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Haití ya es el tercer país más pobre del mundo

Haití ya es el tercer país más pobre del mundo

En la campaña cuaresmal “40 días con los 40 últimos", a la que cada año nos unimos en la página web de la parroquia Nuestra Señora de la Paz, www.parroquialapaz.net ,con el  objetivo de tomar conciencia de las desigualdades que hay en nuestro planeta, nuestro vecino Haití ha quedado marcado en esta edición como el tercer país más pobre del mundo después de Malaui y Somalia, ambos en el continente africano. Este año ingresa al “club de los más pobres” Cuba. Ambos países son nuestros vecinos.

En años anteriores Haití ya aparecía en este listado de los cuarenta países más pobres del mundo de acuerdo a los registros del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, conocido con las siglas PNUD, pero se encontraba a mitad de la lista, es decir, entre los que nos son tan pobres como los más pobres de todos. En el listado de este año aparece como el tercer país más pobre del mundo.

La mayoría de estos cuarenta países que ostentan el penoso título de ser los más pobres del mundo, lo que significa que sus habitantes son los que viven en condiciones de mayor indignidad en todo el planeta, están ubicados en el continente africano. Este año, en la lista aparece también Cuba, que en ocasiones anteriores no estaba incluida.

Al terremoto de hace más de un año que arrasó con barrios enteros de Puerto Príncipe destruyendo vivienda y dejando a centenares de miles de familias sin hogar, se sumó meses atrás la epidemia del cólera que mató también a centenares de haitianos y colapsó los precarios servicios sanitarios de que disponía el país.

Estas dos tragedias han contribuido  sin duda a que la pobreza de Haití haya crecido en este tiempo y las condiciones de vida de sus habitantes se hayan endurecido de manera realmente dramática. No son pocos los que piensan que Haití no tiene realmente solución.
El mundo, los gobiernos del llamado Primer Mundo, prometieron acudir en ayuda de este país con la concesión de millonarios fondos para la reconstrucción de Puerto Príncipe. Nada de eso se ha cumplido. Y, “ en lo que el hacha va y viene” el pueblo haitiano crece en pobreza y miseria hasta el punto de convertirse en el tercer país más pobre del planeta.

La parábola del rico insensato

Sólo en algunas ocasiones, en esta columna, comparto reflexiones o hago referencias a cuestiones religiosas. Lo hago hoy sirviéndome del texto del evangelio de San Lucas, en su capítulo 12 que se reflexionó en las eucaristías de ayer domingo. En los versos del 13 al 21 hace Jesús una crítica al estilo codicioso de vida de los ricos y poderosos que sólo piensan en aumentar sus bienes sin importarles nada la suerte de aquellos a quienes no les alcanza para vivir con dignidad. Esta parábola podría ser recreada hoy tal cual la formuló Jesús en su tiempo hace más de dos mil años.

El protagonista de esta pequeña parábola, que podríamos llamarla del "rico insensato" es un terrateniente cualquiera de los que no escaseaban en los territorios de Galilea. Hombres poderosos que explotaban sin piedad a los campesinos, a quienes habían arrebatado sus tierras al no poder estos pagar sus deudas, que pensaban sólo en aumentar su bienestar. La gente los temía pero también los envidiaba. Eran sin duda los más afortunados. Para Jesús de Nazaret, en cambio, son unos insensatos.

Sorprendido por una cosecha que desborda sus expectativas, el rico propietario de la parábola se pone a pensar qué hacer para almacenar todo lo recolectado. Tiene más de lo que necesita, más de lo que puede consumir, pero no piensa mas que en disfrutarlo sólo él. En su horizonte no aparece nadie más. No parece tener esposa, hijos, amigos ni vecinos. No piensa en los campesinos que trabajan sus tierras. Sólo le preocupan su bienestar y su riqueza: mi cosecha, mis graneros, mis bienes, mi vida...

El rico no se da cuenta de que vive encerrado en sí mismo, prisionero de una lógica que lo deshumaniza vaciándolo de toda dignidad. Sólo vive para acumular, almacenar y aumentar su bienestar material: «Construiré graneros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come y date buena vida».

Este hombre de la parábola del evangelio agranda sus graneros que se le han quedado chiquitos, pero no sabe ensanchar el horizonte de su vida, que es lo que en verdad necesita. Acrecienta su riqueza, pero empequeñece y empobrece su vida, que se ha vuelto realmente miserable. Acumula bienes, pero no se ve que conozca la amistad, el amor generoso, la alegría ni la solidaridad. No sabe dar ni compartir, sólo acaparar. Es tan pobre que solo tiene dinero.

Esta parábola refleja bien nuestra sociedad. Al menos a quienes en la cresta de la ola social pretenden determinar los destinos de la gente. La crisis económica que estamos sufriendo es una "crisis de ambición". Los países ricos, los grandes bancos, los poderosos de la tierra, han querido vivir por encima de las posibilidades reales de un mundo en el que los bienes se reparten de manera desigual e injusta.

El sueño del desarrollo sostenido se ha caído. Ese sueño generó una desigualdad como nunca antes había conocido la humanidad y finalmente se volvió como una piedra en el propio tejado que ha tornado vulnerable la seguridad de los codiciosos.

Con su parábola Jesús desenmascara nuestra crisis y nos dice que no es una de las que cíclicamente ha soportado la historia de la humanidad. Es más, es un "signo de los tiempos" que hemos de leer a la luz de un corazón con sentimientos verdaderamente humanos.

Para quienes somos creyentes no nos resulta difícil escuchar la voz de Dios en el fondo de nuestras conciencias: "Basta ya de tanta insensatez y tanta insolidaridad cruel". Nunca superaremos nuestras crisis económicas sin luchar por un cambio profundo de nuestro estilo de vida que nos llama a compartir más nuestro bienestar.

Aunque resulte difícil entenderlo, compartir es la única manera de no ser insensatos.

Color de hormiga

Mientras la lluvia caía intensamente el pasado viernes, comentaba un pequeño grupo de gente de mi parroquia que se reúne cada día para la misa de la noche, sobre “lo mal que se va a poner la situación económica” para ellos si en verdad el gobierno sube los precios de los combustibles, como ha anunciado. Curiosamente, y para mi sorpresa, no estaban hablando de Sobeida, que es al parecer el tema que todo el mundo tenía en boca.

La gente sencilla, la que se traga un cable, esa gente que coge gripe antes de que llegue el virus, no sabe de indexación ni de cosas de esas con las que el Ministro de Hacienda ha tratado de explicar la búsqueda desesperada de cuartos en la que anda metido el gobierno.

Pero sí sabe que, si sube el precio de los combustibles, por decreto o por aprobación del congreso, subirá también, y seguramente en una proporción desmedida, el precio de los pasajes, tendrá que pagar más por lo que compra en el colmado, la factura del supermercado tendrá más de un cero añadido a la derecha y no podrá hacer frente a tanta adversidad porque no recibirá compensación con un equitativo aumento de sus ingresos.

Piensa Eduardo, sin duda con mucha simplicidad, que el gobierno resuelve sus urgencias aplicando impuestos, los industriales, por su parte, remedian el aumento de los costos de producción colocando sus productos en el mercado a un precio mayor, salvando así sus niveles de ganancia. Son los consumidores los que no tienen opciones, al menos que no sea la de privarse incluso lo necesario para una digna supervivencia.

El proceso es realmente simple. La gente ve claro que es al ciudadano de a pie al que le va a tocar una vez más hacer frente a esta nueva adversidad “a mano pelá”. Poco le va a importar si el aumento a los combustibles se hará mediante una resolución “porque la indexación a los combustibles no es un impuesto que necesita ser aprobado por el Congreso Nacional”, como explicaba el señor Vicente Bengoa, o mediante cualquier otra patraña que dé legalidad a lo que a todas luces es un serio contratiempo para los pobres.

Tampoco a la gente le sirve de mucho que el presidente del PRD llame a la “a resistir por todos los medios democráticos a su alcance” este aumento en los precios de los combustibles que se propone hacer el Gobierno en los próximos días. El aumento irá como quiera.

No cambiará la decisión tomada las advertencias hechas por el asesor industrial del Poder Ejecutivo. Antonio Isa Conde, lamenta que, para solventar el déficit que existe en la generación de energía, en vez de eliminarse los subsidios al sector eléctrico y hacer más eficiente el cobro del servicio, el gobierno pretenda ahora aumentar el impuesto a los combustibles, cuando con medidas como estas quien queda claramente perjudicado es el consumidor, el ciudadano. También la gente lo lamenta.

Es muy desigual la situación para el gobierno y para los gobernados. El primero necesita sacar cuartos y encuentra fácil el modo de hacerlo. A los segundos, en cambio, no les queda más remedio que ponerse a sacar cuentas y ver a que renuncian para poder llegar a fin de mes.

Desigual e injusto.

Haití en el olvido

 

Ya del terremoto que arrasó la ciudad de Puerto Príncipe dejando un incalculable número de víctimas mortales, que algunos elevan hasta el medio millón, y más de millón y medio de viviendas destruidas, cada vez son menos las noticias que nos recuerdan esta tragedia de dimensiones catastróficas.

En estos días atrás, al cumplirse seis meses de aquella fatídica tarde del 12 de enero, se ha vuelto a recordar la tragedia, pero sin más efecto que el meramente noticioso.

Si bien es cierto que en las primeras semanas posteriores al terremoto la solidaridad del mundo se volcó hacia nuestro país vecino, no es menos cierto que al día de hoy, las cosas siguen prácticamente igual que antes de que la comunidad internacional acordara solemnemente acudir en ayuda de Haití para iniciar un proceso ambicioso de reconstrucción de la capital. El presidente Obama, conmovido por el drama, prometió solemnemente que Puerto Príncipe sería reconstruido y que un futuro mejor esperaba a los haitianos en el futuro.

Contrario a ello, la ayuda llegada, como recientemente denunció el propio presidente Preval, ni siquiera ha alcanzado para remover los escombros.

Quienes han estado en Puerto Príncipe para reportar la situación de la gente seis meses después del terremoto testimonian que la capital haitiana, de más de tres millones de ciudadanos, está sembrada de campos de refugiados. Por doquier se observan enormes asentamientos hechos de plástico azul, donde malviven más de un millón de damnificados en condiciones infrahumanas. Allí la vida bulle porque sigue, aunque lo hace en condiciones realmente inhumanas.

Tenían razón quienes, para urgir el envío de ayuda a la zona, advertían que la cercanía de la temporada ciclónica y de las lluvias agravaría la situación de no hacerse algo de inmediato. Esta semana pasada los medios informaban que más de 300 carpas fueron destruidas por las tormentas de estos días y que varias personas resultaron heridas por las riadas. En el campamento donde ocurrieron estas desgracias 2000 personas tuvieron que ser evacuadas y desplazadas a otras carpas para seguir estando como quiera en peligro.

En su reciente viaje a Washington, donde se entrevistó con el mandatario norteamericano, el presidente Leonel Fernández reclamaba mayor agilidad en el desembolso de los fondos comprometidos por la comunidad internacional. El retraso en el envío de estos fondos, que aún no alcanza el 10% del total prometido, impide avanzar en la solemne promesa de reconstrucción.

Querámoslo o no, el futuro de Haití pasa por la reconstrucción de su capital, Puerto Príncipe. Es urgente dar una solución adecuada al millón de personas hacinadas en los campos de refugiados, donde las “viviendas” son de plástico. El primer huracán que pase por la isla se llevará por los aires ese plástico azul que protege del sol y la lluvia al más de millón de refugiados.

Algunos la llaman ya “la ciudad maldita”. Y esta ciudad maldita necesita bendiciones solidarias. Un sacerdote haitiano que reside y trabaja en nuestro país me decía al poco tiempo de ocurrir el terremoto que no se atrevía a ir todavía a su país por temor a no poder mirar de frente el dantesco panorama de la destrucción. Hace unas semanas acogimos en mi comunidad a un sacerdote español, bastante entrado ya en años, que decidió visitar Haití y ver si podía hacer algo por sus gentes. Después de ver lo que vio regresó a España, habló con su obispo y le dijo que hacía sus maletas para irse a Puerto Príncipe y acompañar a este pueblo en su lucha y en su esperanza.

No es lo mismo dar que darse. La comunidad internacional gotea la ayuda en una tediosa e ineficaz burocracia que, a la postre, evidencia de que la voluntad política de los gobiernos por ayudar a Haití, tan cacareada al principio, no es mas que pura alharaca. Sin tanta burocracia, ni tanto miramiento al bolsillo, una persona, en edad civil de jubilación, hace sus maletas y viaja al corazón de la tragedia para compartir la suerte del pueblo haitiano.

Admirable, realmente admirable.

Morir de éxito

 

Cuando estalló la crisis económica mundial hace ya tres años, algunos predijeron el fin del capitalismo, lo que estiró la sonrisa de no pocos. Del peligro fueron conscientes los gobiernos y se dieron prisa en tomar medidas que algunos, como el presidente francés Sarkozy, dijeron lo refundarían.

He leído en estos días un estudio de un doctor en ciencias económicas español que insiste en que el capitalismo tiene los días contados, aunque no se atreve a ponerle fecha de caducidad. Antoni Castells i Duran es experto en colectivizaciones y dice que lo del fin del capitalismo "es cuestión de tiempo".

Lo que me ha llamado la atención de su investigación es que la causa del fin del sistema no la pone en la crisis económica en sí, sino en la de los valores sociales y morales que acompañan al sistema. Entresaco algunas de sus afirmaciones que me parecen dignas de ser tenidas en cuenta.

Para este experto la crisis de valores es también el verdadero origen de todos los sufrimientos de la economía. Parecía que llegaba la hecatombe y que serían necesarias grandes reformas, pero las cosas continúan como siempre.

"Por el momento, dice este doctor en economía, se ha parado el golpe, pero a cuenta de los estados" y esto es peligroso y, además erróneo.

El capitalismo liberal, que es el que se ha impuesto en el mundo, piensa que es incapaz de superar su propia crisis porque tiene como objetivo el crecimiento ilimitado y eso es insostenible.

Pretenderlo obligaría a que el resto de actividades sociales se sometan a su tutela y se ajusten a sus reglas y valores. Esto es realmente destructivo.

La economía liberal se fundamenta en la insaciable apropiación de la plusvalía, en el individualismo, en el deseo ilimitado de agrupar riqueza y en la competitividad, opina este economista para quien el capitalismo está cavando su propia fosa.

Haciendo un instantáneo flash histórico recuerda que “el capitalismo nació en el siglo XVIII, con la apropiación del valor añadido que crea el trabajo. Luego llegó el capitalismo financiero, que condujo hacia la especulación. Las crisis previas a la primera y segunda guerra mundial, el crash del 29, pusieron en evidencia que los mecanismos autoreguladores del mercado fallan. Nacieron alternativas, más o menos acertadas, pero hasta la II Guerra Mundial no se recuperó la economía. Luego nació el Estado del bienestar” y hoy “el sistema neoliberal es incapaz de superar su propia crisis"

Hubo tiempos cargados de esperanza como las revoluciones del Mayo francés, la Primavera de Praga, los movimientos en México, las protestas contra Vietnam, Martin Luther King, etc. Todo ello puso de manifiesto que el poder económico había perdido posiciones. Se reaccionó de inmediato y con las políticas la Dama de Hierro inglesa y el presidente Reagan se volvió a imponer el neoliberalismo.

En la situación actual, sostiene Castells, “se ha llegado a la decrepitud, que a largo plazo conduce a la muerte. Es cuestión de tiempo. Hay quien habla de hundimiento inmediato, otros vislumbran brotes verdes. El capitalismo neoliberal vive ya en un estado zombie”.

Insiste en que “obsesionarse con el crecimiento ilimitado no es posible sencillamente porque los recursos son limitados y, sobre todo, porque se ha llegado al límite sociopsicológico. El crecimiento se basa en el consumo, y por ello la publicidad crea deseo ilimitado nunca satisfecho. La gente acaba desorientada. El capitalismo ha impuesto sus valores, y por ello morirá de éxito”.

“El problema, señala, es la generalización de los valores del capitalismo, que eran inicialmente los de la burguesía y se han impuesto sobre la creatividad social. Asumimos la generalización de la corrupción, incluso pensamos que hubiéramos hecho lo mismo si hubiéramos estado en el lugar. Cuando esos valores se convierten en los de todos el sistema se vuelve insostenible”.

No se atreve a ponerle fecha de caducidad al sistema. Dice que el hecho de que esté muerto no significa que desaparezca. Antes es necesario que surja otro tipo de sociedad que lo sustituya.

Así que tenemos para rato todavía

A mal tiempo buena cara

 

“Latinobarómetro” es un estudio de opinión pública realizado por Corporación Latinobarómetro”, una ONG sin fines de lucro con sede en Santiago de Chile, que, a base de encuestar a casi 20 mil personas de los 18 países de nuestro continente, que representan a unos 400 millones de latinoamericanos, ha investigado la percepción que nosotros tenemos de nosotros mismos y con respecto al mundo.

A parte de los datos locales que ilustran la percepción de cada país, en términos globales el estudio concluye que, a pesar de la severidad de la crisis, la sonrisa aflora en labios de los latinoamericanos y el optimismo de cara al futuro se abre camino entre tanta pesadumbre.

Dice el estudio que a la cabeza están los brasileños. Esto tiene su lógica. Para los analistas de la crisis mundial este país sudamericano es la potencia emergente de mayor garantías en estos momentos por lo que no debe extrañar que sus ciudadanos sean los más optimistas de todos.

También queda muy bien parado en el informe el presidente Barack Obama. El apoyo a EEUU va creciendo en la región gracias a las nuevas maneras de hacer política de su presidente. La estrategia de Chavez de eclipsarlo no parece estar funcionando, ni siquiera en Venezuela.

Recuerdo que hace ya unos cuantos años, cuando los sacrificios de la crisis se trasladaron a los ciudadanos, los gobiernos insistían mucho en un argumento que a mí siempre me pareció perverso, pero, tengo que reconocerlo, sirvió para contener las iras de la gente y neutralizar cualquier reacción desestabilizadora de las masas. La frase, “estamos mal, pero vamos bien” no deja de ser cínica, pero ha funcionado y Latinobarómetro lo estaría ratificando.

Una de las preguntas formuladas en esta encuesta decía así: “¿Va usted y su familia en la dirección correcta?”. Con la crisis que enfrentamos, con decenas de millones de personas en desempleo, que no logran rebasar, por más que lo intentan, los umbrales de la pobreza, la respuesta lógica debería haber sido realmente catastrófica.

Pues no ha sido así y no lo entiendo. El 78% de los ciudadanos de los 18 países de América Central y del Sur cree que la marcha de su situación y de su familia es óptima.

Algo parece moverse en Latinoamérica que despierta el optimismo de un continente históricamente castigado por las dictaduras, la corrupción, la desigualdad y la más absoluta de las pobrezas. No se puede decir que todos esos problemas hayan desaparecido, pero quizá, señalan algunos analistas, mirando el fatalismo del resto del mundo ante la crisis, y la serenidad con que aquí se han vivido estos meses atrás los avatares de la globalización, nos atrevemos a ser más optimistas que nadie.

O puede también que al ganar respeto internacional alguno de los nuestros, como Brasil y Argentina, nos contagiamos todos de la euforia.

Hasta un 91% de los brasileños consultados confían en su presente y en su futuro, y un 75% se muestra muy de acuerdo en afirmar que su país va por el camino adecuado. Este optimismo es comprensible si, como dice el Fondo Monetario Internacional Brasil será en 2020 la quinta economía del mundo

No sonríen solo los brasileños. Lo hacen también los chilenos, los salvadoreños, los uruguayos y los panameños.

Nosotros, en cambio, percibimos de manera distinta las cosas. Según el informe República Dominicana es el país de América Latina en el que los ciudadanos de manera más contundente piensan que el mundo marcha mejor que el país. Y como nosotros piensan los guatemaltecos, hondureños, venezolanos, ecuatorianos, mexicanos, argentinos y peruanos.

Yo me quedo con mi escepticismo. Ser optimistas no cambia la realidad, aunque tal vez noS deja en mejores condiciones para soportarla.

El fútbol, religión de masas

El fútbol, religión de masas

Desde el pasado 10 de junio el balón rueda por los campos de fútbol de Sudáfrica. La mitad del planeta olvida sus penas y aparca la crisis hasta dentro de unos días.

Y mientras la pelota rueda y rueda por las patadas de los futbolistas y el aliento de las estridentes vuvuzelas, cientos de miles de refugiados se apiñan en los alrededores de Johannesburgo. Son, dice la ong “Entreculturas” más de 200 mil. Procedentes de Zimbabwe, República Democrática del Congo, Angola, Ruanda, Burundi y Etiopía, piden asilo político para poder residir en la esta tierra redimida por Mandela.

Pero no es de esta contradicción de la que hoy quiero hablar; sino del fútbol. ¿Se ha convertido el fútbol en una religión?

Decía Saramago, a quien la religión cristiana no le cuadraba nada, que Dios es un invento de la muerte. Con ello quería decir, me imagino, que en su afán de vivir, no sé si eternamente o en plenitud, el hombre se ha inventado a Dios para la satisfacción de esa necesidad.

Ya se ha reflexionado y escrito no poco sobre ello. Y lo que dicen es ciertamente el fútbol reúne todos los componentes que a una religión se le suponen.Los estadios son los templos o santuarios de esta religión esférica. El césped sería el espacio sagrado, los ministros del culto los futbolistas, la feligresía los seguidores del deporte que semanalmente acuden al estadio o se atrincheran ante la pequeña pantalla. Hacen su sacrificio y dejan su limosna pagando una boleta de entrada carísima, por lo general. La ritualidad está aderezada de consignas, banderolas, caras pintadas con los colores del equipo etc.Tal vez diferencia al fútbol de una religión el hecho de que no se ofrece la salvación como premio por la fidelidad, aunque esto es siempre relativo pues a quien no cree en la Transcendencia, ser campeones puede ser lo mismo que gozar la plenitud de la vida.En estos tiempos en que los dioses visten de civil el fútbol podría ser una muestra de la oculta necesidad que el hombre tiene de adorar algo, de creer en algo. Y si algo le cuadra al fútbol es la crítica que por lo general se hace a las religiones, la de hacer prevalecer intereses económicos por encima de los principios religiosos.Los analistas de los fenómenos sociales nos hablan hoy de una vuelta del fenómeno religioso. Es una vuelta muy especial bajo formas y acentos muy diversos. Vuelve lo religioso al lugar de donde se lo había expulsado, al ámbito del pensamiento filosófico. Filósofos como Vattimo, Lévinas, Trías, Habermas dan fe de ello. Vuelve lo religioso con sus trascendencias más o menos grandes y significativas. Las nuevas religiones son religiones civiles, religiones de sustitución que trivializan lo sagrado.

Dicen estos pensadores que el fútbol es una «religión civil de masas» que está sirviendo a la causa de los nacionalismos. España no es España sino “la roja”, Francia, ya apeada del mundial, no es Francia sino “les bleus”. Argentina “la albiceleste”’, Brasil “la canarinha”, Holanda “la naranja mecánica”.

Para quienes no asisten al templo y siguen el oficio religioso por la televisión, los periodistas que transmiten el encuentro son los portavoces de esta liturgia, los predicadores que durante la contienda parecen entrar en trance cuando con un grito interminable anuncian el milagro del gol.

El que gane el mundial se convertirá en un mito y el sacrificio hecho para llegar al éxtasis y gritar “campeones” se dará por bueno. Habrá resignación ante la multimillonaria cifra de las primas que cada país se ha comprometido a pagar a sus gladiadores, aunque estemos ante una crisis a la que mañana mismo, cuando el balón deje de rodar y las vuvuzelas de sonar, miraremos de nuevo a la cara y a corta distancia. Y a esta pascua le sucederá una cuaresma interminable.

Otra vez suspendidos en un informe internacional

Otra vez suspendidos en un informe internacional

Volvemos a suspender en un informe internacional. En esta ocasión nos colocan a la cola de los países que nada o muy poco han hecho para enfrentar la trata de personas, que, según un informe del Departamento de Estado Norteamericano, afecta a más de 12 millones de personas en el mundo. Este informe, dado a conocer el pasado lunes, 14 de junio, nos ubica en la categoría tercera, la más baja, que abarca a los países “que no tomaron medidas adecuadas para detener el tráfico humano ni adoptaron “medidas significativas” para cambiar la tendencia. Washington utiliza tres categorías para evaluar la acción de los 177 países en esta materia. La primera comprende a aquellos que cumplen totalmente con el Acta de Protección de las Víctimas de Tráfico Humano. Aquí se encuentran Estados Unidos, varios países europeos y Colombia, la única nación latinoamericana en este grupo. La segunda categoría la conforman los estados que no cumplen con los estándares mínimos del acta mencionada, pero hacen “esfuerzos significativos” para alcanzarlos. Aquí se encuentran una buena parte de los países de América Latina. República Dominicana aquí estaba en el 2004. La tercera categoría comprende, como ya he señalado, a los que no tomaron las medidas correctas para detener o reducir el tráfico humano ni adoptaron “medidas significativas” para cambiar la tendencia en un futuro a corto plazo. Aquí nos han colocado junto a Cuba. El informe señala que República Dominicana es “un país fuente, de tránsito y destino de hombres, mujeres y niños víctimas del tráfico de personas, especialmente para la prostitución y el trabajo forzado”. Señala la prostitución forzada en la zona fronteriza y el turismo sexual con niños de la calle o indocumentados en las zonas costeras frecuentadas por los vacacionistas Según reportó el periódico Hoy en su edición del pasado martes, en el informe “se dice también que de 500 hombres haitianos el 21% reportó haber sido sometido a trabajo laboral forzado, aunque, precisa, que la situación no era recurrente en el sector de la construcción”. También apuntaba el periódico que “las autoridades no arrestaron a ninguna persona incluyendo oficiales con posibilidad de ser cómplices en el tráfico de personas. En ese aspecto señala que una Organización No Gubernamental (ONG) denunció que migrantes sometidos a trabajo forzado rara vez van a las autoridades por temor a complicidades entre éstos y los traficantes de personas y algunos traficantes hicieron acuerdos con las víctimas para evitar que le fueran formulados cargos. La reacción del gobierno dominicano no se ha hecho esperar. El Director de Migración, el primero en reaccionar, calificó el informe de “muy irresponsable”. Admitió el vicealmirante Sigfrido Pared Pérez que en la frontera entre Haití y la República Dominicana existe tráfico de personas, como existe en las fronteras de “todos los países del mundo”; ahora bien, “señalar que el Estado no hace esfuerzos, es muy irresponsable”. Pero después han sido otros funcionarios los que han criticado en términos similares el suspenso que nos ha dado el Departamento de Estado. Finalmente ha habido una queja oficial de la Cancillería. Estos informes de calificación, además de desnudar nuestras precariedades, sirven para que gobiernos como el de Estados Unidos decidan qué países son merecedores de su ayuda y cuáles la verán reducida por su mala nota. Muy probablemente más de uno dirá que Estados Unidos no tiene autoridad moral para señalar con el dedo a nadie y tampoco a la República Dominicana. Eso, en todo caso, no cambia las cosas, no impide que los datos del informe sean verídicos. Con matar al mensajero no hacemos nada; el mensaje seguirá diciendo la verdad.