En el día d elos finados celebremos la fiesta de la vida
Creo que todas las religiones profesan una devoción especial a los seres queridos que han terminado ya sus días en este mundo. Aunque difieren en la forma, la manera y la ritualidad a la hora de expresar esa devoción, generalmente se enmarcan dentro del sentimiento humano de la memoria agradecida.
Hoy, segundo día del mes de noviembre, la Iglesia Católica celebra el día de los fieles difuntos, un día que la gente dedica a visitar en los cementerios las tumbas donde descansan sus familiares y amigos por los que se elevan plegarias. Muchos de ellos en el día de ayer limpiaron los espacios y colocaron flores nuevas sobre las losas para que en el día de hoy todo esté como debe estar, es decir, limpio, ordenado y con señales visibles que rememoren la vida.
Quienes entienden y miran la vida desde la fe religiosa que descansa en la Palabra de Dios recogida en la Biblia, este día no se queda, no se puede quedar, en la nostalgia y la memoria. Es un día para celebrar la fiesta de la vida.
San Lucas recoge, en el capítulo 20 de su evangelio un enfrentamiento de Jesús de Nazaret con los saduceos, grupo que no creía en la resurrección de los muertos. El Maestro sale del gancho que le tiran estos seguidores de Sadoq, diciendo que es el propio Moisés el que da fe de la existencia de la resurrección cuando en el episodio de la zarza dice que el Dios con el que se encuentra en la montaña “es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos sino de vivos porque para él todos viven” (Lc 20,37-38)
Sé que esto resulta difícil, imposible realmente, de entender para quienes no comparten las creencias religiosas cristianas, pero en todo caso, esta manera de ver la existencia da sentido a nuestra vida y a nuestra muerte a quienes somos creyentes.
Personalmente tendría suma dificultad para creer en un Dios Padre que me da la vida al nacer y me deja sin ella al acabarse mi vida en este mundo. Ningún padre bueno quita la vida a sus hijos. Por todo ello en este día, dos de noviembre, día de los fieles difuntos, doy gracias al Dios de la vida por la vida que dio a los seres queridos que ya no están entre nosotros. Y, convencido como estoy que esa vida no se terminó el día en que concluyeron sus peregrinajes por este mundo, le agradezco también la vida nueva que, como Padre bueno, les dio acogiéndolos en su Reino al morir.
Me llevaron a ver este verano un cementerio en una pequeña aldea alemana, cuyo nombre ahora no recuerdo, que era un auténtico museo de arte en el que se exaltaba la alegría y la esperanza en la vida eterna. Según me explicaron todas las tumbas, artísticamente labradas, recogían algo esencial o característico de la persona que descansaba en sus adentros. Era como una forma de preservar incluso la vida que tuvieron en los días de la tierra.
Una de estas tumbas tenía una leyenda que textualmente decía: “cuando yo nací todos reían y yo lloraba; ahora que muero, todos lloran y yo río”. No sé quién era, pero estoy seguro de que se trataba de alguien que creía fuertemente en el Dios de la vida.
Recuerdo también que en una ocasión, administrando el sacramento de la Unción a un enfermo de mi parroquia que estaba realmente muy grave, sorprendido de la alegría y serenidad que tenía –yo pensé que tal vez no estaba consciente de que le quedaba poco trecho por andar en este mundo- le pregunté por qué estaba tan contento. Me dijo, sin dejar de sonreír: “es que lo mejor está por llegar”.
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