la enorme grandeza de los pequeños
Hoy van a permitir, amables lectores, que este juntaletras, comparta con ustedes una anécdota personal.
Nada tiene de extraño la grandeza de los grandes. De hecho, muchas veces, sorprende su fragilidad y pequeñez, su debilidad, ante las cosas en las que no se sienten tan fuertes. Lo verdaderamente conmovedor es encontrar gente débil abundante en fortaleza, gente pequeña a la que la dureza de la vida le hace grande.
Yo quiero hoy poner en letra cursiva la vida de Susana, que no recuerdo cómo le llaman en su comunidad de Cañadahonda, un barrio colocado al sur de la ciudad de San Cristóbal. Hace unos días cumplía 76 años y quiso dar gracias por su vida en la eucaristía semanal que se celebra en su comunidad cada viernes; una vida de película.
Susana tiene varias deficiencias y minusvalías, no sabría decir cuántas. Para ella caminar tiene que hacer verdadero contorsionismo circense pues cada paso que da es una victoria conquistada a la invalidez que le acecha desde su nacimiento. Lleva setenta y seis años ganando paso a paso esta carrera de la que otros muchos ya habrían desistido.
El evangelio que proclamamos ese día en la eucaristía hablaba de Jesús como el pan de vida, el alimento que da la fortaleza y la energía a quien acepta su Palabra para seguir la ruta de la vida por los caminos de la decencia, de la libertad, de la justicia, de la paz…
Tras conocer la historia de su vida que la propia Susana había escrito para compartir con la comunidad la alegría y gratitud que sentía al cumplir un nuevo año de vida, se me ocurrió presentarla como un testimonio fehaciente y práctico de alguien que acoge a Jesús como el Pan que la vida. Susana no puede entender ni explicar su historia sin reconocer que desde la fe ha recibido la energía necesaria para sortear las perversas amenazas que le tenía preparadas el destino.
Y a partir de aquí, les dejo con la propia Susana. Transcribo, sin modificar nada, su historia narrada y escrita por ella misma. Escribe mejor que lo que habla porque ésta es otra de sus minusvalías.
“Nací el 12 de agosto de 1993. Nací en el tiempo de la brutalidad, en un dispensario médico, pero enseguida me conocieron que iba a tener invalidez. Duré diez años tullida porque mi madre era muy joven y no apreciaron lo que dijeron. Me llevó donde mi abuela que vivía en una colonia y ella hizo lo que pudo conmigo.
Y le doy gracias a Dios que ella se casó con un inglés que era estéril y nunca tuvo hijos y tomó todo el amor en mí. No pude disfrutar mucho el amor de él porque me dejó de ocho años y después que murió mi abuela se despojó de todo y se fue a vivir para San Cristóbal. Ahí fue que yo pasé trabajo. No gateaba ni caminaba, tenía que comer boca abajo.
Gracias a Dios fui cogiendo impulso hasta que empecé a pararme; poco a poco el Señor fue dándome el impulso para que yo me parara.
Aprendí a defenderme, empecé a rifar. La gente me ayudaba por ver la habilidad que yo tenía. Ya a los diez años tenía más impulso gracias al Señor. A los catorce lavaba y planchaba ropa.
Al cabo de mi vejez crié una niña y ya voy a cumplir setenta y seis años, lo que nunca pensé. Ahora estoy disfrutando de mi hija y mis nietos, mis hermanos y los demás. Por eso le doy gracias al Señor por todas las bendiciones que me ha dado”.
Estampada en letras esta historia tal vez no tenga mucha fuerza, pero si vieran a Susana dibujar una sonrisa en su rostro casi imposible quedarían cautivados. Los de Susana no son años, son añazos. Y, como ella dice, ya tiene más que los que tuvo Colón.
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