Ellacuría y compañeros mártires
El pasado martes se cumplió el vigésimo aniversario del martirio de Ignacio Ellacuria y sus cinco compañeros jesuitas mártires. Soldados del ejército salvadoreño irrumpieron la noche del 16 de noviembre en la residencia de la Universidad Centroamericana donde enseñaba verdades que incomodaban a los poderosos del país, no sé si bien o mal llamado, “pulgarcito de América” y mataron también a la señora Elba y a su hija Celina, de quince años, que trabajaban en el servicio de la casa”. Nueve años antes, un 24 de marzo, otras enseñanzas incómodas, las de monseñor Oscar Arnulfo Romero, quisieron silenciarse de la misma manera, pero unas y otras siguen sonando.
Los salvadoreños no han olvidado a Ellacuría y sus compañeros. Una enorme manifestación popular por las calles de San Salvador el pasado sábado daba cuenta de la memoria agradecida de este pueblo que no olvida que la sangre de los religiosos fue derramada porque sectores poderosos del país centroamericano no veían con buenos ojos la mediación que el teólogo estaba llevando a cabo entre el gobierno del entonces presidente Cristiani y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) a fin de llegar a un acuerdo negociado que acabara con una guerra civil que ya duraba más de una década y que se había cobrado miles de vidas.
Estaba en San Salvador en marzo del 2004 participando en una reunión de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos (CLAR) y tuve la dicha de participar en los actos del 20 aniversario del asesinato de monseñor Romero. Visitando la UCA, la universidad de los jesuitas asesinados, nos mostraron la casa donde se ejecutó la masacre y la verdad es que quedé profundamente conmovido e impresioando. Allí estaban sus ropas traspasadas por el fuego de las balas y otros muchos detalles que permitían hacerse uno idea de la inocencia de aquellos hombres que no tenían más herramientas que los libros que llenaban las estanterías de la estancia.
Para los asesinos los libros no eran inocentes, como no son inocentes las ideas. No sé si fue casualidad, pero recuerdo que uno de los libros expuestos estaba atravesado por una bala. El libro hablaba de teología de la liberación.
En esa estancia en el país centroamericano entrevisté para la revista española Vida Nueva a Jon Sobrino, compañero de fatigas de Ellacuría y vasco como él y teólogo de la liberación como él también, que se salvó de morir esa noche simplemente porque no estaba en la casa con los demás. Unas conferencias que tenía comprometidas en el exterior le libraron.
Se enteró de la noticia fuera y no se arrugó. Cuentan que se limitó a decir: “tengo que darles una mala noticia: han asesinado a toda mi familia. Y tengo que darles una buena noticia: he tenido la suerte de vivir con hombres que en este mundo de mentira han dicho la verdad y que, en este mundo de crueldad, han amado a los pobres".
Para hablar de Ellacuría nadie como Sobrino. Con un cierto sentimiento de culpabilidad no puede evitar pensar que las balas que mataron a sus hermanos religiosos y a las dos domésticas tenían en la cartuchera escrito su nombre. Eso pesa, pesa mucho.
Hoy veinte años después se hace algo por recomponer la justicia que ha faltado en estas dos décadas. El presidente Mauricio Funes, exalumno de esa misma universidad, ha otorgado a los mártires la máxima condecoración del país. "Ya es hora de ir a matar a los jesuitas" dicen que dijo el general Juan Bustillo y los coroneles Ponce, Zepeda, Montano y Fuentes, miembros del Alto Estado Mayor salvadoreño que decidieron su muerte. Un militar de rango menor, el coronel Guillermo Benavides, director de la Academia Militar, la ejecutó con miembros del batallón Atlacatl.
Ellacuría era un hombre de paz, pero molestaba a quienes no querían esa clase de paz. En 1985 fue mediador en el canje de la hija del presidente Napoléon Duarte por 22 presos políticos y 101 heridos de guerra del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). En 1989 buscaba la paz para el país y eso, para quienes viven de la guerra, resultaba inaceptable.
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