La mujer del César
Dice Plutarco en su obra "Vidas paralelas", uno de sus escritos maestros, en las que empareja una serie de biografías de griegos y romanos famosos con el fin de comparar sus virtudes y defectos comunes, que un patricio del imperio llamado Publio Clodio Pulcro, dueño de una gran fortuna y dotado con el don de la elocuencia y también del de la seducción, estaba enamorado de Pompeya, la mujer de Julio César.
Era tal su “asfixie” por ella que con ocasión de una fiesta, la de la Buena Diosa, celebración a la que sólo podían asistir las mujeres, el patricio entró en la casa de César disfrazado de tocador de la lira con el firme propósito de gozar de la dama. El disfraz no le sirvió de mucho y fue descubierto y apresado y posteriormente juzgado y condenado por el doble delito de engaño y de sacrilegio.
César estaba seguro de que su Pompeya nada tenía que ver con el asunto pero como quiera se enojó con ella, no por infidelidad sino por haberlo puesto en entredicho ante sus súbditos. ¿Qué pensaría el pueblo de un emperador al que le han puesto los cuernos?
Y dice Plutarco que el bueno de César se despachó con esta frase que ha pasado a la historia y de la que echamos mano cuando queremos resaltar las diferencias entre la apariencia y la realidad: “no basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”. Bueno, siendo honestos tampoco está claro que realmente Pompeya nada tuviera que ver con la osadía y el atrevimiento del patricio; pero no es el caso profundizar más sobre ello en estas líneas.
Si malo e injusto es que una persona pase por indecente sin serlo, peor debemos considerar el hecho de que alguien pretenda pasar por honorable y decoroso ocultando una vida escasa de decencia. Digo que es peor esto último porque en el primer caso el daño es más limitado quedándose en la persona que se siente injustamente maltratada y en su entorno, en tanto en el segundo son todos los ciudadanos los engañados.
Este refrán y esta historia los recordé en estos días al ver publicadas en la prensa las denuncias de una joven que asegura haber procreado cuando era menor una criatura con un honorable diputado representante del pueblo dominicano que además se niega a asumir sus responsabilidades paternas. Al parecer animadas por el atrevimiento de la joven madre otras mujeres han salido diciendo que también dan fe de que el diputado no es tan caballero.
También en estos días con insistencia se ha advertido la posibilidad de que el narcotráfico llegue a sentarse en las honorables cámaras donde reside el poder del pueblo al infiltrar con sus miembros las candidaturas de los partidos. Recuerdo también que hace unas semanas la prensa denunció también el caso de un candidato a diputado apresado por dirigir una banda que se dedicaba a robar coches de lujo y venderlos posteriormente.
Y uno se pregunta: ¿y es gente así las que nos va a representar y tal vez hasta dirigir? Creer en la honorabilidad de ciertos agentes sociales se hace cada día más difícil. Y no faltan razones para ello. No basta decir, por ejemplo, que una institución como la Policía Nacional no puede ser cuestionada por el hecho de que unos cuantos de sus miembros actúen fuera de toda legalidad. Lo cierto es que la frecuencia con que muchos de sus agentes se ven involucrados en hecho ilegales es tal que a la gente no le queda más remedio que generalizar, aunque no sea justo hacerlo.
Ciertamente, hay que parecer y ser honestos o de lo contrario tarde o temprano uno queda en evidencia. Y es que, como dice otro refrán, “lo que de noche se hace de día se ve”.
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