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El maldito de Dios

El maldito de Dios

 

Por la puerta del Domingo de Ramos, también llamado domingo de Pasión, los cristianos católicos iniciábamos ayer la Semana Santa. No se le dice Santa porque estos siete días sean más santos que los siete días del resto de las semanas del año. Se le dice Santa porque en estos días celebramos de manera más solemne y especial el gran misterio de nuestra salvación, ese empeño loco de un Dios apasionado por nosotros, sus hijos, que quiere que nuestra vida sea plena y para siempre. Para ello se hacía necesario vencer a un enemigo del ser humano que parecía invencible, la muerte. Sólo así la vida tiene futuro.

Es la fiesta de la Pascua, que significa paso y se refiere a ese paso que Jesús dio de la muerte a la vida al aceptar, como colofón de su misión, entregar su vida en el madero en el que eran ajusticiados los malhechores de lesa patria. En Jesús de Nazaret, la Pascua es, incluso, más que pasar de la muerte a la vida, es pasar de la deshumanización a la rehabilitación de la condición humana.

A Jesús lo matan las élites políticas y religiosas de su pueblo. Lo hacen pasar por subversivo y criminal y le asignan el tipo de muerte reservado para esta calaña. Para los judíos el que muere en la cruz es “maldito de Dios”. Así lo prescribe el libro del Deuteronomio: “Si un hombre es condenado a muerte por su pecado y muere colgado de un madero, su cadáver no quedará sobre el madero durante la noche, sino que lo enterrarás el mismo día, pues el que cuelga del madero es maldito de Dios”.

También los romanos tenían la crucifixión como ejecución de la pena máxima. Era el “crudelísimo y horribilísimo suplicio” para los esclavos y los que no eran romanos sorprendidos en faltas como la rebelión. En los territorios ocupados de Palestina a los romanos les venía bien la crucifixión pues les ayudaba a mantener sometidos a los judíos metiéndoles el miedo en el cuerpo y garantizar su sumisión.

Esta es la muerte que le cuadra a Jesús, tanto por el lado romano, como por el lado de los suyos. Es la muerte propia de un maldito de Dios y abandonado de los hombres.

Un centurión que presenció los hechos del Calvario reconoce en Jesús la inocencia y declara que era un hombre verdaderamente justo, no un maldito. Justo en la mentalidad de Israel es el que realiza el Objetivo de la Ley. Jesús dio a la Ley su verdadero cumplimiento; para ello y por ello transgredió las normas inútiles, denunció la ridícula vivencia del sábado, abrió nuevos caminos, acogió a todos, incluso a los paganos. Y todo eso en aquel tiempo y en aquel pueblo era un delito.

Abandonado de todos, Jesús sólo confía en el Padre que es también responsable de lo que le acontece.. A él se dirige, colgado del madero, con palabras que salen del fondo de su condición de Siervo Sufriente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

La respuesta vendría tres días después, o mejor, unas cuantas horas después repartidas a lo largo de tres días, la tarde noche del viernes, el sábado y las primeras del día del sol, el primero de la semana, que luego, y precisamente por la resurrección se llamará domingo, día del Señor.

Y, puesto a transgredir, Jesús se saltó los convencionalismos incluso a la hora de resucitar. En lugar de escoger a sus compañeros de los tres últimos años de su vida, privilegia a unas mujeres para que tengan ellas la primicia del mayor acontecimiento de la historia humana: que el Dio que se humanizó naciendo en Belén y que destinado a ser el Mesías murió en la cruz como un maldito de Dios, ha vencido a la muerte para que todos los hombres tengan vida en plenitud.

Felices Pascuas

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