Crucificados por los apagones
Leí en la prensa del pasado viernes que un hombre en Santiago, harto ya de tantos y tan prolongados apagones, decidió pegar su cuerpo a unos maderos y crucificarse durante varias horas al más puro estilo nazareno en protesta por la carencia de energía eléctrica y por la exagerada facturación que tiene que pagar por un producto que el mismo que le cobra no le ofrece, lo que en buena ley es un robo flagrante.
Desde su cruz, José Ortiz, de cuarenta y dos años, exigía más cosas que la disminución de los apagones, demandaba también la terminación del arreglo de las calles de varios sectores de la ciudad caballera y otras cosas en las que siente que se le está escapando la vida.
La crucifixión de Ortiz no le va a redimir, ni a él ni a nosotros, de esta calamidad que sufrimos a diario casi todos los dominicanos, aunque no todos de la misma manera. Pero nos permite comprender el grado de desesperación al que está llegando la gente con este asunto y la dimensión del problema que va más allá de lo financiero.
Para gente como Ortiz los apagones y la factura por la oscuridad –sólo en este país se paga por estar a oscuras- son como una cruz en la que su vida lentamente está siendo inmolada. A diferencia de Jesús, el señor José Ortiz no encuentra cirineos que le ayuden a cargar semejante peso porque, entre otras razones, los que están a mano y tiene cerca sufren de lo mismo. Y a diferencia de la crucifixión de Jesús en el Calvario, esta pasión tampoco terminará en resurrección, al menos por ahora.
Yo siento la misma rabia que Ortiz, aunque temo que no tengo su temple para hacer lo mismo que él hizo y protestar de la misma manera. En mi parroquia, ubicada en el populoso barrio Lavapiés de San Cristóbal, tenemos un dispensario médico, “Salud para todos” se llama, en el que cada año se ofrecen diversos servicios de salud a unas treinta mil pacientes.
En esta semana pasada, por ejemplo, la energía nos decía adiós alrededor de las 8 de la mañana y por lo general no regresaba hasta horas de la noche, cuando ya nuestro centro ha completado el horario de servicio. Bueno, en honor a la verdad hay que reconocer que los apagones tienen breves interrupciones.
El caso es que en las ocho horas de servicio de nuestro centro de salud, en el que laboran más de veinte personas cada día, en las consultas, laboratorio, módulo dental, administración, farmacia, enfermería y recepción, tenemos que trabajar con nuestra propia planta de energía, lo que nos cuesta al mes unos veinticinco mil pesos en combustible.
Como al señor Ortiz los apagones nos salen a precio de oro pues la factura eléctrica de EDESUR ronda cada mes la cantidad los veintidós mil pesos.
Sí, la falta de energía eléctrica no está crucificando. Lo que hizo este buen hombre de Santiago es algo más que un acto simbólico de protesta. Realmente estamos clavados en esa cruz. Y lo malo, insisto. es que se trata de una crucifixión estéril e inútil. Si esta situación se prolonga, si los responsables de resolverla no lo hacen, como ya se ha denunciado sobradamente, muchos negocios y también muchos centros de servicios terminarán sus vidas en el madero y deberán ser enterrados en el sepulcro de la fustración.
Desde que el señor Segura quedó al frente de la institución estatal responsable del servicio eléctrico prometió que el problema quedaría resuelto con este gobierno. De eso hace ya varios años y el amanecer del primer día de un país iluminado con el que todos soñamos no llega.
Me quedo con la experiencia de los discípulos de Emaús; quienes la conozcan entenderán lo que digo.
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