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San Romero de América

San Romero de América

En los próximos días, el 24 de este mes de marzo,  se cumplirá el trigésimo aniversario del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo en aquellos años de la arquidiócesis de San Salvador en el país centroamericano.

Sobre las seis de la tarde mientras celebraba la eucaristía en el oncológico de la capital, donde residía en una pequeña habitación que ni baño tenía, uno de los muchos escuadrones de la muerte que abundaban en aquel país sangrado décadas de guerra, acabó con su vida terrena dando inicio a su vida inmortal.

No era Romero ni cura ni obispo de perfil revolucionario; más bien todo lo contrario. Pero en esta vida se puede ser conservador o de ideología revolucionaria pero no ciego. Y fue la realidad vivida en ese diminuto país centroamericano conocido como el “pulgarcito de América” por el sobrenombre que le dio en 1931 la poetisa chilena Gabriela Mistral, lo que cambió la manera de leer el evangelio a este “obispo de derechas”.

Sabía Romero que su vida peligraba. Ya en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de ese 1980 fue víctima de un atentado dinamitero que no acabó milagrosamente con su vida, y la de los fieles que llenaban el templo para escuchar al prelado.

Un mes después, el domingo 23 de marzo mons. Romero pronunció su última homilía, considerada por algunos como su sentencia de muerte debido a la contundencia de sus denuncias. Para la posteridad queda ese grito desgarrador de quien está a punto de ser sacrificado: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido... les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESION”.

Al día siguiente todo quedaría consumado. Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de respeto, adhesión y cariño. Sus queridos campesinos, las viejecitas de los campos, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Sus funerales siguieron marcados por la violencia.

He leído que en días pasados la Conferencia Episcopal de El Salvador en un documento dado a conocer a la opinión pública ha reconocido que en estos momentos hay un ambiente más favorable y propicio para darle continuidad a su causa de beatificación que en algún despacho de Roma descansa desde 1996.

Tuve la suerte de coincidir en la capital salvadoreña cuando se celebraba el vigésimo aniversario de su martirio y participar en los distintos actos que un grupo de comités programaron para celebrar su memoria. Recuerdo que, reportando para la revista española Vida Nueva, entrevisté a un campesino, que se llamaba Carlos Alvarenga, catequista muy cercano a monseñor Romero. Su causa de beatificación estaba siendo objeto de teológicas y canónicas especulaciones entre los purpurados locales y los vaticanistas. Le pregunté si él creía que la Iglesia lo debía declarar santo y me contestó que para él y la gente del pueblo eso no era importante, que para ellos ya Romero era santo y como a un santo del pueblo le profesaban devoción. Realmente la oficialización de su santidad les traía sin cuidado.

Así pensaba otro obispo hermano de Romero, Pedro Csaldáliga. A los pocos días de su martirio escribió un poema en el que lo llama¡San Romero de América!

El ángel del Señor anunció en la víspera... El corazón de El Salvador marcaba 
24 de marzo y de agonía. //Tú ofrecías el Pan, el Cuerpo Vivo //-el triturado cuerpo de tu Pueblo; Su derramada Sangre victoriosa -la sangre campesina de tu Pueblo en masacre 
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada! 
  
El ángel del Señor anunció en la víspera, y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte; 
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.  
¡Y se hizo vida nueva en nuestra vieja Iglesia! 
  
Estamos otra vez en pie de testimonio, ¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro! 
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra. 
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente. 
Romero de la Pascua Latinoamericana. 
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa. 
  
Como Jesús, por orden del Imperio. ¡Pobre pastor glorioso, abandonado 
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...! 
(Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Y el poema sigue y termina diciendo: San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!

 

 

Haití-Chile

Haití-Chile

 

También las tragedias nos muestran las diferencias entre unos países y otros y desnudan el desigual desarrollo de los pueblos. Tienen en común la muerte y el dolor que generan por doquier, pero difieren en el número de víctimas que se cobran y el de las pérdidas que causan. Diferentes son también los plazos que se lleva recomponer el desaguisado.

Los terremotos de Haití y Chile nos lo muestran claramente. En intensidad fue menor el de de nuestro vecino, 7.7 frente a 8.8; pero en víctimas el menor fue más trágico que el mayor. En días pasados un obispo haitiano hablando en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santo Domingo elevaba a medio millón las trescientas mil víctimas oficiales reconocidas por el gobierno que preside Preval. Acusado de falta de coordinación y de otras cosas más, el gobierno chileno tuvo que rebajar a 316 los más de setecientos muertos que contabilizaban los medios de comunicación de acuerdo a los datos suministrados por las autoridades.

La reconstrucción de lo destruido en Puerto Príncipe dicen que se tomará por lo menos veinticinco años y no será posible sin la asistencia internacional. La presidenta Bachelet, a quien el destino ha decidido amargarle sus últimos días como mandataria, ha dicho que para recuperar la zona afectada por el terremoto se requerirán tan solo tres años y no será necesaria la asistencia exterior que tanto condiciona la soberanía de los pueblos.

No quiero pensar qué hubiera pasado de haber ocurrido las cosas justamente al revés, es decir, si el terremoto de Haití hubiera tenido la intensidad del de Chile. Las víctimas chilenas habrían quedado reducidas a una mínima expresión, pero las de Haití habrían sido colosales y de un catastrofismo realmente apocalíptico.

Sí, estas tragedias y otras que tienen que ver con la naturaleza desnudan nuestro mundo. El maltrato que damos al planeta lo está rebelando contra quienes lo habitamos. Yo no sé si científicamente hay alguna relación entre terremotos y cambio climático, pero sería bueno saberlo. En lo que, en todo caso, sí hay relación es entre desarrollo y capacidad de resistencia. Un pueblo más desarrollado es menos vulnerable; un pueblo con un desarrollo en mantillas queda totalmente indefenso.

Haití y Chile nos lo acaban de demostrar, pero también Taiwan donde el pasado jueves tembló la tierra con una intensidad de 6.4 en la escala de Ritcher aterrorizando a los residentes de la isla pero nada más. Tan sólo 64 personas heridas y un incendio grande.

Sabiendo como se sabe ya las zonas que son más proclives a los terremotos deberíamos llevar a cabo políticas que permitan enfrentar estos fenómenos sin tener que volver a poner a cero el contador de la historia para empezar de nuevo. Los técnicos hablan de técnicas de construcción antisísmica, de relocalización de las zonas de habitabilidad etc.

No es que la tierra se haya vuelto rebelde y haya decidido devolver el golpe. No, yo lo que creo es que sencillamente la tierra tiene su propia dinámica, actúa de acuerdo a sus reglas y nos toca a nosotros respetarle eso porque ella, como quiera, seguirá su curso. Si le cambiamos las reglas de juego ella seguirá haciendo lo que le dicta su propia energía.

Al escribir estas líneas leo una noticia en la prensa internacional que dice que un escape de metano en el fondo del Ártico puede acabar de desbaratar el clima del planeta. Un equipo de científicos rusos y suecos ha descubierto múltiples chimeneas en la llamada plataforma ártica de Siberia Oriental, por las que ya escapan unos ocho millones de toneladas de metano cada año, la misma cantidad que la liberada por todos los océanos del mundo juntos. Este compuesto, encerrado en el suelo congelado de la tundra siberiana desde la última glaciación, es un gas de efecto invernadero 30 veces más potente que el ya famoso dióxido de carbono.

Dios hizo el mundo bien y bueno; lo dotó de armonía para que el hábitat fuera un espacio de paz y sosiego para el hombre. Los humanos, con poco sentido común, hemos roto esta armonía y la tierra que pisamos se está tornando hostil para nosotros. ¿Reaccionaremos a tiempo?

Transfugismo

Transfugismo

Estamos asistiendo en estos días a un autentico festival carnavalero de transfugismo en nuestra geografía política nacional. El caso más sonado es, sin duda, el del señor Gilberto Serrulle, miembro de una destacada familia peledeista de Santiago de los Caballeros, que fue sacrificado en sus aspiraciones a la Sindicatura de esa ciudad víctima de la alianza entre su agrupación política y el Partido Reformista Social Cristiano. Es el más sonado y significativo pero desde luego no es el único.

Lógicamente sus anteriores compañeros peledeistas han lamentado la decisión de Serrulle de pasarse a las filas de la oposición y han tratado de restarle importancia al hecho, que el propio político calificó de “difícil pero necesaria”. El secretario general peledeista, Reinaldo Pared Pérez, aseguró que Serulle se arrenpetirá de haberse ido y calificó como un mal camino su decisión. Ya cuando se empezó a rumorar que dejaría las filas del partido de Juan Bosch al cuestionarse su candidatura a alcalde, le aconsejó que “no dejara camino real por vereda”.

Por su parte, el ministro de la Presidencia, Pina Toribio reaccionó diciendo que la candidatura de Serrulle para la Sindicatura de Santiago por parte del Partido Revolucionario Dominicano es signo de la debilidad del PRD y de la desesperación del propio político. Pero habría que recordarle al ministro que también el PLD ha recogido tránsfugas del PRD.

Yo no entro a juzgar a estas personas que de la noche a la noche se cambian de saco, de camisa y bandera; no me corresponde hacerlo. Además, entiendo que cada quien es libre de hacer lo que en conciencia considere que debe hacer. Claro que, en el caso del transfugismo político, es más que dudoso que el baile de cambio de uniforme sea por motivos de conciencia. La sospecha de todos es que se trata más bien de traslados a otra tienda para asegurar los intereses personales.

Reitero, cualquier político goza del derecho constitucional de mantener reserva sobre sus convicciones y, por lo tanto, a cambiar de opinión y de postura política, sobre todo si ello significa atender mejor las demandas de sus votantes. No obstante, lo cuestionable de este inusual éxodo es si favorece la democracia, la gobernabilidad y la institución partidaria o, por el contrario, las debilita y contamina la acción política. Creo que más bien lo segundo.

Cuestiones legales al margen, a mi esto del transfugismo político me lleva a algunas conclusiones sobre la praxis política en nuestro país.

El sentido común y nuestra Constitución consagran el derecho y el deber de los ciudadanos de votar en conciencia cuando son convocados a las urnas. Sobre el papel eso está bien y así debe ser, pero en la práctica esto resulta del todo imposible pues el voto en conciencia sólo se puede ejercer en función de la oferta de un programa político concreto sobre el que los votantes pueden decidir. Sólo así el ciudadano puede considerar de las distintas ofertas políticas que se le presentan cuál es la que más le conviene y la que mejor va a garantizar sus derechos ciudadanos, su calidad de vida, sus principios morales etc, etc.

En San Cristóbal, por ejemplo, el PRD lleva de candidato a Síndico a un expelotero que hasta ahora ha sido diputado por el PLD, agrupación a la que llegó desde el Reformismo al no conseguir ser nominado por el partido de Balaguer.

Que una misma persona puede ser indistintamente candidata por las tres agrupaciones mayoritarias del país significa que los programas políticos no significan nada en la acción política dominicana y que las ideologías políticas no son dignos distintivos. Se me dirá que al tratarse de elecciones congresionales y municipales el tema de los programas no tiene tanta relevancia. Debería tenerla porque un gobierno municipal, por ejemplo, debe también ajustarse a programas concretos que los ciudadanos puedan evaluar.

Es una pena que los dominicanos tengan que resignarse a votar por personas y no por programas. Así aseguramos larga vida al clientelismo político, que es uno de las lacras y de los lastres que arrastra nuestra política nacional.

La educacion primero

La educacion primero

Todos los años, con ocasión de la fiesta de la Independencia Nacional, los obispos dominicanos dirigen a la grey católica y a la ciudadanía en general una reflexión sobre la realidad dominicana que, apoyada en los principios de la doctrina social de la Iglesia, pretende iluminar desde la fe el acontecer nacional.

Ya en su título, “desde la proximidad a nuestra gente”, los pastores católicos se presentan como intérpretes legítimos de la realidad del pueblo dominicano. El trabajo de sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos de las 584 parroquias que hay repartidas por nuestra geografía nacional son sin duda su certera y confiable fuente de información. Por lo que estos les trasladan, y sin olvidarnos que también ellos son ciudadanos que tienen los ojos abiertos, afirman tener un objetivo conocimiento de la realidad.

Como era de suponerse, el tema de la crisis que atraviesa el mundo, con las caribeñas características de la nuestra, ocupa buena parte del documento, que comienza recordando que el 2009 nos ha dejado a todos una enseñanza que no debemos olvidar nunca. La de que “cuando las cosas no se hacen bien y no se ponen remedios a tiempo, el mal se agrava y llegado un momento revienta causando males insospechados”.

De la globalizació0n dicen que no es ni buena ni mala, sino que “será lo que la gente haga de ella”. Y será buena si lo que se globaliza es la solidaridad aplicándose el principio de la subsidiaridad social.

No hay que acudir a este documento buscando doctrina nueva sobre los problemas que hacen dolorosa la vida de cientos de miles dominicanos. Apoyados constantemente en el magisterio del Papa Benedicto XVI, principalmente en su Encíclica “Caritas in veritate”, hacen un llamado a no dejarnos arrastrar por el pesimismo. Hay mucha gente buena en nuestro pueblo, dicen, y es verdad. Y son más que los malos, aunque la discreción y sencillez de sus vidas los relegue al silencio. Frente a los malos, la gente buena es como la grama, que crece de noche y apenas se ve. En este sentido lamentan que “en nuestra cultura de la información la virtud no tiene prensa; morbosamente el delito y la infamia son noticia con alta acogida”.

En su análisis de la realidad dominicana los obispo dicen que, además de tener bien claramente definidos los problemas nacionales, se hace necesario, para responder adecuadamente a ellos y avanzar en la transformación social que todos deseamos, ordenarlos por orden de prioridad. Y aquí es, me parece a mi, donde la puerca retuerce el rabo.

Para los líderes religiosos católicos está claro que la educación “tiene prioridad absoluta” porque “una nación será siempre lo que sean sus ciudadanos y estos serán siempre lo que sea su sistema educativo”.

Tras la educación los obispos, reconociendo que se trata de “uno de nuestros mayores fracasos”, colocan el problema de la energía eléctrica. Reconocen que toca a todos aportar en la solución, a los ciudadanos ahorrar la energía y cumplir los compromisos de pago y a empresarios y gobierno a seguir afanosamente buscando una solución a este problema que tiene hipotecado nuestro futuro.

En esta jerarquización de los problemas se refieren también a la violencia e inseguridad ciudadanas y al monstruo de la droga que está corrompiendo las estructuras estatales. Frente a estos males lamentan que la opinión pública tenga mayoritariamente la percepción de que el Poder no está siendo suficientemente diligente.

Otros temas que abordan son el de la pobreza, el campo, la democracia, la nueva Constitución y las próximas elecciones. A este respecto consideran en estos tiempos de crisis “una insensatez hacer una campaña costosa, dispendiosa” y reclaman austeridad al tiempo que piden la exclusión de los candidatos “incompetentes, ambiciosos y corruptos. Finalizan su documento los obispos católicos pidiendo sostener el espíritu de solidaridad con Haití y su pueblo que afronto ahora la difícil tarea de la reconstrucción.

Como señalé más arriba, no dicen nada nuevo los mitrados, pero conviene recordar sus planteamientos que, no ya por motivos religiosos, sino por un elemental sentido común, todos los ciudadanos debemos aceptar, respetar y tratar de ajustar e ellos  nuestras conductas privadas y sociales.

Los roba-niños

Los roba-niños

En mi artículo de la semana pasada me refería a la deformada visión de Haití que nos estaban ofreciendo los medios de comunicación. Lo hemos podido comprobar, una vez más esta semana pasada.

Las portadas de los periódicos, los noticiarios de radio y televisión que han reportado sobre Haití en estos días han hablado más de los baptistas que trataron de sacar ilegalmente a unos niños del país para llevárselos a Estados Unidos que de la realidad que vive toda la población sobreviviente del terremoto del 12 de enero pasado.

Se quejó de ello el propio primer ministro haitiano.  Jean-Max Bellerive no acierta a comprender cómo el tema de los baptistas roba-niños acapara la atención de los medios de comunicación, sobre todo los de EEUU, "cuando hay un millón de personas que sufre en la calle".

Desbordado por la tragedia, pero tratando de actuar con la máxima ecuanimidad posible, Bellerive actualiza las cifras de que dispone el gobierno: 212.000 víctimas es la última. A ello, añade, hay que sumar los cadáveres que fueron enterrados por sus familiares, los que fueron quemados para evitar epidemias y, sobre todo, los miles que permanecen bajo los escombros. ¿A cuánto ascenderá la suma total? Imposible de saberlo.

Pero, se ha hablado más de los baptistas que se trataron de robar una treintena de niños que de los 300 mil heridos que están necesitando asistencia médica y que de los 4 mil a quienes se les ha amputado algún miembro. Se ha hablado más de los pequeños y de sus raptores que del millón cien mil haitianos que han perdido sus hogares al quedar fulminadas en pocos más de un minuto medio millón de casas en Puerto Príncipe y sus alrededores. Esta cifra, según los datos ofrecidos por el primer ministro, habría que aumentar hasta los dos millones si se contabiliza a aquellos que no han perdido su vivienda por la sencilla razón de que nunca la tuvieron.

Ciertamente el intento de secuestro y robo de los niños es noticia y hay que divulgarla, pero no es lo más noticiable de Haití en estos momentos, o no debería serlo.

El propio expresidente norteamericano, Bill Clinton, que visita el país para ponerse al frente, en nombre de las Naciones Unidas, de la coordinación de la ayuda internacional, ha tenido que declarar a los medios que no está en Haití para negociar la liberación del grupo religioso detenido por el intento de secuestro, sino para poner en marcha el programa “trabajo por comida” para emprender la reconstrucción.

El mundo sigue conmovido por la tragedia, pero cada vez menos. Ya no son muchos los medios que mantienen en Haití corresponsales y es una pena que, por aquello de buscar la noticia impactante, estos husmeen en las cosas de menor importancia e ignoren el verdadero meollo de la cuestión.

La verdadera realidad corre el riesgo de ser silenciada. La emergencia sanitaria y alimentaria, la necesidad de reconstrucción debería ser la noticia de primera página de nuestros medios y no el circo mediático montado con el caso de baptistas que pretendieron sacar del país a 33 niños. Un circo con morbo añadido al conocerse que una de las implicadas es Laura Sylsvi, acusada de varios fraudes en Estados Unidos.

Jornada mundial por la Paz

Jornada mundial por la Paz

El próximo, primero de enero, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de la Paz, que este año centra su reflexión en el tema de la ecología y el medio ambiente. “Si quieres promover la paz, dice el Papa Benedicto XVI, protege la creación”.

Fue el primero de enero de 1968 cuando, por iniciativa del Papa Pablo VI, se inició esta costumbre de dedicar el primer día de cada año en la Iglesia Católica a tomar conciencia de la necesidad que todos debemos sentir de comprometernos con la tarea de la paz. “Sería nuestro deseo, dijo el Pontífice en su mensaje al mundo en aquella ocasión, que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura”. En sus palabras el Papa invitaba también a todas las religiones e instituciones a dedicar este día a la causa de la àz.

Desde entonces hasta ahora, de manera ininterrumpida, los papas han mantenido la costumbre, convertida ya en tradición, de proponer al mundo una reflexión sobre la paz. La de este año presenta la estrecha relación que hay entre paz y medio ambiente. “Si quieres cultivar la paz, protege la creación” es el título del mensaje de este año.

Cuando todavía nos lamentamos del fracaso -la historia se encargará de confirmarnos el grave error cometido- de la cumbre sobre el cambio climático celebrada en días pasados en Copenhague, esta reflexión del Magisterio de la Iglesia estableciendo una relación de causa-efecto entre clima y paz, me parece, cuando menos, oportuna y necesaria.

Se pretende llamar nuestra atención para que tomemos conciencia de la estrecha relación que existe en nuestro mundo globalizado e interconectado entre la salvaguardia de la creación y el cultivo de la paz. Dicha estrecha e íntima relación está cada vez más peligrosamente afectada por la mala gestión que los humanos estamos haciendo del medio ambiente.

Si paz es sinónimo de armonía, la agresión constante a la naturaleza por el perverso maltrato de la especie humana, amenaza la paz. Esto no es teoría. Recientemente cuatro universidades estadounidenses presentaron un informe científico en el que advertían que la sequía en África aumentaría en un 54 por ciento los conflictos armados en el continente.

En esta misma perspectiva, si la familia humana, viene a decir el mensaje papal, no sabe hacer frente a estos nuevos retos con un renovado sentido de justicia y equidad social, así como de la solidaridad internacional, se corre el riesgo de sembrar violencia entre los pueblos y entre las generaciones presentes y futuras.

Urge,  advierte también Benedicto XVI, tutelar el medio ambiente. Este es  un reto para toda la humanidad. Se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo, destinado a todos, impidiendo que se pueda hacer uso impunemente de las diversas categorías de seres de manera indiscriminada. Es una responsabilidad que debe madurar en base a la globalidad de la presente crisis ecológica y a la consiguiente necesidad de afrontarla globalmente, en cuanto que todos los seres dependen los unos de los otros.

Si se desea cultivar la paz, se debe favorecer una renovada conciencia de la interdependencia que une a todos los habitantes de la tierra. Tal conciencia ayudará a eliminar diversas causas de desastres ecológicos y garantizará una tempestiva capacidad de respuesta cuando tales desastres afecten a un pueblo o territorio. La cuestión ecológica no debe ser afrontada sólo por las escalofriantes perspectivas que presenta el degrado ambiental, sino que debe traducirse sobre todo en una fuerte motivación por cultivar la paz.

¿Diálogo de sordos en Copenhague?

¿Diálogo de sordos en Copenhague?

Lleva ya una semana la cumbre sobe el cambio climático que reúne en Copenhague a decenas de mandatarios de ciento noventa y dos países. Me ha llamado la atención la poca cobertura que en los medios dominicanos está teniendo este evento de importancia tan vital para el futuro del planeta que todos habitamos y en el que deberán vivir también, si algo queda de él, las posteriores generaciones. A este tema me referí en mi reflexión del pasado lunes y, con su permiso, lo haré también hoy.

Yo no sé si por quedar reducidos al espacio de una isla, o porque estamos demasiado centrados en nuestras cosas en un eterno ejercicio de mirarnos el ombligo, los dominicanos con mucha frecuencia tendemos a aislarnos del mundo y a quedarnos de espaldas a lo que palpita en el resto del planeta.

En esta cumbre sobre el cambio climático el planeta tierra que los humanos gestionamos se juega mucho. Sería muy insensato no tomar conciencia de ello y sacar el cuerpo al problema diciendo que, como somos un país pequeño que no cuenta y tampoco tiene poder para decidir en una mesa planetaria, no sirve de nada preocuparnos.

Me agradó leer la pasada semana en la prensa internacional un editorial común publicado por 56 periódicos de 45 países, entre los que no hay ninguno dominicano, que llamaba la atención del mundo sobre este problema. Que yo sepa es la primera vez que esto ocurre y me parece un hecho de singular relevancia. Lo hicieron, dice el editorial, "porque la humanidad se enfrenta a una grave emergencia".

Si no nos unimos, sigue diciendo el editorial conjunto, para emprender acciones decisivas, el cambio climático causará estragos en nuestro planeta y, con él, en nuestra prosperidad y nuestra seguridad. Los peligros son evidentes desde hace una generación. Ahora, los hechos han empezado a hablar por sí solos: 11 de los últimos 14 años han sido los más calientes que se registran, el casquete polar del Ártico está derritiéndose y la increíble subida de los precios del petróleo y los alimentos el año pasado nos ofrece un anticipo del caos que se avecina. En las publicaciones científicas, la cuestión ya no es si la culpa es de los seres humanos, sino cuánto tiempo nos queda para limitar los daños. Y, sin embargo, hasta ahora, la respuesta del mundo ha sido débil y desganada.

Estos medios de comunicación piden “a los representantes de los 192 países reunidos en Copenhague que no vacilen, que no caigan en disputas, que no se echen las culpas unos a otros, sino que aprovechen la oportunidad surgida del mayor fracaso político contemporáneo. Ésta no debe ser una lucha entre el mundo rico y el mundo pobre, ni entre el Este y Occidente. El cambio climático afecta a todos, y todos deben resolverlo”.

En otro de los párrafos del editorial se dice que “la justicia social exige que el mundo industrializado rebusque en su cartera y se comprometa a dar dinero para ayudar a los países más pobres a adaptarse al cambio climático y a suministrarles tecnologías limpias que les permitan tener un crecimiento económico sin aumentar sus emisiones”.

Y finaliza el editorial interpelando a los políticos que en estos días hablan en Copenhague, no sé si en un diálogo de sordos, diciéndoles que son ellos los que “tienen el poder de determinar cómo nos juzgará la historia: una generación que vio un reto y le hizo frente, o una tan estúpida que vio el desastre pero no hizo nada para evitarlo. Les rogamos que tomen la decisión acertada”.

Claro que los responsables de estos medios no están en la cumbre, pero harían bien los que sí están en hacerles caso porque, como reiteradamente ha señalado el premio nobel italiano Carlo Rubbia, “estamos en estado crítico; el cambio climático nos va a obligar a crear una nueva sociedad”. Querámoslo o no.

Ellacuría y compañeros mártires

Ellacuría y compañeros mártires

El pasado martes se cumplió el  vigésimo aniversario del martirio de Ignacio Ellacuria y sus cinco compañeros jesuitas mártires. Soldados del ejército salvadoreño irrumpieron la noche del 16 de noviembre en la residencia de la Universidad Centroamericana donde enseñaba verdades que incomodaban a los poderosos del país, no sé si bien o mal llamado, “pulgarcito de América” y mataron también a la señora Elba y a su hija Celina, de quince años, que trabajaban en el servicio de la casa”. Nueve años antes, un 24 de marzo, otras enseñanzas incómodas, las de monseñor Oscar Arnulfo Romero, quisieron silenciarse de la misma manera, pero unas y otras siguen sonando.

Los salvadoreños no han olvidado a Ellacuría y sus compañeros. Una enorme manifestación popular por las calles de San Salvador el pasado sábado daba cuenta de la memoria agradecida de este pueblo que no olvida que la sangre de los religiosos fue derramada porque sectores poderosos del país centroamericano no veían con buenos ojos la mediación que el teólogo estaba llevando a cabo entre el gobierno del entonces presidente Cristiani y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) a fin de llegar a un acuerdo negociado que acabara con una guerra civil que ya duraba más de una década y que se había cobrado miles de vidas.

Estaba en San Salvador en marzo del 2004 participando en una reunión de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos (CLAR) y tuve la dicha de participar en los actos del 20 aniversario del asesinato de monseñor Romero. Visitando la UCA, la universidad de los jesuitas asesinados, nos mostraron la casa donde se ejecutó la masacre y la verdad es que quedé profundamente conmovido e impresioando. Allí estaban sus ropas traspasadas por el fuego de las balas y otros muchos detalles que permitían hacerse uno idea de la inocencia de aquellos hombres que no tenían más herramientas que los libros que llenaban las estanterías de la estancia.

Para los asesinos los libros no eran inocentes, como no son inocentes las ideas. No sé si fue casualidad, pero recuerdo que uno de los libros expuestos estaba atravesado por una bala. El libro hablaba de teología de la liberación.

En esa estancia en el país centroamericano entrevisté para la revista española Vida Nueva a Jon Sobrino, compañero de fatigas de Ellacuría y vasco como él y teólogo de la liberación como él también, que se salvó de morir esa noche simplemente porque no estaba en la casa con los demás. Unas conferencias que tenía comprometidas en el exterior le libraron.

Se enteró de la noticia fuera y no se arrugó. Cuentan que se limitó a decir: “tengo que darles una mala noticia: han asesinado a toda mi familia. Y tengo que darles una buena noticia: he tenido la suerte de vivir con hombres que en este mundo de mentira han dicho la verdad y que, en este mundo de crueldad, han amado a los pobres".

Para hablar de Ellacuría nadie como Sobrino. Con un cierto sentimiento de culpabilidad no puede evitar pensar que las balas que mataron a sus hermanos religiosos y a las dos domésticas tenían en la cartuchera escrito su nombre. Eso pesa, pesa mucho.

Hoy veinte años después se hace algo por recomponer la justicia que ha faltado en estas dos décadas. El presidente Mauricio Funes, exalumno de  esa misma universidad, ha otorgado a los mártires la máxima condecoración del país. "Ya es hora de ir a matar a los jesuitas" dicen que dijo el general Juan Bustillo y los coroneles Ponce, Zepeda, Montano y Fuentes, miembros del Alto Estado Mayor salvadoreño que decidieron su muerte. Un militar de rango menor, el coronel Guillermo Benavides, director de la Academia Militar, la ejecutó con miembros del batallón Atlacatl.

Ellacuría era un hombre de paz, pero molestaba a quienes no querían esa clase de paz. En 1985 fue mediador en el canje de la hija del presidente Napoléon Duarte por 22 presos políticos y 101 heridos de guerra del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). En 1989 buscaba la paz para el país y eso, para quienes viven de la guerra, resultaba inaceptable.