A los veinte años de la caída del muro
En el mes de julio tuve la oportunidad visitar la ciudad de Berlín. La parroquia en la que trabajo tiene desde hace veinte años un programa de hermanamiento por el que en años alternos jóvenes alemanes visitan San Cristóbal y jóvenes dominicanos viajan a Alemania. En esta ocasión me tocó acompañar al grupo dominicana pues nuestros amigos querían celebrar de manera especial las dos décadas de fraternidad que nos han unido fuertemente en estos años.
Las dos décadas de nuestro hermanamiento coinciden con los veinte años de la caída del muro que separó desde agosto de 1961 hasta noviembre de 1989 al pueblo alemán en dos mitades. Aquella noche en que se empezó a levantar el muro Alemania fue el país más triste del mundo, pero la noche en que cayó hecho pedazos los alemanes fueron los más felices de la tierra.
Generalmente los pueblos tienden a ocultar sus vergüenzas borrando todo rastro del pasado que quieren enterrar en lo más profundo del olvido. Pensé que eso mismo habrían hecho los alemanes con su pasado al volver a ser una sola nación tras demoler los 45 kilómetros de aquel muro conocido como “muro de la vergüenza”.
No; la memoria de lo acontecido sigue viva y de ella quedan en la ciudad señales abundantes y bien visibles. Las jóvenes generaciones de teutones pueden conocer así mejor su historia y los turistas se hacen una idea más certera de lo que vivieron los hombres y mujeres alemanes a quienes la barbarie de unos dirigentes sin entrañas alejó de familiares y amigos.
Del muro quedan los tocones a ras de suelo. También el paso fronterizo conocido con el nombre del Chekpoint Charlie, que dividía el sector americano del ruso. Son sólo dos muestras que nos permite adivinar la ridiculez de una separación sin sentido.
En un museo, justo en ese mismo punto en el que hoy los turistas se hacen fotos con los guardias vestidos de época para ambientar la escena, se recogen abundantes muestras del ingenio utilizado por los alemanes del este para sortear la altura del paredón y cruzar al lado donde, nunca mejor que en ese tiempo, la libertad era la causa de la vida.
Especialmente me llamó la atención una pequeña sala que hay a un lado en la famosa Puerta de Brandeburgo, una majestuosa obra de arte de la segunda mitad del siglo XVII que quiere ser una réplica de la acrópolis de Atenas. La única decoración que tiene esa sala es un tapiz, en el que una tenue luz penetra la oscuridad. Y unos bancos para que el visitante contemple y medite. En el vestíbulo hay una pared azul con la palabra “Silencio”.
Para los miembros del grupo patrocinador de este lugar de silencio uno de sus objetivos era que este lugar histórico sirvieraa para pensar en los tiempos dolorosos del pasado así como en tiempos más alentadores, para meditar o rezar y para dar las gracias por la vida.
“El Lugar de Silencio deberá ser una constante exhortación a la hermandad y la tolerancia entre los hombres y una constante advertencia contra la violencia y la xenofobia” dice una de las hojas que le entregan al visitante cuando entra en esta sala. Penetrado uno del ambiente silencioso que reina en esa pequeña habitación, el compromiso por la paz y la convicción de que las guerras nunca las gana nadie es más fuerte que nunca.
La historia vergonzosa no hay que olvidarla; hay que saber mirarla de frente para que no se repita. Tal vez esto es lo que más me gustó de lo que vi en Berlín.
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