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La mujer del César

La mujer del César

Dice Plutarco en su obra "Vidas paralelas", uno de sus escritos maestros, en las que empareja una serie de biografías de griegos y romanos famosos con el fin de comparar sus virtudes y defectos comunes, que un patricio del imperio llamado Publio Clodio Pulcro, dueño de una gran fortuna y dotado con el don de la elocuencia y también del de la seducción, estaba enamorado de Pompeya, la mujer de Julio César.

Era tal su “asfixie” por ella que con ocasión de una fiesta, la de la Buena Diosa, celebración a la que sólo podían asistir las mujeres, el patricio entró en la casa de César disfrazado de tocador de la lira con el firme propósito de gozar de la dama. El disfraz no le sirvió de mucho y fue descubierto y apresado y posteriormente juzgado y condenado por el doble delito de engaño y de sacrilegio.

César estaba seguro de que su Pompeya nada tenía que ver con el asunto pero como quiera se enojó con ella, no por infidelidad sino por haberlo puesto en entredicho ante sus súbditos. ¿Qué pensaría el pueblo de un emperador al que le han puesto los cuernos?

Y dice Plutarco que el bueno de César se despachó con esta frase que ha pasado a la historia y de la que echamos mano cuando queremos resaltar las diferencias entre la apariencia y la realidad: “no basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”. Bueno, siendo honestos tampoco está claro que realmente Pompeya nada tuviera que ver con la osadía y el atrevimiento del patricio; pero no es el caso profundizar más sobre ello en estas líneas.

Si malo e injusto es que una persona pase por indecente sin serlo, peor debemos considerar el hecho de que alguien pretenda pasar por honorable y decoroso ocultando una vida escasa de decencia. Digo que es peor esto último porque en el primer caso el daño es más limitado quedándose en la persona que se siente injustamente maltratada y en su entorno, en tanto en el segundo son todos los ciudadanos los engañados.

Este refrán y esta historia los recordé en estos días al ver publicadas en la prensa las denuncias de una joven que asegura haber procreado cuando era menor una criatura con un honorable diputado representante del pueblo dominicano que además se niega a asumir sus responsabilidades paternas. Al parecer animadas por el atrevimiento de la joven madre otras mujeres han salido diciendo que también dan fe de que el diputado no es tan caballero.

También en estos días con insistencia se ha advertido la posibilidad de que el narcotráfico llegue a sentarse en las honorables cámaras donde reside el poder del pueblo al infiltrar con sus miembros las candidaturas de los partidos. Recuerdo también que hace unas semanas la prensa denunció también el caso de un candidato a diputado apresado por dirigir una banda que se dedicaba a robar coches de lujo y venderlos posteriormente.

Y uno se pregunta: ¿y es gente así las que nos va a representar y tal vez hasta dirigir? Creer en la honorabilidad de ciertos agentes sociales se hace cada día más difícil. Y no faltan razones para ello. No basta decir, por ejemplo, que una institución como la Policía Nacional no puede ser cuestionada por el hecho de que unos cuantos de sus miembros actúen fuera de toda legalidad. Lo cierto es que la frecuencia con que muchos de sus agentes se ven involucrados en hecho ilegales es tal que a la gente no le queda más remedio que generalizar, aunque no sea justo hacerlo.

Ciertamente, hay que parecer y ser honestos o de lo contrario tarde o temprano uno queda en evidencia. Y es que, como dice otro refrán, “lo que de noche se hace de día se ve”.

A los veinte años de la caída del muro

A los veinte años de la caída del muro

En el mes de julio tuve la oportunidad visitar la ciudad de Berlín. La parroquia en la que trabajo tiene desde hace veinte años un programa de hermanamiento por el que en años alternos jóvenes alemanes visitan San Cristóbal y jóvenes dominicanos viajan a Alemania. En esta ocasión me tocó acompañar al grupo dominicana pues nuestros amigos querían celebrar de manera especial las dos décadas de  fraternidad que nos han unido fuertemente en estos años.

Las dos décadas de nuestro hermanamiento coinciden con los veinte años de la caída del muro que separó desde agosto de 1961 hasta noviembre de 1989 al pueblo alemán en dos mitades. Aquella noche en que se empezó a levantar el muro Alemania fue el país más triste del mundo, pero la noche en que cayó hecho pedazos los alemanes fueron los más felices de la tierra.

Generalmente los pueblos tienden a ocultar sus vergüenzas borrando todo rastro del pasado que quieren enterrar en lo más profundo del olvido. Pensé que eso mismo habrían hecho los alemanes con su pasado al volver a ser una sola nación tras demoler los 45 kilómetros de aquel muro conocido como “muro de la vergüenza”.

No; la memoria de lo acontecido sigue viva y de ella quedan en la ciudad señales abundantes y bien visibles. Las jóvenes generaciones de teutones pueden conocer así mejor su historia y los turistas se hacen una idea más certera de lo que vivieron los hombres y mujeres alemanes a quienes la barbarie de unos dirigentes sin entrañas alejó de  familiares y amigos.

Del muro quedan los tocones a ras de suelo. También el paso fronterizo conocido con el nombre del Chekpoint Charlie, que dividía el sector americano del ruso. Son sólo dos muestras que nos permite adivinar la ridiculez de una separación sin sentido.

En un museo, justo en ese mismo punto en el que hoy los turistas se hacen fotos con los guardias vestidos de época para ambientar la escena, se recogen abundantes muestras del ingenio utilizado por los alemanes del este para sortear la altura del paredón y cruzar al lado donde, nunca mejor que en ese tiempo, la libertad era la causa de la vida.

Especialmente me llamó la atención una pequeña sala que hay a un lado en la famosa Puerta de Brandeburgo, una majestuosa obra de arte de la segunda mitad del siglo XVII que quiere ser una réplica de la acrópolis de Atenas. La única decoración que tiene esa sala es un tapiz, en el que una tenue luz penetra la oscuridad. Y unos bancos para que el visitante contemple y medite. En el vestíbulo hay una pared azul con la palabra “Silencio”.

 

Para los miembros del grupo patrocinador de este lugar de silencio uno de sus objetivos era que este lugar histórico sirvieraa para pensar en los tiempos dolorosos del pasado así como en tiempos más alentadores, para meditar o rezar y para dar las gracias por la vida.

 

“El Lugar de Silencio deberá ser una constante exhortación a la hermandad y la tolerancia entre los hombres y una constante advertencia contra la violencia y la xenofobia” dice una de las hojas que le entregan al visitante cuando entra en esta sala. Penetrado uno del ambiente silencioso que reina en esa pequeña habitación, el compromiso por la paz y la convicción de que las guerras nunca las gana nadie es más fuerte que nunca.

 

La historia vergonzosa no hay que olvidarla; hay que saber mirarla de frente para que no se repita. Tal vez esto es lo que más me gustó de lo que vi en Berlín.

Increíble pero cierto

Increíble pero cierto

Me disponía a descansar de los afanes del día mirando un canal de noticias en la televisión. Creo que era el noticiario de CNN. Lo que vi me dio un revolcón por dentro. Una rabia difícilmente contenible se apoderó de repente de mí. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos.

La escena era en algún lugar de Bélgica, el país en cuya capital la Unión Europea tiene sus sedes ejecutivas centrales. En una inmensa llanura unos trescientos tractores con sus cisternas inundaban la tierra con, nada más y nada menos que, tres millones de litros de leche fresca recién arrebatada a las ubres de las vacas. Quienes estaban tirando por la borda el sudor de su trabajo eran los ganaderos belgas que protestaban así contra los bajos precios que en el mercado tiene lo que ellos venden, unos precios que, según dicen, no cubren sino la mitad de sus costos de producción.

Pero esto no ha sido todo. Los productores cerraron también el martes pasado los accesos fronterizos de Bélgica con Holanda y Alemania para demandar precios más altos y en otros países europeos como Francia y España se esperan acciones similares en los próximos días.

Curiosamente, el mismo día que los europeos tiraban esos tres millones de litros de leche, que darían para proporcionar la ración diaria de ese alimento básicos a seis millones de niños en las zonas de pobreza del planeta donde el hambre se cobra diariamente miles de vidas, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU advertía que el número de personas que pasan hambre en el mundo ha superado este año, por primera vez en la historia, los 1.000 millones. Y en su informe la ONU señalaba también que, sin embargo, la ayuda alimentaria está en su nivel más bajo de las dos últimas décadas.

Se dirá que la crisis mundial ha obligado a los gobiernos a reducir sus partidas presupuestarias para la ayuda internacional. Eso no arregla las cosas, tan solo las explica. La directora de este programa resaltó desde Londres que este descenso de la ayuda alimentaria coincide con un “incremento del número de personas en estado crítico de hambruna”. La cantidad de hambrientos, según la experta del PMA, Josette Sheeran, está en sus niveles más altos, en más de mil millones, mil veinte para ser más precisos, en tanto la ayuda alimentaria se sitúa en un mínimo histórico.

Esta situación, advirtió la experta de la ONU representa un gran riesgo y una más que probable amenaza a “la paz, seguridad y estabilidad en muchos lugares del mundo". Explicar por qué no parece necesario.

Cuando entre nosotros se habla de hambruna enseguida nos vamos al continente africano pensando que tal calamidad está afortunadamente lejos de nuestras puertas. La organización Médicos Sin Fronteras denunciaba el pasado viernes que en la República Centroafricana un 20% de la población infantil sufre desnutrición aguda y alrededor del 7% de los niños está en grave riesgo de morir.

No es sólo África la que está hambrienta. Ya conocemos la difícil situación que atraviesa nuestro vecino en materia alimentaria. En días pasados la prensa internacional resaltó también que en Guatemala el gobierno del presidente Colon decretó el estado de calamidad por el hambre al perderse, debido a una prolongada sequía, el 90% de las cosechas de maíz y frijoles, alimento básico de los guatemaltecos.

Y, mientras esto pasa en estos lados del Tercer Mundo, resulta inaceptable e insultante que en el otro lado, para forzar una subida de precios de la leche, tiren millones de litros de ese producto a una tierra que lo que espera es agua para granar el trigo.

Otra globalización tienen que ser posible. Si no, la actual no sirve de mucho.

 

Cultura del chanchullo

Cultura del chanchullo

Le tomo prestada a mi compañero de al lado en el espacio de firmas de este periódico, Juan Bolívar Díaz, el título de mi reflexión de este lunes porque quiero referirme al tema de la corrupción y preguntarme, o preguntarle a usted, amable lector, si estamos llegando al punto en el que la corrupción forma parte de nuestra identidad cultural.

Sí, deberíamos preguntarnos también si esta pandemia de la corrupción no está ya tan enquistada entre nosotros que ha pasado a formar parte de nuestra manera de ser dominicanos. Plantearnos esto es como decir que ser dominicanos es lo mismo que ser corruptos. Me repugna la idea de que pueda ser cierto y me resisto a creerlo; pero también pienso que a veces parece que vamos por ese camino, aunque siempre hay gloriosas excepciones.

El nuevo vicepresidente de la CEDEEE declaraba el pasado viernes que “robarse la luz es un deporte nacional”, es decir un juego que todos practicamos. En estos días la prensa ha hablado harto del famoso tema del barrilito, o cofrecito, de los señores diputados y senadores que han normalizado lo que la sociología y la jurisprudencia han denominado como el mal del nepotismo.

La periodista Alicia Ortega destapó de nuevo lo que parece ser una práctica generalizada que ya anteriormente algunos habían denunciado como perversa. En uno de sus artículos de cada lunes en este mismo periódico, Juan Bolívar Díaz desmenuzaba todas las entradas de los senadores y al famoso barrilito le asignaba entre 400 y 900 mil pesos mensuales por señoría dependiendo de la población a la que el senador representa.

No sé si son ciertas las declaraciones atribuidas a un diputado peledeísta por Puerto Plata en las que el Honorable desafiaba y advertía al propio presidente de la Cámara diciendo: “que sepa la opinión pública que tengo a mi papá en la nominilla y nadie me va a sacar a ese viejo que come de su hijo. Ni Valentín me lo saca”.

También la prensa denunciaba, a raíz de la identidad del dueño de la famosa yipeta en la que se encontraron más de cuatro millones de dólares en efectivo, lo fácil que resulta en nuestro país conseguir una identidad falsa, o conseguir un acta de nacimiento que, en cuestión de minutos, a un portorriqueño le hace dominicano de pleno derecho.

Me preocupa que nos estemos familiarizando tanto con la corrupción que desistamos de luchar contra ella; que la cotidianicemos tanto que quede integrada a lo que podríamos llamar el “espacio de la normalidad”. De lo normal a lo bueno hay una distancia muy corta, casi siempre imperceptible. Por eso digo que, de tan normal y cotidiana, corremos el riesgo de hacer de la corrupción una señal distintiva de nuestra identidad. Juan Bolívar Diaz dice que está surgiendo una “cultura del chancullo”. Creo que es verdad y, además, puede que ya esté bien instalada entre nosotros.

No podemos negar que la corrupción es un problema serio que tiene la sociedad dominicana. Se lo recordó el Papa Benedicto XVI a Víctor Grimaldi cuando le recibió en el Vaticano como embajador dominicano ante la Santa Sede. El bienestar de la sociedad se apoya, dijo el Papa, en “pilares como el cultivo de la honestidad y la transparencia, la independencia jurídica, el cuidado y respeto del medio ambiente y la potenciación de los servicios sociales, asistenciales, sanitarios y educativos de toda la población”.

No podemos permitir que la corrupción se enquiste en nuestra identidad . Ser dominicano no debe ser igual a ser corrupto o tramposo, o chanchullista.

¿Ludismo en la CEDEE?

¿Ludismo en la CEDEE?

La mayoría de los periódicos del pasado jueves colocaron como noticia de portada el apagón general que sufrió el país en la tarde del miércoles, producido, según las primeras explicaciones dadas por el superintendente de electricidad, Francisco Méndez, al dispararse las plantas AES-Andrés, de Bocachica y San Felipe, de Puerto Plata. Estas dos plantas, de acuerdo a los técnicos, arrastraron a las demás provocando el black out.

Pero, esa misma mañana los comentaristas de radio se apartaban de la explicación oficial y empezaban a hablar de sabotaje en protesta por las  cancelaciones, una trescientas según dijo la prensa, de empleados de la CEDEE que la nueva administración había llevado a cabo en días atrás.

Un comentarista dijo, muy seguro de sí mismo, que nadie en este país se cree que lo del apagón no fuera un sabotaje. Poco a poco esta hipótesis fue tomando cuerpo y ya la prensa vespertina hablaba claramente, también en primera página, de esa posibilidad.

Pocas horas después el superintendente de Electricidad abrías las puertas a eta sversión al confirmar la detención de 10 personas de la empresa, a quienes no identificó para no entorpecer las investigaciones,  y no descartaba que el black out fuera realmente un sabotaje. Esta hipótesis se reforzaba al desmentir unas de las empresas que en sus instalaciones se hubiera originado el apagón pues, al momento de producirse su planta operaba con toda normalidad.

Es de suponer que en los próximos días este asunto se aclare. Y es importante que así sea para que aquellos que quieren poner un poco de orden en este caos de la energía eléctrica sepan con quien bregan y a quien se están enfrentando cuando tomen medidas que no sean del agrado de muchos.

Unas de las críticas del señor Marranzini a la anterior administración de Segura fue que la CEDEE estaba sobredimensionada en su nómina y que ninguna solución habría para el problema energético del país si no se la reducía a los niveles necesarios para su operatividad. Nadie debe esperar, ahora que el señor Marranzini es responsable directo de la institución, que se olvide de esos correctivos que propagó y que renuncie a llevarlos a cabo.

Si se confirman estas sospechas tendríamos que aceptar que el apagón del pasado miércoles fue un sabotaje al más puro estilo ludista. El ludismo emergió en aquellos años del siglo XVIII cuando comenzó la era industrial a desarrollarse con fuerza y los pequeños talleres manufactureros fueron reemplazados por las máquinas industriales que consiguieron elevar la producción reduciendo los costos de empleo.

A este movimiento le vino el nombre de un ciudadano inglés llamado Nedd Ludd, de dudosa existencia real. Este hombre, dicen, pensó que la mejor resistencia a la pérdida de empleos que estaba generando la aparición de las máquinas industriales, era sencillamente destruirlas. Según la leyenda popular, en 1779, se deshizo de un telar mecánico que representaba para él, la fuente de sus desgracias.

¿Estamos ante una reedición del ludismo? No lo sé, pero no estaría de más tener ojo avizor en este asunto. Al señor Marranzini no se lo van a poner fácil. Altos dirigentes del Partido de la Liberación Dominicana ya se han apresurado a protestar contra las cancelaciones de sus compañeros en la CEDEE. El presidente del Senado calificó de masivas e injustas estas cancelaciones y advirtió que la medida no es “buena consejera”. A cualquier lector estas expresiones de tan alto dirigente peledeista suenan a advertencia y, quizás también, a amenaza.

¿Nuevas medidas en la CEDEE serán respondidas con más black out?

Reinventar la historia

Reinventar la historia

 

Por ahí se acerca el 11S, la fecha en la que, según algunos, la historia empezó a escribirse nuevamente. Mucha tinta se ha escrito tratando de descifrar el alcance de aquel acontecimiento que a todos nos dejó perplejos porque nadie creyó, por muy pervertida que alguien tuviera la mente, que se pudiera llegar tan lejos.

Aquel horrendo atentado en el que unas tres mil personas dejaron la vida, incluida la veintena de secuestradores que estrellaron las cuatro naves contra las famosas torres gemelas de World Trade Center, la esquina del Pentágono, en Virginia y contra un campo abierto en Pensilvania, que no impactó en zona habitada porque los pasajeros se rebelaron contra los suicidas kamikazes, cambiaron el mundo. Alguien ha señalado que ese día nació de nuevo la historia, aquella a la que el aburrido Fukuyama le dio el certificado de defunción años atrás cuando el mundo se hizo monocolor.

Por décadas creímos en un futuro promisorio, había un optimismo generalizado en todas partes. Todo hacía presagiar que el mundo iba bien y que el progreso, tarde o temprano llegaría a todos, incluso a quienes estaban a kilómetros de él por siglos y siglos de subdesarrollo. Ese optimismo global tenía rimbombantes nombres como libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, dignidad etc, etc.

Por décadas también esta visión favorable era compartida tanto por quienes caminaban en la ruta del paraíso comunista como por los que hacían el recorrido de la vida y de la historia que conducía al paraíso consumista. Aquel mundo de las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial era fascinante y esperanzador. Se permitía el lujo de tener dos modelos alternativos para hacer grande la historia.

Pero todo ese gran sueño se acabó. Fue pequeña la distancia entre la ilusión y el desencanto. La caída del Muro de Berlín nos quitó las cataratas. La historia se acabó, insistía Fukuyama, cuando ya el mundo había escogido el único camino razonable: el capitalismo de occidente. La historia a partir de entonces quedó reducida al presente, que era americano. Algunos han llamada a ésta la “Generación del Ahora”. El pasado de poco servía y el futuro se había esfumado del horizonte, al menos para los que estaban parados fuera del sueño capitalista.

Los sueños y las esperanzas se esfumaron porque la terca realidad nos mostraba una y otra vez que las desigualdades, en lugar de menguar, crecían de manera vergonzosa. Ya no eran clases, o colectivos concretos los que no llegaban al desarrollo prometido; continentes enteros quedaban apeados de la esperanza.

Al reflexionar en estas cosas pudimos comprender que la historia nuestra era resultado de una alta traición. Los mismos que diseñaron aquella historia alternativa del progreso y del desarrollo, los mismos que creyeron conocer el camino hacia el que debía caminar la humanidad, fueron los que cometieron o provocaron las barbaries del siglo XX.

Nos duela o no, el 11S nació otra vez la historia como una rebeldía, como una protesta contra quienes pretendieron reducirla a la insignificancia. Herida, la historia golpeó sin misericordia al mundo por el lado horrendo del terrorismo. Es una historia penosa que no propone ni futuro ni tampoco brinda esperanza; es una historia sin promesas. Es una historia que a nadie dejar vivir tranquilo en su casa.

Con la crisis financiera mundial ha hecho aguas también la historia vencedora, la que quedó como one way para el mundo. De ésta no es necesario hablar mucho pues ya estamos cansados de tanta palabra y de tan pocos resultados.

Se hace necesaria, por tanto una nueva historia. Y la tendremos que diseñar nosotros, los ciudadanos. No sé cómo, pero tendrá que ser. Yo, visto lo visto, ya no creo en quienes están seguros de saber cuál es el diseño más adecuado y conveniente para el mundo. Tenemos que recrear una historia que no deserte del futuro.

la enorme grandeza de los pequeños

la enorme grandeza de los pequeños

Hoy van a permitir, amables lectores, que este juntaletras, comparta con ustedes una anécdota personal.

Nada tiene de extraño la grandeza de los grandes. De hecho, muchas veces, sorprende su fragilidad y pequeñez, su debilidad, ante las cosas en las que no se sienten tan fuertes. Lo verdaderamente conmovedor es encontrar gente débil abundante en fortaleza, gente pequeña a la que la dureza de la vida le hace grande.

Yo quiero hoy poner en letra cursiva la vida de Susana, que no recuerdo cómo le llaman en su comunidad de Cañadahonda, un barrio colocado al sur de la ciudad de San Cristóbal. Hace unos días cumplía 76 años y quiso dar gracias por su vida en la eucaristía semanal que se celebra en su comunidad cada viernes; una vida de película.

Susana tiene varias deficiencias y minusvalías, no sabría decir cuántas. Para ella caminar tiene que hacer verdadero contorsionismo circense pues cada paso que da es una victoria conquistada a la invalidez que le acecha desde su nacimiento. Lleva setenta y seis años ganando paso a paso esta carrera de la que otros muchos ya habrían desistido.

El evangelio que proclamamos ese día en la eucaristía hablaba de Jesús como el pan de vida, el alimento que da la fortaleza y la energía a quien acepta su Palabra para seguir la ruta de la vida por los caminos de la decencia, de la libertad, de la justicia, de la paz…

Tras conocer la historia de su vida que la propia Susana había escrito para compartir con la comunidad la alegría y gratitud que sentía al cumplir un nuevo año de vida, se me ocurrió presentarla como un testimonio fehaciente y práctico de alguien que acoge a Jesús como el Pan que la vida. Susana no puede entender ni explicar su historia sin reconocer que desde la fe ha recibido la energía necesaria para sortear las perversas amenazas que le tenía preparadas el destino.

Y a partir de aquí, les dejo con la propia Susana. Transcribo, sin modificar nada, su historia narrada y escrita por ella misma. Escribe mejor que lo que habla porque ésta es otra de sus minusvalías.

“Nací el 12 de agosto de 1993. Nací en el tiempo de la brutalidad, en un dispensario médico, pero enseguida me conocieron que iba a tener invalidez. Duré diez años tullida porque mi madre era muy joven y no apreciaron lo que dijeron. Me llevó donde mi abuela que vivía en una colonia y ella hizo lo que pudo conmigo.

Y le doy gracias a Dios que ella se casó con un inglés que era estéril y nunca tuvo hijos y tomó todo el amor en mí. No pude disfrutar mucho el amor de él porque me dejó de ocho años y después que murió mi abuela se despojó de todo y se fue a vivir para San Cristóbal. Ahí fue que yo pasé trabajo. No gateaba ni caminaba, tenía que comer boca abajo.

Gracias a Dios fui cogiendo impulso hasta que empecé a pararme; poco a poco el Señor fue dándome el impulso para que yo me parara.

Aprendí a defenderme, empecé a rifar. La gente me ayudaba por ver la habilidad que yo tenía. Ya a los diez años tenía más impulso gracias al Señor. A los catorce lavaba y planchaba ropa.

Al cabo de mi vejez crié una niña y ya voy a cumplir setenta y seis años, lo que nunca pensé. Ahora estoy disfrutando de mi hija y mis nietos, mis hermanos y los demás. Por eso le doy gracias al Señor por todas las bendiciones que me ha dado”.

Estampada en letras esta historia tal vez no tenga mucha fuerza, pero si vieran a Susana dibujar una sonrisa en su rostro casi imposible quedarían cautivados. Los de Susana no son años, son añazos. Y, como ella dice, ya tiene más que los que tuvo Colón.

En tierra de nadie

En tierra de nadie

Saber el por qué de las cosas es fundamental para tener control de la realidad, de lo que pasa. Es necesario tener respuestas a esa pregunta para saber si lo que acontece tiene que ser necesariamente así y no queda otra que resignarse o, por el contrario, podemos revertir lo que el destino parece presentarnos como algo inexorable.

A la realidad, de todos modos, le sobran expertos y diagnósticos y le faltan agentes con determinación para que sea diferente, menos angustiosa y fatal para los ciudadanos. Lo más triste es que los agentes y los expertos a la hora de mirar esa realidad de la que viven no van por la misma ruta y, en consecuencia, las posibilidades de coordinar acciones favorables para la población son escasas cuando no nulas.

En estas cosas pienso tras leer en días pasados un extenso reporte del periódico Hoy sobre el reciente almuerzo del Grupo de Comunicaciones Corripio en el que tres sociólogos y politólogos reflexionaron la situación nacional, tema por demás recurrente a pocos días del 16 de agosto cuando el presidente Fernández hablará a la nación de las excelencias de su gobierno.

Para Rosario Espinal, al tener el gobierno en estos momentos menos liquidez para atender las demandas de la población, las protestas sociales se incrementan, aunque estos meses de ahora son favorables para enfriarlas pues se incrementa el clientelismo político en la coyuntura electoral.

Pedro Catrain dice que este gobierno es vasallo de la corrupción. Ella forma parte de su engranaje político cuyos ejes la necesitan para sostenerse. Si el presidente desarticulara todos esos engranajes de la corrupción, señala el experto, el gobierno entraría en una crisis política que amenazaría incluso su legitimidad. Esta afirmación es realmente atrevida.

Para Wilfredo Lozano la incapacidad del gobierno está generando una crisis de gobernabilidad preocupante y habla también de deslegitimación política agravada por el irresponsable frenesí del gasto público que no se corresponde con la crisis mundial y local.

Si la desestabilización hasta ahora no ha llegado a mayores, dice este sociólogo, se debe en gran medida a la complicidad de la clase política que, a falta de alternativas y propuestas que reviertan y enmienden la situación, “asume un código conservador que le facilita las cosas al propio Gobierno”.

Ha llegado el momento, por tanto, de introducir cambios en la vida política y económica de nuestro país. No cambios de personas, ahora que se acerca el 16 de agosto, sino cambios de estrategia, de proyecto económico y político. Esto desde luego requerirá de nuevos agentes pues no será posible que esos cambios los lleven a cabo quienes hasta ahora han sido incapaces de cambiar.

¿Tenemos a esas personas? La alternativa en situaciones como esta ha sido siempre girar a la izquierda. Pero dice Catrain que la nuestra, nuestra izquierda, no es la salida porque se encuentra debilitada y sus mejores activos quedaron anulados, o desaparecieron en el régimen de los 12 años de Balaguer. Incapaz de ser opción de poder, a nuestra izquierda le queda hacer el trabajo de jardinero, es decir, abonar un rearme ideológico y moral de nuestra sociedad con vistas a su renovación, según Lozano.

Yo, debo reconocerlo, pareciéndome lógico y racional el análisis de estos expertos, me quedo preocupado. Pareciera que estamos necesariamente abocados al fatalismo, que no hay salida, porque teniendo claro lo que hay que hacer, no tenemos, o no encontramos, quién sea capaz de hacerlo. En América Latina están tomando forma dos modelos diferentes, uno el marcado por los gobiernos de Lula en Brasil y de Bachelet en Chile y otro el del eje chavista con Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Nosotros parecemos estar en tierra de nadie