Blogia
desdeotraorilla

Cultura del chanchullo

Cultura del chanchullo

Le tomo prestada a mi compañero de al lado en el espacio de firmas de este periódico, Juan Bolívar Díaz, el título de mi reflexión de este lunes porque quiero referirme al tema de la corrupción y preguntarme, o preguntarle a usted, amable lector, si estamos llegando al punto en el que la corrupción forma parte de nuestra identidad cultural.

Sí, deberíamos preguntarnos también si esta pandemia de la corrupción no está ya tan enquistada entre nosotros que ha pasado a formar parte de nuestra manera de ser dominicanos. Plantearnos esto es como decir que ser dominicanos es lo mismo que ser corruptos. Me repugna la idea de que pueda ser cierto y me resisto a creerlo; pero también pienso que a veces parece que vamos por ese camino, aunque siempre hay gloriosas excepciones.

El nuevo vicepresidente de la CEDEEE declaraba el pasado viernes que “robarse la luz es un deporte nacional”, es decir un juego que todos practicamos. En estos días la prensa ha hablado harto del famoso tema del barrilito, o cofrecito, de los señores diputados y senadores que han normalizado lo que la sociología y la jurisprudencia han denominado como el mal del nepotismo.

La periodista Alicia Ortega destapó de nuevo lo que parece ser una práctica generalizada que ya anteriormente algunos habían denunciado como perversa. En uno de sus artículos de cada lunes en este mismo periódico, Juan Bolívar Díaz desmenuzaba todas las entradas de los senadores y al famoso barrilito le asignaba entre 400 y 900 mil pesos mensuales por señoría dependiendo de la población a la que el senador representa.

No sé si son ciertas las declaraciones atribuidas a un diputado peledeísta por Puerto Plata en las que el Honorable desafiaba y advertía al propio presidente de la Cámara diciendo: “que sepa la opinión pública que tengo a mi papá en la nominilla y nadie me va a sacar a ese viejo que come de su hijo. Ni Valentín me lo saca”.

También la prensa denunciaba, a raíz de la identidad del dueño de la famosa yipeta en la que se encontraron más de cuatro millones de dólares en efectivo, lo fácil que resulta en nuestro país conseguir una identidad falsa, o conseguir un acta de nacimiento que, en cuestión de minutos, a un portorriqueño le hace dominicano de pleno derecho.

Me preocupa que nos estemos familiarizando tanto con la corrupción que desistamos de luchar contra ella; que la cotidianicemos tanto que quede integrada a lo que podríamos llamar el “espacio de la normalidad”. De lo normal a lo bueno hay una distancia muy corta, casi siempre imperceptible. Por eso digo que, de tan normal y cotidiana, corremos el riesgo de hacer de la corrupción una señal distintiva de nuestra identidad. Juan Bolívar Diaz dice que está surgiendo una “cultura del chancullo”. Creo que es verdad y, además, puede que ya esté bien instalada entre nosotros.

No podemos negar que la corrupción es un problema serio que tiene la sociedad dominicana. Se lo recordó el Papa Benedicto XVI a Víctor Grimaldi cuando le recibió en el Vaticano como embajador dominicano ante la Santa Sede. El bienestar de la sociedad se apoya, dijo el Papa, en “pilares como el cultivo de la honestidad y la transparencia, la independencia jurídica, el cuidado y respeto del medio ambiente y la potenciación de los servicios sociales, asistenciales, sanitarios y educativos de toda la población”.

No podemos permitir que la corrupción se enquiste en nuestra identidad . Ser dominicano no debe ser igual a ser corrupto o tramposo, o chanchullista.

0 comentarios