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Jornada mundial por la Paz

Jornada mundial por la Paz

El próximo, primero de enero, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de la Paz, que este año centra su reflexión en el tema de la ecología y el medio ambiente. “Si quieres promover la paz, dice el Papa Benedicto XVI, protege la creación”.

Fue el primero de enero de 1968 cuando, por iniciativa del Papa Pablo VI, se inició esta costumbre de dedicar el primer día de cada año en la Iglesia Católica a tomar conciencia de la necesidad que todos debemos sentir de comprometernos con la tarea de la paz. “Sería nuestro deseo, dijo el Pontífice en su mensaje al mundo en aquella ocasión, que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura”. En sus palabras el Papa invitaba también a todas las religiones e instituciones a dedicar este día a la causa de la àz.

Desde entonces hasta ahora, de manera ininterrumpida, los papas han mantenido la costumbre, convertida ya en tradición, de proponer al mundo una reflexión sobre la paz. La de este año presenta la estrecha relación que hay entre paz y medio ambiente. “Si quieres cultivar la paz, protege la creación” es el título del mensaje de este año.

Cuando todavía nos lamentamos del fracaso -la historia se encargará de confirmarnos el grave error cometido- de la cumbre sobre el cambio climático celebrada en días pasados en Copenhague, esta reflexión del Magisterio de la Iglesia estableciendo una relación de causa-efecto entre clima y paz, me parece, cuando menos, oportuna y necesaria.

Se pretende llamar nuestra atención para que tomemos conciencia de la estrecha relación que existe en nuestro mundo globalizado e interconectado entre la salvaguardia de la creación y el cultivo de la paz. Dicha estrecha e íntima relación está cada vez más peligrosamente afectada por la mala gestión que los humanos estamos haciendo del medio ambiente.

Si paz es sinónimo de armonía, la agresión constante a la naturaleza por el perverso maltrato de la especie humana, amenaza la paz. Esto no es teoría. Recientemente cuatro universidades estadounidenses presentaron un informe científico en el que advertían que la sequía en África aumentaría en un 54 por ciento los conflictos armados en el continente.

En esta misma perspectiva, si la familia humana, viene a decir el mensaje papal, no sabe hacer frente a estos nuevos retos con un renovado sentido de justicia y equidad social, así como de la solidaridad internacional, se corre el riesgo de sembrar violencia entre los pueblos y entre las generaciones presentes y futuras.

Urge,  advierte también Benedicto XVI, tutelar el medio ambiente. Este es  un reto para toda la humanidad. Se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo, destinado a todos, impidiendo que se pueda hacer uso impunemente de las diversas categorías de seres de manera indiscriminada. Es una responsabilidad que debe madurar en base a la globalidad de la presente crisis ecológica y a la consiguiente necesidad de afrontarla globalmente, en cuanto que todos los seres dependen los unos de los otros.

Si se desea cultivar la paz, se debe favorecer una renovada conciencia de la interdependencia que une a todos los habitantes de la tierra. Tal conciencia ayudará a eliminar diversas causas de desastres ecológicos y garantizará una tempestiva capacidad de respuesta cuando tales desastres afecten a un pueblo o territorio. La cuestión ecológica no debe ser afrontada sólo por las escalofriantes perspectivas que presenta el degrado ambiental, sino que debe traducirse sobre todo en una fuerte motivación por cultivar la paz.

Hoy como ayer

Hoy como ayer

“Navidades hay dos”; escribía el año pasado por estas fechas refiriéndome a que son dos las formas de celebrar esta fiesta a la que todos, creyentes o no, nos sumamos. Algunas cosas, no parecen cambiar en dos milenios.

Dos fiestas muy distintas hubo también en aquella primera navidad, la histórica, la de Belén. Ocurrieron así los acontecimientos por obra y gracia del emperador romano urgido de conocer el número de súbditos que tenía en sus dominios para calcular los impuestos que ingresaría en las arcas del Estado y en la suyas personales. Creía Augusto que el planeta era suyo, o que no había más mundo que el de su imperio, y ordenó, según nos cuenta el evangelista San Lucas, que este censo se hiciera en el mundo entero.

Fue esto lo que obligó a José y a María, que ya estaba en avanzado estado de gestación, a montar su burro y coger para Belén donde tenían que empadronarse.

Debió ser mucha la gente que había en esos días en esa pequeña aldea.  Para dar cumplimiento a la orden imperial y seguro fue esta la razón por la que José no encontró un lugar más adecuado para que su esposa diera a luz. A falta de cuna casa por rentar su escuálida cartera no le permitió otro escenario que  una cueva donde los pastores cobijaban a sus animales y se reguarnecían ellos mismos del frío riguroso de las noches de invierno.

Nos sigue diciendo Lucas que esta fiesta del nacimiento de Dios en medio del mundo haciéndose humano y tomando nuestra condición, fue discreta y sencilla. Apenas unos pastores, gentes consideradas de baja condición social, se enteraron del anuncio del ángel que les calmó el susto dándoles la buena noticia de que “en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Y la señal de que no estaban viendo visiones sería un pequeño niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Sólo ellos. Los demás que abarrotaban las callejuelas de Belén estaban en otra fiesta, en otro jolgorio pues aquellos eran ya los tiempos del pan y circo. Compensaba así el emperador con fiesta popular el enojo de la mayoría de la población por la obligada y forzosa movilización para empadronarse.  

Esta muchedumbre estaba ajena a la otra Navidad; a la del misterio. No cabía esperar otra cosa. ¿Cómo creer que Dios se humaniza cuando veían que el emperador, humano como ellos, se divinizaba?

Hoy pasa exactamente igual. Unos, no sé si los menos, intentan celebrar el misterio de la Encarnación haciendo nuevo en su corazón el acontecimiento histórico de Belén, en tanto otros muchos, la mayoría, acuden, sumisos y obedientes, al llamado del “emperador consumo” a empadronase en un masivo peregrinaje en las oficialías del lugar y pagar por adelantado los impuestos. También esta otra navidad, como la de aquel tiempo está edulcorada con pan y circo. El pan y el circo lo pone el nuevo emperador y nosotros el doble sueldo.

Feliz Navidad

¿Diálogo de sordos en Copenhague?

¿Diálogo de sordos en Copenhague?

Lleva ya una semana la cumbre sobe el cambio climático que reúne en Copenhague a decenas de mandatarios de ciento noventa y dos países. Me ha llamado la atención la poca cobertura que en los medios dominicanos está teniendo este evento de importancia tan vital para el futuro del planeta que todos habitamos y en el que deberán vivir también, si algo queda de él, las posteriores generaciones. A este tema me referí en mi reflexión del pasado lunes y, con su permiso, lo haré también hoy.

Yo no sé si por quedar reducidos al espacio de una isla, o porque estamos demasiado centrados en nuestras cosas en un eterno ejercicio de mirarnos el ombligo, los dominicanos con mucha frecuencia tendemos a aislarnos del mundo y a quedarnos de espaldas a lo que palpita en el resto del planeta.

En esta cumbre sobre el cambio climático el planeta tierra que los humanos gestionamos se juega mucho. Sería muy insensato no tomar conciencia de ello y sacar el cuerpo al problema diciendo que, como somos un país pequeño que no cuenta y tampoco tiene poder para decidir en una mesa planetaria, no sirve de nada preocuparnos.

Me agradó leer la pasada semana en la prensa internacional un editorial común publicado por 56 periódicos de 45 países, entre los que no hay ninguno dominicano, que llamaba la atención del mundo sobre este problema. Que yo sepa es la primera vez que esto ocurre y me parece un hecho de singular relevancia. Lo hicieron, dice el editorial, "porque la humanidad se enfrenta a una grave emergencia".

Si no nos unimos, sigue diciendo el editorial conjunto, para emprender acciones decisivas, el cambio climático causará estragos en nuestro planeta y, con él, en nuestra prosperidad y nuestra seguridad. Los peligros son evidentes desde hace una generación. Ahora, los hechos han empezado a hablar por sí solos: 11 de los últimos 14 años han sido los más calientes que se registran, el casquete polar del Ártico está derritiéndose y la increíble subida de los precios del petróleo y los alimentos el año pasado nos ofrece un anticipo del caos que se avecina. En las publicaciones científicas, la cuestión ya no es si la culpa es de los seres humanos, sino cuánto tiempo nos queda para limitar los daños. Y, sin embargo, hasta ahora, la respuesta del mundo ha sido débil y desganada.

Estos medios de comunicación piden “a los representantes de los 192 países reunidos en Copenhague que no vacilen, que no caigan en disputas, que no se echen las culpas unos a otros, sino que aprovechen la oportunidad surgida del mayor fracaso político contemporáneo. Ésta no debe ser una lucha entre el mundo rico y el mundo pobre, ni entre el Este y Occidente. El cambio climático afecta a todos, y todos deben resolverlo”.

En otro de los párrafos del editorial se dice que “la justicia social exige que el mundo industrializado rebusque en su cartera y se comprometa a dar dinero para ayudar a los países más pobres a adaptarse al cambio climático y a suministrarles tecnologías limpias que les permitan tener un crecimiento económico sin aumentar sus emisiones”.

Y finaliza el editorial interpelando a los políticos que en estos días hablan en Copenhague, no sé si en un diálogo de sordos, diciéndoles que son ellos los que “tienen el poder de determinar cómo nos juzgará la historia: una generación que vio un reto y le hizo frente, o una tan estúpida que vio el desastre pero no hizo nada para evitarlo. Les rogamos que tomen la decisión acertada”.

Claro que los responsables de estos medios no están en la cumbre, pero harían bien los que sí están en hacerles caso porque, como reiteradamente ha señalado el premio nobel italiano Carlo Rubbia, “estamos en estado crítico; el cambio climático nos va a obligar a crear una nueva sociedad”. Querámoslo o no.

Si quieres cultivar la paz custodia la creación

Si quieres cultivar la paz custodia la creación

Por si los dignatarios que se desde hoy se reúnen en Copenhague para la cumbre sobre el cambio climático no encuentran argumentos de peso para tomar sin dilación medidas que lo protejan, cuatro prestigiosas universidades de Estados Unidos acaban de advertir que  el calentamiento del planeta hará que aumenten un 54% los conflictos armados en África en los próximo veinte años y han colocado sobre la mesa de los estadistas casi medio millón de muertos.

Imagino que los lectores de este periódico cuando vean esto se preguntarán cuál es la relación entre calentamiento y guerras, qué tiene que ver una cosa con la otra. Lo mismo pensaba yo. Así que tocado por la curiosidad me puse a leer un resumen de prensa de los informes elaborados por estos centros docentes.

Según estos estudios científicos, el calentamiento global aumentará un 54% el número de conflictos armados en el África subsahariana de aquí a 2030, con un balance de 393.000 muertos en combate adicionales.

El trabajo ha analizado los datos históricos del periodo 1981-2002 y ha descubierto que, en los años más calurosos, el riesgo de conflictos armados es mayor. En algunos casos, un incremento de un grado en la temperatura media provocó un aumento del 50% en el número de conflictos. Los investigadores no creen que estos chocantes resultados sean casualidad, sino que ven una relación causa-efecto entre la subida de la temperatura y la belicosidad en el África negra.

Detrás de la vinculación entre temperatura y guerra está un grupo de investigadores procedentes de las universidades más prestigiosas de EEUU: Harvard, Stanford, Nueva York y Berkeley. El asunto tiene su lógica, aunque no se vea a primera vista. Los agricultores se unen a las rebeliones si hay malas cosechas. Se trata de un mecanismo evidente, señala el informe.

"Creemos que el efecto es causal por dos razones: hay un mecanismo evidente que vincula el clima y los conflictos, y además hemos intentado descartar otros factores que podrían influir en el surgimiento de guerras civiles, como los cambios de gobierno o del producto interior bruto de un país", explica Marshall Burke, el autor principal del estudio.

El "mecanismo evidente" es la producción agrícola. Las cosechas en África son extremadamente sensibles a cambios mínimos en las temperaturas y en buena parte del continente el 90% de la población trabaja en la agricultura. "La subida de la temperatura provoca que los ingresos de los campesinos sean mucho más bajos y esto es un incentivo para que la población rural se una a las rebeliones", dice Burke. Este fenómeno habría ocurrido durante las décadas de 1980 y 1990, según los autores, en países como Níger y Sudán, en Sierra Leona y en el Cuerno de África donde quedan Somalia, Yibuti, Eritrea y Etiopía.

Tras descubrir esta robusta conexión entre guerras y temperatura en el pasado, los investigadores utilizaron las proyecciones climáticas para predecir la futura incidencia de guerras civiles en el África subsahariana. El resultado es un 54% más de conflictos y 393.000 muertos adicionales en las guerras civiles espoleadas por el calor que se desencadenarán hasta 2030.

En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del próximo año, que se celebra el primero de enero, el Papa Benedicto XVI hace referencia a esta relación entre medio ambiente y guerra. Ya el título del mensaje es elocuente: “si quieres cultivar la paz, custodia la creación”.

¿Pesarán estos cuatrocientos mil muertos en la conciencia de los que se reúnen en Copenhague a la hora de tomarse en serio este problema de cambio climático? Si no lo hacen sus hijos y nietos se lo reprocharán dentro de poco tiempo.

¿Crecimiento económico o crecmiento de la pobreza?

¿Crecimiento económico o crecmiento de la pobreza?

Dicen los expertos en economía, al menos lo dijo en estos días un alto funcionario de una también alta institución financiera internacional, que el manejo de la crisis en nuestro país ha sido el adecuado y que por ello no nos ha afectado tanto.

El Gobernador del Banco Central, por su parte, informaba el pasado jueves que en los primeros nueve meses del año en curso nuestra economía creció algo más de un dos por ciento. Si comparamos nuestros números con los de los países desarrollados, los europeos  por ejemplo, que lanzan las campanas al vuelo diciendo que ya están saliendo de la depresión porque han crecido en el último trimestre un cero y poco más por ciento, efectivamente los nuestros parecen datos más que saludables y hasta envidiables.

De economía no entiendo y no quisiera que me tomaran el pelo. No me basta que digan que una cosa es la macroeconomía, que es la crece, la que parece consolidada, y otra la microeconomía, que es con la que nos manejamos los ciudadanos. Esta economía no ha crecido y si algún experto economista dice que sí, sencillamente yo me niego a creerle.

La realidad con la que la gente se maneja no habla de crecimiento, ni de estabilidad sino de lo contrario. Con más dinero se compra menos y la cosa empeora cuando los pesos escasean porque se han reducido los ingresos en el hogar por causa de la pérdida de empleo.

Yo vivo y trabajo en San Cristóbal, que cada vez, por cierto, la siento más sur profundo que nunca. En estos días, el cierre de una empresa de la zona industrial de Itabo, en Haina, dejó sin trabajo a unos mil quinientos trabajadores de esta ciudad que laboraban en esa empresa que, como consecuencia de la crisis, ha decidido hacer sus maletas e irse con su música a otra parte, creo que a México.

Imagino que estos mil quinientos trabajadores y trabajadoras de San Cristóbal formarán parte de ese inmenso ejército de nuevos pobres que, según datos de la CEPAL conocidos en estos días, han ingresado en nuestro continente al club de los menesterosos. Tras seis años de reducción de la pobreza, dice la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, de la Organización de las Naciones Unidas, nueve millones de nuevos pobres ha dejado en nuestro continente esa  crisis que, según dicen otros expertos, hemos sabido manejar bien. Así las cosas, los que no pueden cubrir sus necesidades básicas alcanzan ya los 189 millones de personas.

A todo ello habría que sumar, señala la CEPAL que se incrementará también en cinco millones el número de los indigentes del continente llegando con ellos a los setenta y seis. Es decir, que de los más de quinientos millones de habitantes que vivimos en este pedazo del planeta, doscientos sesenta y cinco son, o pobres, o indigentes.

La CEPAL advierte de que con estos datos se retrasará el cumplimiento del primer Objetivo de Desarrollo del Milenio de la ONU, que no era otro que erradicar el hambre y la pobreza extrema para 2015.

Los nueve millones de nuevos pobres equivalen, siempre según datos de la CEPAL, a casi un cuarto de la población que había superado la pobreza entre 2002 y 2008. O sea, que personas que habían logrado sacudirse de su pobreza logrando satisfacer sus necesidades básicas han retornado de nuevo a los tiempos de la precariedad e insuficiencia.

Me gustaría que alguien me explicara cómo se pueden dar a la vez crecimiento económico y crecimiento de la pobreza. Tal vez la mejor explicación sea muy simple, que crecen los de siempre y decrecen los de siempre también.

Ellacuría y compañeros mártires

Ellacuría y compañeros mártires

El pasado martes se cumplió el  vigésimo aniversario del martirio de Ignacio Ellacuria y sus cinco compañeros jesuitas mártires. Soldados del ejército salvadoreño irrumpieron la noche del 16 de noviembre en la residencia de la Universidad Centroamericana donde enseñaba verdades que incomodaban a los poderosos del país, no sé si bien o mal llamado, “pulgarcito de América” y mataron también a la señora Elba y a su hija Celina, de quince años, que trabajaban en el servicio de la casa”. Nueve años antes, un 24 de marzo, otras enseñanzas incómodas, las de monseñor Oscar Arnulfo Romero, quisieron silenciarse de la misma manera, pero unas y otras siguen sonando.

Los salvadoreños no han olvidado a Ellacuría y sus compañeros. Una enorme manifestación popular por las calles de San Salvador el pasado sábado daba cuenta de la memoria agradecida de este pueblo que no olvida que la sangre de los religiosos fue derramada porque sectores poderosos del país centroamericano no veían con buenos ojos la mediación que el teólogo estaba llevando a cabo entre el gobierno del entonces presidente Cristiani y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) a fin de llegar a un acuerdo negociado que acabara con una guerra civil que ya duraba más de una década y que se había cobrado miles de vidas.

Estaba en San Salvador en marzo del 2004 participando en una reunión de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos (CLAR) y tuve la dicha de participar en los actos del 20 aniversario del asesinato de monseñor Romero. Visitando la UCA, la universidad de los jesuitas asesinados, nos mostraron la casa donde se ejecutó la masacre y la verdad es que quedé profundamente conmovido e impresioando. Allí estaban sus ropas traspasadas por el fuego de las balas y otros muchos detalles que permitían hacerse uno idea de la inocencia de aquellos hombres que no tenían más herramientas que los libros que llenaban las estanterías de la estancia.

Para los asesinos los libros no eran inocentes, como no son inocentes las ideas. No sé si fue casualidad, pero recuerdo que uno de los libros expuestos estaba atravesado por una bala. El libro hablaba de teología de la liberación.

En esa estancia en el país centroamericano entrevisté para la revista española Vida Nueva a Jon Sobrino, compañero de fatigas de Ellacuría y vasco como él y teólogo de la liberación como él también, que se salvó de morir esa noche simplemente porque no estaba en la casa con los demás. Unas conferencias que tenía comprometidas en el exterior le libraron.

Se enteró de la noticia fuera y no se arrugó. Cuentan que se limitó a decir: “tengo que darles una mala noticia: han asesinado a toda mi familia. Y tengo que darles una buena noticia: he tenido la suerte de vivir con hombres que en este mundo de mentira han dicho la verdad y que, en este mundo de crueldad, han amado a los pobres".

Para hablar de Ellacuría nadie como Sobrino. Con un cierto sentimiento de culpabilidad no puede evitar pensar que las balas que mataron a sus hermanos religiosos y a las dos domésticas tenían en la cartuchera escrito su nombre. Eso pesa, pesa mucho.

Hoy veinte años después se hace algo por recomponer la justicia que ha faltado en estas dos décadas. El presidente Mauricio Funes, exalumno de  esa misma universidad, ha otorgado a los mártires la máxima condecoración del país. "Ya es hora de ir a matar a los jesuitas" dicen que dijo el general Juan Bustillo y los coroneles Ponce, Zepeda, Montano y Fuentes, miembros del Alto Estado Mayor salvadoreño que decidieron su muerte. Un militar de rango menor, el coronel Guillermo Benavides, director de la Academia Militar, la ejecutó con miembros del batallón Atlacatl.

Ellacuría era un hombre de paz, pero molestaba a quienes no querían esa clase de paz. En 1985 fue mediador en el canje de la hija del presidente Napoléon Duarte por 22 presos políticos y 101 heridos de guerra del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). En 1989 buscaba la paz para el país y eso, para quienes viven de la guerra, resultaba inaceptable.

Hace un año soñamos que el mundo cambiaría

Hace un año soñamos que el mundo cambiaría

El pasado miércoles se cumplía el aniversario de la victoria de Barack Obama en las elecciones norteamericanas. Con su victoria por todo el mundo se extendió la agradable sensación de que estábamos ante algo sensacional y bueno para el planeta. A doce meses de aquel día es tiempo de preguntarnos qué queda del sueño Obama. ¿Ha cambiado realmente el mundo como esperábamos?

Los análisis dan para muy diversas conclusiones. Estados Unidos oficialmente salió en días pasados de la recesión al recuperar niveles de crecimiento económico del tres y medio por ciento. El Instituto Nóbel de Suecia reconoció el nuevo clima para la política internacional suscitado por la mentalidad multilateralista de Obama otorgándole el premio de la Paz, un premio muy criticado y escasamente valorado dentro de su propio país, donde la población parece tener con su flamante primer presidente negro de la historia menos euforia que la que hay en el exterior.

El panorama que este hombre, el más poderoso del planeta, enfrenta hoy es realmente complicado tras ocupar desde  hace ocho meses la oficina oval de la Casa Blanca. Después de su aplastante victoria, Obama tiene ante sí un panorama más duro que el que había en aquella noche de triunfo y de éxtasis, en Chicago, donde todo parecía tan posible que a todos nos dio por soñar en grande.

Hoy a Obama le han metido el bisturí y están escaneando una a una sus iniciativa políticas. Y aunque todos aseguran que es demasiado pronto para hacer balance definitivo, las valoraciones de su gestión no están siendo, por lo general, positivas.

Claro que es difícil contentar a todos. Los demócratas liberales dicen que Obama no ha hecho lo suficiente y que debería haber sido más audaz, los moderados le achacan que no tiene las ideas claras y los republicanos, asustados, le acusan de "sovietizar" EEUU, es decir, de crear el caos. Las recientes derrotas electorales sufridas en estos días donde los demócratas han cedido terreno a los republicanos en bastiones donde eran electoralmente fuertes son para algunos una señal clara del descontento que hay en la ciudadanía.

Arianna Huffington, una antigua candidata independiente, se hace eco de la decepción progresista preguntándose qué pensaría el candidato Obama del presidente Obama. Y responde: “miraría lo que está haciendo la Casa Blanca y se preguntaría: ¿y eso es para lo que mis simpatizantes han trabajado tan duro?”

En estos ocho meses en la Casa Blanca su popularidad entre los norteamericanos ha bajado respecto a los niveles verdaderamente estratosféricos que alcanzó al ganar las elecciones. Con todo, los sondeos dicen que aún goza de un nada desdeñable 50 por ciento de aceptación.

Una cosa es con guitarra y otra con violón, solemos decir para explicar la diferencia entre las buenas intenciones y los hechos concretos que las materializan. Creo que Obama lo sabe muy bien. En Afganistán está estancado y su equipo de asesores no logra armar una estrategia para salir del conflicto. Cerrar Guantánamo en enero del próximo año, que fue una de sus promesas electorales más concretas, no parece que sea posible, entre otras razones porque no encuentran países receptores para todos los “talibanes” allí recluidos. Empantanado parece estar también con la reforma del sistema de salud, otra de sus banderas de campaña. Tampoco se ha avanzado sustancialmente en la relación con Irán, a pesar de que él propio Obama inició su mandato recalcando que se proponía entablar un nuevo tipo de relación con el gobierno de los Ayatolas. A pesar de que lo ha intentado, Irán no da muestras de querer atenerse a la legislación internacional en el polémico tema del enriquecimiento de un uranio que los occidentales sospechan pueda convertirse en arma nuclear.

Suceder a un predecesor como George Bush tiene de bueno que las cosas sencillas y sin importancia se hacen de pronto fáciles. De ahí los aplausos del mundo entero coronados con el Nóbel de la Paz. Ahora al presidente Obama le toca lo difícil. Al final lo examinarán por esto, no por lo primero.

Y quiera Dios que acierte para que podamos seguir soñando

En el día d elos finados celebremos la fiesta de la vida

En el día d elos finados celebremos la fiesta de la vida

Creo que todas las religiones profesan una devoción especial a los seres queridos que han terminado ya sus días en este mundo. Aunque difieren en la forma, la manera y la ritualidad a la hora de expresar esa devoción, generalmente se enmarcan dentro del sentimiento humano de la memoria agradecida.

Hoy, segundo día del mes de noviembre, la Iglesia Católica celebra el día de los fieles difuntos, un día que la gente dedica a visitar en los cementerios las tumbas donde descansan sus familiares y amigos por los que se elevan plegarias. Muchos de ellos en el día de ayer limpiaron los espacios y colocaron flores nuevas sobre las losas para que en el día de hoy todo esté como debe estar, es decir, limpio, ordenado y con señales visibles que rememoren la vida.

Quienes entienden y miran la vida desde la fe religiosa que descansa en la Palabra de Dios recogida en la Biblia, este día no se queda, no se puede quedar, en la nostalgia y la memoria. Es un día para celebrar la fiesta de la vida.

San Lucas recoge, en el capítulo 20 de su evangelio un enfrentamiento de Jesús de Nazaret con los saduceos, grupo que no creía en la resurrección de los muertos. El Maestro sale del gancho que le tiran estos seguidores de Sadoq, diciendo que es el propio Moisés el que da fe de la existencia de la resurrección cuando en el episodio de la zarza dice que el Dios con el que se encuentra en la montaña “es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos sino de vivos porque para él todos viven” (Lc 20,37-38)

Sé que esto resulta difícil, imposible realmente, de entender para quienes no comparten las creencias religiosas cristianas, pero en todo caso, esta manera de ver la existencia da sentido a nuestra vida y a nuestra muerte a quienes somos creyentes.

Personalmente tendría suma dificultad para creer en un Dios Padre que me da la vida al nacer y me deja sin ella al acabarse mi vida en este mundo. Ningún padre bueno quita la vida a sus hijos. Por todo ello en este día, dos de noviembre, día de los fieles difuntos, doy gracias al Dios de la vida por la vida que dio a los seres queridos que ya no están entre nosotros. Y, convencido como estoy que esa vida no se terminó el día en que concluyeron sus peregrinajes por este mundo, le agradezco también la vida nueva que, como Padre bueno, les dio acogiéndolos en su Reino al morir.

Me llevaron a ver este verano un cementerio en una pequeña aldea alemana, cuyo nombre ahora no recuerdo, que era un auténtico museo de arte en el que se exaltaba la alegría y la esperanza en la vida eterna. Según me explicaron todas las tumbas, artísticamente labradas, recogían algo esencial o característico de la persona que descansaba en sus adentros. Era como una forma de preservar incluso la vida que tuvieron en los días de la tierra.

Una de estas tumbas tenía una leyenda que textualmente decía: “cuando yo nací todos reían y yo lloraba; ahora que muero, todos lloran y yo río”. No sé quién era, pero estoy seguro de que se trataba de alguien que creía fuertemente en el Dios de la vida.

Recuerdo también que en una ocasión, administrando el sacramento de la Unción a un enfermo de mi parroquia que estaba realmente muy grave, sorprendido de la alegría y serenidad que tenía –yo pensé que tal vez no estaba consciente de que le quedaba poco trecho por andar en este mundo- le pregunté por qué estaba tan contento. Me dijo, sin dejar de sonreír: “es que lo mejor está por llegar”.