En tierra de nadie
Saber el por qué de las cosas es fundamental para tener control de la realidad, de lo que pasa. Es necesario tener respuestas a esa pregunta para saber si lo que acontece tiene que ser necesariamente así y no queda otra que resignarse o, por el contrario, podemos revertir lo que el destino parece presentarnos como algo inexorable.
A la realidad, de todos modos, le sobran expertos y diagnósticos y le faltan agentes con determinación para que sea diferente, menos angustiosa y fatal para los ciudadanos. Lo más triste es que los agentes y los expertos a la hora de mirar esa realidad de la que viven no van por la misma ruta y, en consecuencia, las posibilidades de coordinar acciones favorables para la población son escasas cuando no nulas.
En estas cosas pienso tras leer en días pasados un extenso reporte del periódico Hoy sobre el reciente almuerzo del Grupo de Comunicaciones Corripio en el que tres sociólogos y politólogos reflexionaron la situación nacional, tema por demás recurrente a pocos días del 16 de agosto cuando el presidente Fernández hablará a la nación de las excelencias de su gobierno.
Para Rosario Espinal, al tener el gobierno en estos momentos menos liquidez para atender las demandas de la población, las protestas sociales se incrementan, aunque estos meses de ahora son favorables para enfriarlas pues se incrementa el clientelismo político en la coyuntura electoral.
Pedro Catrain dice que este gobierno es vasallo de la corrupción. Ella forma parte de su engranaje político cuyos ejes la necesitan para sostenerse. Si el presidente desarticulara todos esos engranajes de la corrupción, señala el experto, el gobierno entraría en una crisis política que amenazaría incluso su legitimidad. Esta afirmación es realmente atrevida.
Para Wilfredo Lozano la incapacidad del gobierno está generando una crisis de gobernabilidad preocupante y habla también de deslegitimación política agravada por el irresponsable frenesí del gasto público que no se corresponde con la crisis mundial y local.
Si la desestabilización hasta ahora no ha llegado a mayores, dice este sociólogo, se debe en gran medida a la complicidad de la clase política que, a falta de alternativas y propuestas que reviertan y enmienden la situación, “asume un código conservador que le facilita las cosas al propio Gobierno”.
Ha llegado el momento, por tanto, de introducir cambios en la vida política y económica de nuestro país. No cambios de personas, ahora que se acerca el 16 de agosto, sino cambios de estrategia, de proyecto económico y político. Esto desde luego requerirá de nuevos agentes pues no será posible que esos cambios los lleven a cabo quienes hasta ahora han sido incapaces de cambiar.
¿Tenemos a esas personas? La alternativa en situaciones como esta ha sido siempre girar a la izquierda. Pero dice Catrain que la nuestra, nuestra izquierda, no es la salida porque se encuentra debilitada y sus mejores activos quedaron anulados, o desaparecieron en el régimen de los 12 años de Balaguer. Incapaz de ser opción de poder, a nuestra izquierda le queda hacer el trabajo de jardinero, es decir, abonar un rearme ideológico y moral de nuestra sociedad con vistas a su renovación, según Lozano.
Yo, debo reconocerlo, pareciéndome lógico y racional el análisis de estos expertos, me quedo preocupado. Pareciera que estamos necesariamente abocados al fatalismo, que no hay salida, porque teniendo claro lo que hay que hacer, no tenemos, o no encontramos, quién sea capaz de hacerlo. En América Latina están tomando forma dos modelos diferentes, uno el marcado por los gobiernos de Lula en Brasil y de Bachelet en Chile y otro el del eje chavista con Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.
Nosotros parecemos estar en tierra de nadie
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