dominicanos tengan que resignarse a votar por personas y no por programas. Así aseguramos larga vida al clientelismo político, que es uno de las lacras y de los lastres que arrastra nuestra política nacional.

La educacion primero

La educacion primero

Todos los años, con ocasión de la fiesta de la Independencia Nacional, los obispos dominicanos dirigen a la grey católica y a la ciudadanía en general una reflexión sobre la realidad dominicana que, apoyada en los principios de la doctrina social de la Iglesia, pretende iluminar desde la fe el acontecer nacional.

Ya en su título, “desde la proximidad a nuestra gente”, los pastores católicos se presentan como intérpretes legítimos de la realidad del pueblo dominicano. El trabajo de sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos de las 584 parroquias que hay repartidas por nuestra geografía nacional son sin duda su certera y confiable fuente de información. Por lo que estos les trasladan, y sin olvidarnos que también ellos son ciudadanos que tienen los ojos abiertos, afirman tener un objetivo conocimiento de la realidad.

Como era de suponerse, el tema de la crisis que atraviesa el mundo, con las caribeñas características de la nuestra, ocupa buena parte del documento, que comienza recordando que el 2009 nos ha dejado a todos una enseñanza que no debemos olvidar nunca. La de que “cuando las cosas no se hacen bien y no se ponen remedios a tiempo, el mal se agrava y llegado un momento revienta causando males insospechados”.

De la globalizació0n dicen que no es ni buena ni mala, sino que “será lo que la gente haga de ella”. Y será buena si lo que se globaliza es la solidaridad aplicándose el principio de la subsidiaridad social.

No hay que acudir a este documento buscando doctrina nueva sobre los problemas que hacen dolorosa la vida de cientos de miles dominicanos. Apoyados constantemente en el magisterio del Papa Benedicto XVI, principalmente en su Encíclica “Caritas in veritate”, hacen un llamado a no dejarnos arrastrar por el pesimismo. Hay mucha gente buena en nuestro pueblo, dicen, y es verdad. Y son más que los malos, aunque la discreción y sencillez de sus vidas los relegue al silencio. Frente a los malos, la gente buena es como la grama, que crece de noche y apenas se ve. En este sentido lamentan que “en nuestra cultura de la información la virtud no tiene prensa; morbosamente el delito y la infamia son noticia con alta acogida”.

En su análisis de la realidad dominicana los obispo dicen que, además de tener bien claramente definidos los problemas nacionales, se hace necesario, para responder adecuadamente a ellos y avanzar en la transformación social que todos deseamos, ordenarlos por orden de prioridad. Y aquí es, me parece a mi, donde la puerca retuerce el rabo.

Para los líderes religiosos católicos está claro que la educación “tiene prioridad absoluta” porque “una nación será siempre lo que sean sus ciudadanos y estos serán siempre lo que sea su sistema educativo”.

Tras la educación los obispos, reconociendo que se trata de “uno de nuestros mayores fracasos”, colocan el problema de la energía eléctrica. Reconocen que toca a todos aportar en la solución, a los ciudadanos ahorrar la energía y cumplir los compromisos de pago y a empresarios y gobierno a seguir afanosamente buscando una solución a este problema que tiene hipotecado nuestro futuro.

En esta jerarquización de los problemas se refieren también a la violencia e inseguridad ciudadanas y al monstruo de la droga que está corrompiendo las estructuras estatales. Frente a estos males lamentan que la opinión pública tenga mayoritariamente la percepción de que el Poder no está siendo suficientemente diligente.

Otros temas que abordan son el de la pobreza, el campo, la democracia, la nueva Constitución y las próximas elecciones. A este respecto consideran en estos tiempos de crisis “una insensatez hacer una campaña costosa, dispendiosa” y reclaman austeridad al tiempo que piden la exclusión de los candidatos “incompetentes, ambiciosos y corruptos. Finalizan su documento los obispos católicos pidiendo sostener el espíritu de solidaridad con Haití y su pueblo que afronto ahora la difícil tarea de la reconstrucción.

Como señalé más arriba, no dicen nada nuevo los mitrados, pero conviene recordar sus planteamientos que, no ya por motivos religiosos, sino por un elemental sentido común, todos los ciudadanos debemos aceptar, respetar y tratar de ajustar e ellos  nuestras conductas privadas y sociales.

!Cómo me duele San Cristóbal¡

!Cómo me duele San Cristóbal¡

El pasado 24 de diciembre, invitado por Juan Bolívar Díaz, fui entrevistado en el programa Uno + Uno de Teleantillas. Se hablaría de la navidad, del sentido cristiano de esta fiesta y de cómo nuestra sociedad vive y celebra este acontecimiento que para los cristianos reviste tanta importancia.

Pero la entrevista comenzó con otro tono. ¿Qué pasa en San Cristóbal preguntó de sopetón la periodista Anamitila Lora, que sólo sale en la palestra pública por cuestiones que tienen que ver con drogas, violencia y corrupción?.

Tuve que reconocer que, lamentablemente, esa es la verdad. En San Cristóbal, donde vivo y me afano, hay algo más que drogas, violencia y corrupción, pero me temo que, ciertamente, es por esto que se la conoce en el país.

Esta ciudad, privilegiada antaño por Trujillo, que quiso bendecirla con el mejor hospital de la República, con un buen centro de preparación técnica que ha aportado al país muchos y destacados profesionales, uno de ellos, el señor Hipólito Mejía, presidente de la República, parece hoy maldita y castigada por el destino.

Hace unos meses se nos convocó a representantes de iglesias, instituciones del Estado y sociedad civil a una reunión en la Sala Capitular del Ayuntamiento para abordar el tema de la violencia callejera provocada por los enfrentamientos de bandas rivales en la ciudad. Por esos días un joven de uno de los barrios de mi parroquia fue asesinado por otro colega de una banda contraria que sentaba sus reales a una distancia de apenas tres calles.

En la reunión estuvo el propio Jefe de la Policía. Trató de calmar los ánimos diciendo que los niveles de violencia en República Dominicana están por debajo de la media que tienen otros país en el continente y que en realidad todavía estamos en lo que calificó de “situación no especialmente preocupante”.

Hace ya algunos meses, por varios días, los periódicos dominicanos lanzaron la denuncia de que en algunos barrios de esta ciudad adolescentes se prostituían a cambio de unas migajas de droga.

Y en estos últimos días otro nuevo escándalo, en este caso judicial, ha vuelto a poner San Cristóbal en el punto de miro de los medios. Jueces y fiscales de esta ciudad pusieron en libertad a un oficial, el excoronel Pablo Leonel Velásquez, acusado de ser el autor intelectual del asesinato de otro colega, el mayor de la Fuerza Aérea Dominicana José Manuel Herrand. Para Participación Ciudadana esta decisión de los jueces locales es verdaderamente escandalosa y reclaman a la Suprema Corte de Justicia una investigación a fondo por sospecharse que se trata de un nuevo acto de corrupción.

“Ahora mismo aquí no se sancionada nada y por eso todo el mundo hace lo que le da la gana”, dijo Samir Chami Isa al comentar este hecho tan bochornoso. “Es hora, dijo también, de que en la República Dominicana nos pongamos los pantalones y nos callemos la boca”.

Como se hace siempre, y no sé si con los resultados también de casi siempre,  un Comisión designada por el procurador General de la República investiga desde el pasado viernes a los presuntos procuradores y fiscales adjuntos de San Cristóbal a quienes se considera vinculados a narcotraficantes y delincuentes. Me temo que no es esta la manera de ponernos los pantalones y de callarnos la boca que reclama el dirigente de PC.

Radio “bemba” dice en San Cristóbal  que han “corrido muchos cuartos” en este caso. Ojalá estas investigaciones descubran si efectivamente ha sido así y se tomen las correctivas medidas de lugar.

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Los roba-niños

Los roba-niños

En mi artículo de la semana pasada me refería a la deformada visión de Haití que nos estaban ofreciendo los medios de comunicación. Lo hemos podido comprobar, una vez más esta semana pasada.

Las portadas de los periódicos, los noticiarios de radio y televisión que han reportado sobre Haití en estos días han hablado más de los baptistas que trataron de sacar ilegalmente a unos niños del país para llevárselos a Estados Unidos que de la realidad que vive toda la población sobreviviente del terremoto del 12 de enero pasado.

Se quejó de ello el propio primer ministro haitiano.  Jean-Max Bellerive no acierta a comprender cómo el tema de los baptistas roba-niños acapara la atención de los medios de comunicación, sobre todo los de EEUU, "cuando hay un millón de personas que sufre en la calle".

Desbordado por la tragedia, pero tratando de actuar con la máxima ecuanimidad posible, Bellerive actualiza las cifras de que dispone el gobierno: 212.000 víctimas es la última. A ello, añade, hay que sumar los cadáveres que fueron enterrados por sus familiares, los que fueron quemados para evitar epidemias y, sobre todo, los miles que permanecen bajo los escombros. ¿A cuánto ascenderá la suma total? Imposible de saberlo.

Pero, se ha hablado más de los baptistas que se trataron de robar una treintena de niños que de los 300 mil heridos que están necesitando asistencia médica y que de los 4 mil a quienes se les ha amputado algún miembro. Se ha hablado más de los pequeños y de sus raptores que del millón cien mil haitianos que han perdido sus hogares al quedar fulminadas en pocos más de un minuto medio millón de casas en Puerto Príncipe y sus alrededores. Esta cifra, según los datos ofrecidos por el primer ministro, habría que aumentar hasta los dos millones si se contabiliza a aquellos que no han perdido su vivienda por la sencilla razón de que nunca la tuvieron.

Ciertamente el intento de secuestro y robo de los niños es noticia y hay que divulgarla, pero no es lo más noticiable de Haití en estos momentos, o no debería serlo.

El propio expresidente norteamericano, Bill Clinton, que visita el país para ponerse al frente, en nombre de las Naciones Unidas, de la coordinación de la ayuda internacional, ha tenido que declarar a los medios que no está en Haití para negociar la liberación del grupo religioso detenido por el intento de secuestro, sino para poner en marcha el programa “trabajo por comida” para emprender la reconstrucción.

El mundo sigue conmovido por la tragedia, pero cada vez menos. Ya no son muchos los medios que mantienen en Haití corresponsales y es una pena que, por aquello de buscar la noticia impactante, estos husmeen en las cosas de menor importancia e ignoren el verdadero meollo de la cuestión.

La verdadera realidad corre el riesgo de ser silenciada. La emergencia sanitaria y alimentaria, la necesidad de reconstrucción debería ser la noticia de primera página de nuestros medios y no el circo mediático montado con el caso de baptistas que pretendieron sacar del país a 33 niños. Un circo con morbo añadido al conocerse que una de las implicadas es Laura Sylsvi, acusada de varios fraudes en Estados Unidos.

¿Haití tiene remedio?

¿Haití tiene remedio?

Yo no sé qué idea de Haití y de sus ciudadanos se habrá hecho el mundo tras las informaciones ofrecidas por los distintos medio de comunicación internacionales que han servido las horrorosas imágenes de la catástrofe ocurrida en aquella aciaga hora de la tarde del martes 12 de enero pasado.

Si elocuentes son las palabras por lo que dicen y callan, no menos lo son las imágenes porque lo muestran, insinúan y tapan. En algunas ocasiones he sentido verdadera rabia viendo con qué descaro se desfiguraba la realidad a juzgar por los testimonios de otros testigos de los hechos. Pedir sensatez a la gente en momentos así, que actúe con mesura y tranquilidad cuando lleva ya dos semanas sufriendo la carencia de todo lo elemental para seguir viviendo es demasiado pedir.

Y abundar en las escenas que muestran asaltos y saqueos dando a entender que es esa la situación generalizada es faltar a la verdad.

Bastaría contrastar las informaciones dadas por los medios de comunicación con las opiniones expresadas por las decenas de cooperantes y personal de ayuda que han estado en Haití en tareas de rescate. Ellos, testigos de primerísima mano, hablan de cómo la gente de Puerto Príncipe que quedó viva colaboraba, de cómo los damnificados se apoyaban unos a otros, se consolaban o, simplemente, se acompañaban.

No digo que no haya habido saqueos y violaciones y todo eso que suele acompañar a un acontecimiento que a todos hace perder la razón y los envuelve en una locura colectiva. Es lógico que los hubiera. De no haber sido así, es decir, de haber actuado el pueblo haitiano con esa mesura, sería un pueblo excepcional, que tampoco lo es.

Lo que digo es que ese lado de realidad no ha descrito la totalidad de lo acontecido y vivido en el vecino país. Un bombero español relataba entre sollozos que estando a punto de rescatar a una jovencita de quince años él y sus compañeros tuvieron que abandonarla porque el jefe de la tropa de Naciones Unidas que les daba seguridad los obligó a retirarse alegando que en la zona se escuchaban disparos de arma de fuego y sus vidas corrían peligro. La gente les rogaba que continuaran, que no había problema. La orden tuvo que cumplirse.

Un equilibrio en las informaciones hubiera permitido al mundo saber que los haitianos no son un pueblo salvaje, atrasado, embrutecido, proclive a la turba y al linchamiento, que saquea ruinas y vacía los bolsillos de los cadáveres. No se trata de un pueblo propenso a la violencia por su propia genética. Haití es algo más que el país más pobre de América.

Insisto, hay otro lado de la realidad en el que los medios no han puesto mucho interés en mostrar al mundo. Testimonios de  miembros de los equipos de rescate, ONGs y hasta periodistas que se han asombrado del carácter tranquilo de los haitianos en momentos tan dramáticos nos dicen que lo humano ha sobrevivido ante tanta inhumanidad. Se han asombrado y sorprendido también de lo esporádico de los actos violentos, menos, según dicen otros, que los que había antes del terremoto. Ellos han comprobado que la mayoría de los haitianos con los que han contactado pedían trabajo antes que comida y limosna y que han tenido una encomiable capacidad para compartir con los vecinos lo poco que les quedó o consiguieron reunir tras la tragedia.

Por lo visto en los medios no son pocos los que piensan que Haití no tiene remedio por mucha ayuda que envié el mundo. Por lo que cuentan otros testigos podemos confiar en que si les echamos una mano sincera, generosa y sin pretensiones usureras, este pueblo puede ser un pueblo nuevo. Los dominicanos deberíamos ser los primeros en cambiar nuestra idea sobre los haitianos.

 

También en Haití la vida vencerá a la muerte

También en Haití la vida vencerá a la muerte

No sé por qué a los terremotos los geólogos no les ponen nombre como hacen los meteorólogos con los huracanes. De tenerlos no sé cuál le cuadraría al que en días pasados arrasó la capital de Puerto Príncipe. Puede que ninguno porque a la muerte es difícil ponerle nombre y más a una muerte tan voraz como la que en estos se instaló en Haití.

Trajo el malvado terremoto las peores intenciones. Quiso cobrarse la vida de todos los habitantes de la ciudad de Puerto Príncipe, pero no pudo y los que dejó vivos son ahora su derrota.

Es la victoria de la vida sobre la muerte, aunque sólo hayan quedado retazos de ella por las calles de nuestro vecino al que ahora, llevados creo que de un sincero sentimiento de compasión de la buena, es decir de pasión compartida, los dominicanos llamamos hermanos con la boca grande o la chica, no importa. 

Fue inevitable el pasado jueves, día de Nuestra Señora de la Altagracia, patrona de los dominicanos, no hacer referencia en las eucaristías de mi parroquia a la tragedia acaecida en días pasados a la población de Haití. Después de todo, no hemos hablado en estos días de otra cosa que de eso y es lógico que los creyentes también ese acontecimiento lo pasemos por el filtro de la fe.

No nos planteamos eso de que “si Dios es bueno por qué ha permitido la muerte de las decenas de miles de personas haitianas”. Lo que hicimos fue preguntarnos por la esperanza; por si había alguna razón para ella después de lo acontecido.

¿De toda esta descomunal e indescriptible tragedia se puede esperar algo bueno, algo positivo? La pregunta no es tonta y encontrar una respuesta afirmativa es necesario para que la vida siga teniendo sentido. De lo contrario, quedamos fatalmente a merced de un destino adverso que utiliza siempre a los más pobres como su carnada.

La tragedia en Haití, de dimensiones realmente colosales, tan colosales que la Cruz Roja Internacional reconocía el pasado viernes que estaba ante su mayor operación humanitaria en la historia, ha matado a un número de ciudadanos del vecino país imposible de determinar. No pocos de los fallecidos murieron horas después tras quedar malheridos. Sobrevivirían hoy si hubieran recibido una mínima atención médica horas después de la tragedia. Unos simples antibióticos hubiera evitado infecciones y gangrenas en piernas y brazos heridos que finalmente tuvieron que ser amputados sin anestesia.

Con todo, a estos la muerte no los pudo matar. Tampoco a los miles de heridos que han sido tratados en los hospitales de emergencia instalados en la capital haitiana por los equipos médicos de organismos internacionales e instituciones de ayuda. Otros, la victoria de la vida sobre la muerte la han conseguido en nuestros país, que ha tenido una inmediata respuesta.

Las cerca de cien personas rescatadas de los escombros con vida son también, y tal vez, la mejor prueba o demostración de que la vida no ha sido vencida. La muerte es insaciable, nunca tiene suficiente, pero no gana, no ganará nunca, ni siquiera cuando se ceba con una población especialmente frágil y vulnerable como la de Haití, víctima de constantes terremotos y huracanes que se han gestado, no ya en las profundidades de la tierra o el alturas de la atmósfera, sino en los despachos de quienes han hecho de este pueblo, pionero de las libertades en América, presa fácil de intereses extranjeros.

Si sincero es el sentimiento de solidaridad del pueblo dominicano con el haitiano demostrado con la rápida respuesta a la tragedia aportando alimentos, medicinas y dinero, cabe esperar también que otra cosa buena que puede quedar de todo esto es que a partir de ahora se inicie un tiempo nuevo en nuestras relaciones, un tiempo nuevo libre de los prejuicios de antaño que a unos y otros nos han hecho recelosos.

Si quedamos en condiciones de llamar hermano a un haitiano, si un haitiano puede llamar a un dominicano hermano del alma, la vida estará también venciendo a la muerte.

La muerte quedará enterrada en sus propios escombros.

(Miguel Angel Ciaurriz, del blog DESDE OTRA ORILLA)

Con Haití

Con Haití

Pensaba referirme hoy al llamado que en días pasados hizo el Secretario de Estado de Educación para que los estudiantes retornaran a las aulas tras las vacaciones navideñas. Queda desnudo un país cuando un ministro de educación tiene que rogar, insistir y clamar a los estudiantes que vayan a la escuela y a los padres que cumplan su responsabilidad de enviarlos.

Increíble, realmente increíble. Bien por el señor Melanio Paredes, pero qué pena la desidia de una buena parte de la sociedad dominicana que en tan poco valor y estima tiene la educación. Enano será nuestro desarrollo y eterno nuestro subdesarrollo hasta tanto no demos pasos de gigante en el terreno de la educación. Y no veo que vayamos por ese camino.

La realidad se impone y de lo que hay que hablar es de la tragedia del pueblo haitiano porque es difícil pensar y hablar de otra cosa. Las ideas y los sentimientos se agolpan sin orden ni concierto, pero no importa. Aquello de que una imagen vale más que mil palabras es, por una vez si quiera, una gran verdad.

Los dominicanos nos sacudimos pronto el miedo que nos entró en el cuerpo en la tarde del pasado martes. Del miedo pasamos al horror a medida que nos enterábamos de la magnitud del desastre acontecido. Y del horror al sentimiento de compasión y solidaridad hacia nuestros hermanos.

Pasan las horas y el estimado de víctimas aumenta más aceleradamente que los minutos. Las escenas que los medios de comunicación han recogido en sus cámaras son verdaderamente espeluznantes. Me preguntaba ayer si tendría yo la sangre fría suficiente para aguantar el objetivo de la mía y recoger sin temblar los gritos de auxilio que salían de una enorme montaña de escombros sin que nadie pudiera hacer nada por el rescate.

De lo acontecido en Haití comentarios los hay para todos los gustos. Refiriéndose a la gente que ha quedado damnificada, con su casa destruida, con sus familiares muertos, una señora de mi parroquia comentaba que tal vez la suerte de los fallecidos es que han pasado a mejor vida mientras los que “no han tenido esa suerte siguen en el infierno”. Yo, tratando de comprenderla pensé que ciertamente no es fácil mantener viva la esperanza en estas circunstancias.

Sí, un verdadero infierno es lo que ha quedado en Haití. El reportero de una televisión extranjera, comentando lo que vio en las calles, dijo que ya había encontrado la manera de explicar a sus hijas en Europa en qué consistía el infierno. “Es la oportunidad de hacer una nueva capital en Haití” me decía, por su parte, un periodista dominicano el pasado jueves queriendo encontrar alguna cosa buena después de tanto desastre y desgracia.

Escribo esta columna en viernes cuando ya hace tres días de la tragedia y las noticias que llegan del otro lado de la frontera hablan de una masiva llegada de ayuda externa a Haití para atender a los damnificados y de la dificultad para coordinar su distribución y colocarla en las calles. El caos y la carencia de liderazgo institucional en estos momentos favorecen esta dificultad y propician los saqueos, de los que ya se han dado las primeras noticias. La prensa extranjera de hoy habla de barricadas levantadas por la gente con los cadáveres en protesta por la tardanza en la distribución de los alimentos. No sé con qué palabra calificar una escena semejante.

Pedir sensatez en estos momentos es realmente difícil, cuando no imposible. Tan solo cabe esperar que se encuentre la manera de que la ayuda llegue a los que la necesitan y que este infierno dure lo menos posible y que sus llamas no nos atrapen a todos los que estamos cerca de este fuego.

El tiempo que viene

El tiempo que viene

Recojo las ideas de esta columna de hoy de un artículo leído en el periódico El País que me ha parecido sumamente interesante y que creo nos conviene también conocer a nosotros los dominicanos. Habla del tiempo que viene, de las tendencias que lo van a determinar y de sus consecuencias.

A su vez, este artículo hace referencia a un libro titulado “la nueva bomba poblacional”  en el que se apuntan cuatro tendencias que a partir de este 2010 recién iniciado van a predominar en el planeta y lo van a cambiar. Estas cuatro tendencias son: 1.- la pérdida de peso demográfico del mundo desarrollado con el correspondiente cambio de centro económico del planeta; 2.- el envejecimiento y declive de la fuerza de trabajo de los países desarrollados, con el correspondiente aumento de demanda de mano de obra inmigrante; 3.- la concentración del crecimiento en los países, pobres, jóvenes y musulmanes; y 4.- la urbanización masiva del planeta.

Esta última tendencia se va a consumar en este mismo año, según las cuentas de los demógrafos. En este 2010 del que apenas han transcurrido tres días se va a producir una sustancial modificación para la humanidad. En el siglo transcurrido desde 1950 la proporción campo/ciudad se habrá invertido y el momento crucial del cambio, en el que la población urbana superará a la rural, se producirá este año 2010.

No se trata de un hecho irrelevante. En las próximas cuatro décadas la población mundial crecerá de los actuales 6.830 millones de habitantes hasta los 9.150 millones, una cantidad enorme que quedará estable, según cálculos de los técnicos, a partir de aquella fecha. El mayor crecimiento se producirá en las ciudades de los países más pobres y con población más joven, donde serán colosales los déficits educativos, las dificultades de empleo o la falta infraestructuras e inversiones. Elemento central de esta evolución es que la religión de la mayor parte de esta población urbana y en gran parte desafortunada será el islam.

A su vez, esta urbanización del planeta irá acompañada de una desbordada extensión de las clases medias que, a diferencia de las clases medias occidentales que gozan de cierto poder adquisitivo, serán pobres y vivirán en unas condiciones urbanas peores.

Habitarán medios urbanos deteriorados o precarios y dotados de infraestructuras insuficientes y de mala calidad. Aunque mejorarán sustancialmente en riqueza y educación respecto a sus padres y abuelos, no lo harán en seguridad. En estas ciudades abarrotadas de gente proliferarán la delincuencia y el terrorismo. Sus jóvenes serán ellos mismos carne de cañón para el reclutamiento rápido, y fácilmente se verán involucradas en conflictos étnicos, enfrentamientos religiosos y políticos y tentados por movimiento populistas.

Junto a esta evolución en los países pobres y emergentes, la evolución demográfica y económica del mundo atlántico, Estados Unidos y sus aliados occidentales, será justamente la inversa. Su población representará sólo un 12 por ciento del conjunto mundial. Su participación en el PIB mundial, que alcanzó el 68 por ciento en 1950 y bajó hasta el 43 por ciento en 2003, será inferior al 30 por ciento en 2050.

Esta situación traerá no pocos conflictos. De las ciudades caóticas e inmensas de los países emergentes pueden salir millares de lobos solitarios como el joven nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab, dispuestos a convertir en una violencia ciega su resentimiento y su desorientación ante la vida. "Me siento deprimido y solo. No sé qué hacer. Además, creo que la soledad me lleva a otros problemas", relataba en enero de 2005 este nigeriano que  intentó hacer estallar un vuelo entre Ámsterdam y Detroit el día de Navidad.

Ojalá aparezca algún otro informe que pinte menos tenebroso el futuro de la humanidad.