Hoy como ayer
“Navidades hay dos”; escribía el año pasado por estas fechas refiriéndome a que son dos las formas de celebrar esta fiesta a la que todos, creyentes o no, nos sumamos. Algunas cosas, no parecen cambiar en dos milenios.
Dos fiestas muy distintas hubo también en aquella primera navidad, la histórica, la de Belén. Ocurrieron así los acontecimientos por obra y gracia del emperador romano urgido de conocer el número de súbditos que tenía en sus dominios para calcular los impuestos que ingresaría en las arcas del Estado y en la suyas personales. Creía Augusto que el planeta era suyo, o que no había más mundo que el de su imperio, y ordenó, según nos cuenta el evangelista San Lucas, que este censo se hiciera en el mundo entero.
Fue esto lo que obligó a José y a María, que ya estaba en avanzado estado de gestación, a montar su burro y coger para Belén donde tenían que empadronarse.
Debió ser mucha la gente que había en esos días en esa pequeña aldea. Para dar cumplimiento a la orden imperial y seguro fue esta la razón por la que José no encontró un lugar más adecuado para que su esposa diera a luz. A falta de cuna casa por rentar su escuálida cartera no le permitió otro escenario que una cueva donde los pastores cobijaban a sus animales y se reguarnecían ellos mismos del frío riguroso de las noches de invierno.
Nos sigue diciendo Lucas que esta fiesta del nacimiento de Dios en medio del mundo haciéndose humano y tomando nuestra condición, fue discreta y sencilla. Apenas unos pastores, gentes consideradas de baja condición social, se enteraron del anuncio del ángel que les calmó el susto dándoles la buena noticia de que “en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Y la señal de que no estaban viendo visiones sería un pequeño niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Sólo ellos. Los demás que abarrotaban las callejuelas de Belén estaban en otra fiesta, en otro jolgorio pues aquellos eran ya los tiempos del pan y circo. Compensaba así el emperador con fiesta popular el enojo de la mayoría de la población por la obligada y forzosa movilización para empadronarse.
Esta muchedumbre estaba ajena a la otra Navidad; a la del misterio. No cabía esperar otra cosa. ¿Cómo creer que Dios se humaniza cuando veían que el emperador, humano como ellos, se divinizaba?
Hoy pasa exactamente igual. Unos, no sé si los menos, intentan celebrar el misterio de la Encarnación haciendo nuevo en su corazón el acontecimiento histórico de Belén, en tanto otros muchos, la mayoría, acuden, sumisos y obedientes, al llamado del “emperador consumo” a empadronase en un masivo peregrinaje en las oficialías del lugar y pagar por adelantado los impuestos. También esta otra navidad, como la de aquel tiempo está edulcorada con pan y circo. El pan y el circo lo pone el nuevo emperador y nosotros el doble sueldo.
Feliz Navidad
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