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¿Haití tiene remedio?

¿Haití tiene remedio?

Yo no sé qué idea de Haití y de sus ciudadanos se habrá hecho el mundo tras las informaciones ofrecidas por los distintos medio de comunicación internacionales que han servido las horrorosas imágenes de la catástrofe ocurrida en aquella aciaga hora de la tarde del martes 12 de enero pasado.

Si elocuentes son las palabras por lo que dicen y callan, no menos lo son las imágenes porque lo muestran, insinúan y tapan. En algunas ocasiones he sentido verdadera rabia viendo con qué descaro se desfiguraba la realidad a juzgar por los testimonios de otros testigos de los hechos. Pedir sensatez a la gente en momentos así, que actúe con mesura y tranquilidad cuando lleva ya dos semanas sufriendo la carencia de todo lo elemental para seguir viviendo es demasiado pedir.

Y abundar en las escenas que muestran asaltos y saqueos dando a entender que es esa la situación generalizada es faltar a la verdad.

Bastaría contrastar las informaciones dadas por los medios de comunicación con las opiniones expresadas por las decenas de cooperantes y personal de ayuda que han estado en Haití en tareas de rescate. Ellos, testigos de primerísima mano, hablan de cómo la gente de Puerto Príncipe que quedó viva colaboraba, de cómo los damnificados se apoyaban unos a otros, se consolaban o, simplemente, se acompañaban.

No digo que no haya habido saqueos y violaciones y todo eso que suele acompañar a un acontecimiento que a todos hace perder la razón y los envuelve en una locura colectiva. Es lógico que los hubiera. De no haber sido así, es decir, de haber actuado el pueblo haitiano con esa mesura, sería un pueblo excepcional, que tampoco lo es.

Lo que digo es que ese lado de realidad no ha descrito la totalidad de lo acontecido y vivido en el vecino país. Un bombero español relataba entre sollozos que estando a punto de rescatar a una jovencita de quince años él y sus compañeros tuvieron que abandonarla porque el jefe de la tropa de Naciones Unidas que les daba seguridad los obligó a retirarse alegando que en la zona se escuchaban disparos de arma de fuego y sus vidas corrían peligro. La gente les rogaba que continuaran, que no había problema. La orden tuvo que cumplirse.

Un equilibrio en las informaciones hubiera permitido al mundo saber que los haitianos no son un pueblo salvaje, atrasado, embrutecido, proclive a la turba y al linchamiento, que saquea ruinas y vacía los bolsillos de los cadáveres. No se trata de un pueblo propenso a la violencia por su propia genética. Haití es algo más que el país más pobre de América.

Insisto, hay otro lado de la realidad en el que los medios no han puesto mucho interés en mostrar al mundo. Testimonios de  miembros de los equipos de rescate, ONGs y hasta periodistas que se han asombrado del carácter tranquilo de los haitianos en momentos tan dramáticos nos dicen que lo humano ha sobrevivido ante tanta inhumanidad. Se han asombrado y sorprendido también de lo esporádico de los actos violentos, menos, según dicen otros, que los que había antes del terremoto. Ellos han comprobado que la mayoría de los haitianos con los que han contactado pedían trabajo antes que comida y limosna y que han tenido una encomiable capacidad para compartir con los vecinos lo poco que les quedó o consiguieron reunir tras la tragedia.

Por lo visto en los medios no son pocos los que piensan que Haití no tiene remedio por mucha ayuda que envié el mundo. Por lo que cuentan otros testigos podemos confiar en que si les echamos una mano sincera, generosa y sin pretensiones usureras, este pueblo puede ser un pueblo nuevo. Los dominicanos deberíamos ser los primeros en cambiar nuestra idea sobre los haitianos.

 

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