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desdeotraorilla

Haití en el olvido

 

Ya del terremoto que arrasó la ciudad de Puerto Príncipe dejando un incalculable número de víctimas mortales, que algunos elevan hasta el medio millón, y más de millón y medio de viviendas destruidas, cada vez son menos las noticias que nos recuerdan esta tragedia de dimensiones catastróficas.

En estos días atrás, al cumplirse seis meses de aquella fatídica tarde del 12 de enero, se ha vuelto a recordar la tragedia, pero sin más efecto que el meramente noticioso.

Si bien es cierto que en las primeras semanas posteriores al terremoto la solidaridad del mundo se volcó hacia nuestro país vecino, no es menos cierto que al día de hoy, las cosas siguen prácticamente igual que antes de que la comunidad internacional acordara solemnemente acudir en ayuda de Haití para iniciar un proceso ambicioso de reconstrucción de la capital. El presidente Obama, conmovido por el drama, prometió solemnemente que Puerto Príncipe sería reconstruido y que un futuro mejor esperaba a los haitianos en el futuro.

Contrario a ello, la ayuda llegada, como recientemente denunció el propio presidente Preval, ni siquiera ha alcanzado para remover los escombros.

Quienes han estado en Puerto Príncipe para reportar la situación de la gente seis meses después del terremoto testimonian que la capital haitiana, de más de tres millones de ciudadanos, está sembrada de campos de refugiados. Por doquier se observan enormes asentamientos hechos de plástico azul, donde malviven más de un millón de damnificados en condiciones infrahumanas. Allí la vida bulle porque sigue, aunque lo hace en condiciones realmente inhumanas.

Tenían razón quienes, para urgir el envío de ayuda a la zona, advertían que la cercanía de la temporada ciclónica y de las lluvias agravaría la situación de no hacerse algo de inmediato. Esta semana pasada los medios informaban que más de 300 carpas fueron destruidas por las tormentas de estos días y que varias personas resultaron heridas por las riadas. En el campamento donde ocurrieron estas desgracias 2000 personas tuvieron que ser evacuadas y desplazadas a otras carpas para seguir estando como quiera en peligro.

En su reciente viaje a Washington, donde se entrevistó con el mandatario norteamericano, el presidente Leonel Fernández reclamaba mayor agilidad en el desembolso de los fondos comprometidos por la comunidad internacional. El retraso en el envío de estos fondos, que aún no alcanza el 10% del total prometido, impide avanzar en la solemne promesa de reconstrucción.

Querámoslo o no, el futuro de Haití pasa por la reconstrucción de su capital, Puerto Príncipe. Es urgente dar una solución adecuada al millón de personas hacinadas en los campos de refugiados, donde las “viviendas” son de plástico. El primer huracán que pase por la isla se llevará por los aires ese plástico azul que protege del sol y la lluvia al más de millón de refugiados.

Algunos la llaman ya “la ciudad maldita”. Y esta ciudad maldita necesita bendiciones solidarias. Un sacerdote haitiano que reside y trabaja en nuestro país me decía al poco tiempo de ocurrir el terremoto que no se atrevía a ir todavía a su país por temor a no poder mirar de frente el dantesco panorama de la destrucción. Hace unas semanas acogimos en mi comunidad a un sacerdote español, bastante entrado ya en años, que decidió visitar Haití y ver si podía hacer algo por sus gentes. Después de ver lo que vio regresó a España, habló con su obispo y le dijo que hacía sus maletas para irse a Puerto Príncipe y acompañar a este pueblo en su lucha y en su esperanza.

No es lo mismo dar que darse. La comunidad internacional gotea la ayuda en una tediosa e ineficaz burocracia que, a la postre, evidencia de que la voluntad política de los gobiernos por ayudar a Haití, tan cacareada al principio, no es mas que pura alharaca. Sin tanta burocracia, ni tanto miramiento al bolsillo, una persona, en edad civil de jubilación, hace sus maletas y viaja al corazón de la tragedia para compartir la suerte del pueblo haitiano.

Admirable, realmente admirable.

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