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La educacion primero

La educacion primero

Todos los años, con ocasión de la fiesta de la Independencia Nacional, los obispos dominicanos dirigen a la grey católica y a la ciudadanía en general una reflexión sobre la realidad dominicana que, apoyada en los principios de la doctrina social de la Iglesia, pretende iluminar desde la fe el acontecer nacional.

Ya en su título, “desde la proximidad a nuestra gente”, los pastores católicos se presentan como intérpretes legítimos de la realidad del pueblo dominicano. El trabajo de sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos de las 584 parroquias que hay repartidas por nuestra geografía nacional son sin duda su certera y confiable fuente de información. Por lo que estos les trasladan, y sin olvidarnos que también ellos son ciudadanos que tienen los ojos abiertos, afirman tener un objetivo conocimiento de la realidad.

Como era de suponerse, el tema de la crisis que atraviesa el mundo, con las caribeñas características de la nuestra, ocupa buena parte del documento, que comienza recordando que el 2009 nos ha dejado a todos una enseñanza que no debemos olvidar nunca. La de que “cuando las cosas no se hacen bien y no se ponen remedios a tiempo, el mal se agrava y llegado un momento revienta causando males insospechados”.

De la globalizació0n dicen que no es ni buena ni mala, sino que “será lo que la gente haga de ella”. Y será buena si lo que se globaliza es la solidaridad aplicándose el principio de la subsidiaridad social.

No hay que acudir a este documento buscando doctrina nueva sobre los problemas que hacen dolorosa la vida de cientos de miles dominicanos. Apoyados constantemente en el magisterio del Papa Benedicto XVI, principalmente en su Encíclica “Caritas in veritate”, hacen un llamado a no dejarnos arrastrar por el pesimismo. Hay mucha gente buena en nuestro pueblo, dicen, y es verdad. Y son más que los malos, aunque la discreción y sencillez de sus vidas los relegue al silencio. Frente a los malos, la gente buena es como la grama, que crece de noche y apenas se ve. En este sentido lamentan que “en nuestra cultura de la información la virtud no tiene prensa; morbosamente el delito y la infamia son noticia con alta acogida”.

En su análisis de la realidad dominicana los obispo dicen que, además de tener bien claramente definidos los problemas nacionales, se hace necesario, para responder adecuadamente a ellos y avanzar en la transformación social que todos deseamos, ordenarlos por orden de prioridad. Y aquí es, me parece a mi, donde la puerca retuerce el rabo.

Para los líderes religiosos católicos está claro que la educación “tiene prioridad absoluta” porque “una nación será siempre lo que sean sus ciudadanos y estos serán siempre lo que sea su sistema educativo”.

Tras la educación los obispos, reconociendo que se trata de “uno de nuestros mayores fracasos”, colocan el problema de la energía eléctrica. Reconocen que toca a todos aportar en la solución, a los ciudadanos ahorrar la energía y cumplir los compromisos de pago y a empresarios y gobierno a seguir afanosamente buscando una solución a este problema que tiene hipotecado nuestro futuro.

En esta jerarquización de los problemas se refieren también a la violencia e inseguridad ciudadanas y al monstruo de la droga que está corrompiendo las estructuras estatales. Frente a estos males lamentan que la opinión pública tenga mayoritariamente la percepción de que el Poder no está siendo suficientemente diligente.

Otros temas que abordan son el de la pobreza, el campo, la democracia, la nueva Constitución y las próximas elecciones. A este respecto consideran en estos tiempos de crisis “una insensatez hacer una campaña costosa, dispendiosa” y reclaman austeridad al tiempo que piden la exclusión de los candidatos “incompetentes, ambiciosos y corruptos. Finalizan su documento los obispos católicos pidiendo sostener el espíritu de solidaridad con Haití y su pueblo que afronto ahora la difícil tarea de la reconstrucción.

Como señalé más arriba, no dicen nada nuevo los mitrados, pero conviene recordar sus planteamientos que, no ya por motivos religiosos, sino por un elemental sentido común, todos los ciudadanos debemos aceptar, respetar y tratar de ajustar e ellos  nuestras conductas privadas y sociales.

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