También en Haití la vida vencerá a la muerte
No sé por qué a los terremotos los geólogos no les ponen nombre como hacen los meteorólogos con los huracanes. De tenerlos no sé cuál le cuadraría al que en días pasados arrasó la capital de Puerto Príncipe. Puede que ninguno porque a la muerte es difícil ponerle nombre y más a una muerte tan voraz como la que en estos se instaló en Haití.
Trajo el malvado terremoto las peores intenciones. Quiso cobrarse la vida de todos los habitantes de la ciudad de Puerto Príncipe, pero no pudo y los que dejó vivos son ahora su derrota.
Es la victoria de la vida sobre la muerte, aunque sólo hayan quedado retazos de ella por las calles de nuestro vecino al que ahora, llevados creo que de un sincero sentimiento de compasión de la buena, es decir de pasión compartida, los dominicanos llamamos hermanos con la boca grande o la chica, no importa.
Fue inevitable el pasado jueves, día de Nuestra Señora de la Altagracia, patrona de los dominicanos, no hacer referencia en las eucaristías de mi parroquia a la tragedia acaecida en días pasados a la población de Haití. Después de todo, no hemos hablado en estos días de otra cosa que de eso y es lógico que los creyentes también ese acontecimiento lo pasemos por el filtro de la fe.
No nos planteamos eso de que “si Dios es bueno por qué ha permitido la muerte de las decenas de miles de personas haitianas”. Lo que hicimos fue preguntarnos por la esperanza; por si había alguna razón para ella después de lo acontecido.
¿De toda esta descomunal e indescriptible tragedia se puede esperar algo bueno, algo positivo? La pregunta no es tonta y encontrar una respuesta afirmativa es necesario para que la vida siga teniendo sentido. De lo contrario, quedamos fatalmente a merced de un destino adverso que utiliza siempre a los más pobres como su carnada.
La tragedia en Haití, de dimensiones realmente colosales, tan colosales que la Cruz Roja Internacional reconocía el pasado viernes que estaba ante su mayor operación humanitaria en la historia, ha matado a un número de ciudadanos del vecino país imposible de determinar. No pocos de los fallecidos murieron horas después tras quedar malheridos. Sobrevivirían hoy si hubieran recibido una mínima atención médica horas después de la tragedia. Unos simples antibióticos hubiera evitado infecciones y gangrenas en piernas y brazos heridos que finalmente tuvieron que ser amputados sin anestesia.
Con todo, a estos la muerte no los pudo matar. Tampoco a los miles de heridos que han sido tratados en los hospitales de emergencia instalados en la capital haitiana por los equipos médicos de organismos internacionales e instituciones de ayuda. Otros, la victoria de la vida sobre la muerte la han conseguido en nuestros país, que ha tenido una inmediata respuesta.
Las cerca de cien personas rescatadas de los escombros con vida son también, y tal vez, la mejor prueba o demostración de que la vida no ha sido vencida. La muerte es insaciable, nunca tiene suficiente, pero no gana, no ganará nunca, ni siquiera cuando se ceba con una población especialmente frágil y vulnerable como la de Haití, víctima de constantes terremotos y huracanes que se han gestado, no ya en las profundidades de la tierra o el alturas de la atmósfera, sino en los despachos de quienes han hecho de este pueblo, pionero de las libertades en América, presa fácil de intereses extranjeros.
Si sincero es el sentimiento de solidaridad del pueblo dominicano con el haitiano demostrado con la rápida respuesta a la tragedia aportando alimentos, medicinas y dinero, cabe esperar también que otra cosa buena que puede quedar de todo esto es que a partir de ahora se inicie un tiempo nuevo en nuestras relaciones, un tiempo nuevo libre de los prejuicios de antaño que a unos y otros nos han hecho recelosos.
Si quedamos en condiciones de llamar hermano a un haitiano, si un haitiano puede llamar a un dominicano hermano del alma, la vida estará también venciendo a la muerte.
La muerte quedará enterrada en sus propios escombros.
(Miguel Angel Ciaurriz, del blog DESDE OTRA ORILLA)
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