Con Haití
Pensaba referirme hoy al llamado que en días pasados hizo el Secretario de Estado de Educación para que los estudiantes retornaran a las aulas tras las vacaciones navideñas. Queda desnudo un país cuando un ministro de educación tiene que rogar, insistir y clamar a los estudiantes que vayan a la escuela y a los padres que cumplan su responsabilidad de enviarlos.
Increíble, realmente increíble. Bien por el señor Melanio Paredes, pero qué pena la desidia de una buena parte de la sociedad dominicana que en tan poco valor y estima tiene la educación. Enano será nuestro desarrollo y eterno nuestro subdesarrollo hasta tanto no demos pasos de gigante en el terreno de la educación. Y no veo que vayamos por ese camino.
La realidad se impone y de lo que hay que hablar es de la tragedia del pueblo haitiano porque es difícil pensar y hablar de otra cosa. Las ideas y los sentimientos se agolpan sin orden ni concierto, pero no importa. Aquello de que una imagen vale más que mil palabras es, por una vez si quiera, una gran verdad.
Los dominicanos nos sacudimos pronto el miedo que nos entró en el cuerpo en la tarde del pasado martes. Del miedo pasamos al horror a medida que nos enterábamos de la magnitud del desastre acontecido. Y del horror al sentimiento de compasión y solidaridad hacia nuestros hermanos.
Pasan las horas y el estimado de víctimas aumenta más aceleradamente que los minutos. Las escenas que los medios de comunicación han recogido en sus cámaras son verdaderamente espeluznantes. Me preguntaba ayer si tendría yo la sangre fría suficiente para aguantar el objetivo de la mía y recoger sin temblar los gritos de auxilio que salían de una enorme montaña de escombros sin que nadie pudiera hacer nada por el rescate.
De lo acontecido en Haití comentarios los hay para todos los gustos. Refiriéndose a la gente que ha quedado damnificada, con su casa destruida, con sus familiares muertos, una señora de mi parroquia comentaba que tal vez la suerte de los fallecidos es que han pasado a mejor vida mientras los que “no han tenido esa suerte siguen en el infierno”. Yo, tratando de comprenderla pensé que ciertamente no es fácil mantener viva la esperanza en estas circunstancias.
Sí, un verdadero infierno es lo que ha quedado en Haití. El reportero de una televisión extranjera, comentando lo que vio en las calles, dijo que ya había encontrado la manera de explicar a sus hijas en Europa en qué consistía el infierno. “Es la oportunidad de hacer una nueva capital en Haití” me decía, por su parte, un periodista dominicano el pasado jueves queriendo encontrar alguna cosa buena después de tanto desastre y desgracia.
Escribo esta columna en viernes cuando ya hace tres días de la tragedia y las noticias que llegan del otro lado de la frontera hablan de una masiva llegada de ayuda externa a Haití para atender a los damnificados y de la dificultad para coordinar su distribución y colocarla en las calles. El caos y la carencia de liderazgo institucional en estos momentos favorecen esta dificultad y propician los saqueos, de los que ya se han dado las primeras noticias. La prensa extranjera de hoy habla de barricadas levantadas por la gente con los cadáveres en protesta por la tardanza en la distribución de los alimentos. No sé con qué palabra calificar una escena semejante.
Pedir sensatez en estos momentos es realmente difícil, cuando no imposible. Tan solo cabe esperar que se encuentre la manera de que la ayuda llegue a los que la necesitan y que este infierno dure lo menos posible y que sus llamas no nos atrapen a todos los que estamos cerca de este fuego.
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