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Reinventar la historia

Reinventar la historia

 

Por ahí se acerca el 11S, la fecha en la que, según algunos, la historia empezó a escribirse nuevamente. Mucha tinta se ha escrito tratando de descifrar el alcance de aquel acontecimiento que a todos nos dejó perplejos porque nadie creyó, por muy pervertida que alguien tuviera la mente, que se pudiera llegar tan lejos.

Aquel horrendo atentado en el que unas tres mil personas dejaron la vida, incluida la veintena de secuestradores que estrellaron las cuatro naves contra las famosas torres gemelas de World Trade Center, la esquina del Pentágono, en Virginia y contra un campo abierto en Pensilvania, que no impactó en zona habitada porque los pasajeros se rebelaron contra los suicidas kamikazes, cambiaron el mundo. Alguien ha señalado que ese día nació de nuevo la historia, aquella a la que el aburrido Fukuyama le dio el certificado de defunción años atrás cuando el mundo se hizo monocolor.

Por décadas creímos en un futuro promisorio, había un optimismo generalizado en todas partes. Todo hacía presagiar que el mundo iba bien y que el progreso, tarde o temprano llegaría a todos, incluso a quienes estaban a kilómetros de él por siglos y siglos de subdesarrollo. Ese optimismo global tenía rimbombantes nombres como libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, dignidad etc, etc.

Por décadas también esta visión favorable era compartida tanto por quienes caminaban en la ruta del paraíso comunista como por los que hacían el recorrido de la vida y de la historia que conducía al paraíso consumista. Aquel mundo de las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial era fascinante y esperanzador. Se permitía el lujo de tener dos modelos alternativos para hacer grande la historia.

Pero todo ese gran sueño se acabó. Fue pequeña la distancia entre la ilusión y el desencanto. La caída del Muro de Berlín nos quitó las cataratas. La historia se acabó, insistía Fukuyama, cuando ya el mundo había escogido el único camino razonable: el capitalismo de occidente. La historia a partir de entonces quedó reducida al presente, que era americano. Algunos han llamada a ésta la “Generación del Ahora”. El pasado de poco servía y el futuro se había esfumado del horizonte, al menos para los que estaban parados fuera del sueño capitalista.

Los sueños y las esperanzas se esfumaron porque la terca realidad nos mostraba una y otra vez que las desigualdades, en lugar de menguar, crecían de manera vergonzosa. Ya no eran clases, o colectivos concretos los que no llegaban al desarrollo prometido; continentes enteros quedaban apeados de la esperanza.

Al reflexionar en estas cosas pudimos comprender que la historia nuestra era resultado de una alta traición. Los mismos que diseñaron aquella historia alternativa del progreso y del desarrollo, los mismos que creyeron conocer el camino hacia el que debía caminar la humanidad, fueron los que cometieron o provocaron las barbaries del siglo XX.

Nos duela o no, el 11S nació otra vez la historia como una rebeldía, como una protesta contra quienes pretendieron reducirla a la insignificancia. Herida, la historia golpeó sin misericordia al mundo por el lado horrendo del terrorismo. Es una historia penosa que no propone ni futuro ni tampoco brinda esperanza; es una historia sin promesas. Es una historia que a nadie dejar vivir tranquilo en su casa.

Con la crisis financiera mundial ha hecho aguas también la historia vencedora, la que quedó como one way para el mundo. De ésta no es necesario hablar mucho pues ya estamos cansados de tanta palabra y de tan pocos resultados.

Se hace necesaria, por tanto una nueva historia. Y la tendremos que diseñar nosotros, los ciudadanos. No sé cómo, pero tendrá que ser. Yo, visto lo visto, ya no creo en quienes están seguros de saber cuál es el diseño más adecuado y conveniente para el mundo. Tenemos que recrear una historia que no deserte del futuro.

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