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Europa indignada

Europa indignada

Escribo desde España. Veo indignación por todos los lados. Y no es sólo cuestión de los ibéricos. El enojo recorre todo el mapa del viejo mundo, aunque se siente más en Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y España, países que se encuentran en verdadero estado de alarma.

Esta indignación y enojo tiene que ver con la grave situación económica que soporta el continente. No hablan de otra cosa los medios de comunicación social, no editorializan sobre otro tema los periódicos.

La crisis económico mundial se ha cerrado en falso y estos son los resultados. Algunos, como el recién elegido presidente francés, en su día plantearon la necesidad de "refundar el capitalismo" para dar continuidad al sistema y evitar la revolución global que muchos reclamaban.

De este último lado estaba el movimiento antiglobalización. Cada vez que el G8, o el G9, o el G20 se reunían para ver de qué manera capeaban el temporal los fuertes y grandes, este movimiento reclamaba que "otro mundo es posible" y había que intentar crearlo.

En eso, o en poco más se quedaron y en los últimos meses han sido reemplazados por los "indignados", un movimiento, preferentemente juvenil que ha sorprendido a todos, principalmente a los políticos. Los indignados dicen que el sistema no da para más, que la democracia no es real ni auténtica si no logra hacer sostenible y extender a todos los ciudadanos una calidad de vida con mayores garantías.

Las protestas de los indignados, iniciadas en marzo en todas las ciudades de España, se han regado por toda Europa. En estos días, por ejemplo, la prensa se hacía eco de protestas en los países surgidos tras la guerra de los Balcanes. El desencanto por una democracia por la que miles de personas dieron la vida no es menor que el dolor que permanece en la memoria de su historia más reciente.

Cuando la crisis saltó y tendió sus tentáculos sobre el mapamundi, algunos pidieron voltear la mirada hacia el lado ético del problema y no quedarse solamente en el aspecto financiero. No hubo realmente voluntad política de tener en cuenta la advertencia de quienes señalaban que era la codicia la causante del problema.

Las medidas tomadas no han afectado los bolsillos de los codiciosos; se han trasladado a los ciudadanos de a pie. A los portugueses, por ejemplo, el nuevo gobierno, por ley, les va a quitar el 50 por ciento de la paga extra de Navidad.

Las grandes corporaciones, los bancos, las instituciones financieras, esas cavernas donde se esconden los codiciosos, dicen que se han reducido sus niveles de ganancia. Mientras la gran mayoría pierde, otros sobrellevan fácilmente la crisis renunciando a ciertos niveles de ganancia. La codicia de unos agrava la pobreza de la mayoría. Nada más, y nada menos.

El estado del bienestar, el gran milagro de económico de la Europa de los 80 y 90, ha sido tan efímero como falso y desigual. La tan cacareada "refundación del capitalismo" de Sarkozy ha fracasado, entre otras razones porque aquí no se ha refundado nada. A él puede que le cueste la reelección presidencial de Francia, pero a los ciudadanos les está costando sangre, sudor y lágrimas en pérdidas de viviendas por impago de hipotecas, subida impuestos, desempleo y etc, etc, etc.

Los codiciosos, por su parte, siguen especulando y aprovechando la crisis para asegurar mayor rendimiento a sus préstamos, al amparo de los interesados dictámenes de las "Agencias de Calificación"

Pero lo que algunos ya han advertido es que la cuerda se está tensando tanto que corre riesgo cierto de romperse. El ministro responsable de las finanzas de Italia, consiguió en días atrás que el Parlamento aprobara un severísimo plan de ajuste económico, comparando la crisis con la historia del Titánic. En aquel barco murieron por igual, recordó el ministro Giulio Tremonti, los que viajaban en primera clase y los que ocupaban camarotes compartidos.

Como dice el anciano Stéphane Hessel, autor de un pequeño folleto de menos de cuarenta páginas que ha proporcionado base ideológica a este movimiento de los indignados, "las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo demasiado complejo", pero siguen ahí en la dictadura de los mercados insaciables en su codicia.

¿Pensamiento global y acción local o pensamiento local y acción global?

¿Pensamiento global y acción local o pensamiento local y acción global?

Dicen los teóricos la globalización que la fórmula perfecta para estar bien en el mundo es acompañar la mentalidad global con la acción local. En estas líneas quiero plantear justo lo contrario.

Creo recordar que fue en la cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 donde se dio por bueno este concepto que hoy, visto lo visto y los derroteros que va tomando la dichosa globalización, es más que cuestionable.

Ya en aquella Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo celebrada en la ciudad carnaval de Brasil del 3 al 14 de junio de hace casi veinte años, conocida con justicia como Cumbre de la Tierra porque en ella participaron nada más y nada menos que 125 Jefes de Estado y de Gobierno y en la que 178 países se hicieron representar, hubo detractores de esta idea. Pensaban que ejecutar localmente las propuestas globales vendría a ser una nueva forma de ejercer los poderosos su hegemonía en perjuicio de los pequeños por mucho que el objetivo pretendido fuera encontrar fórmulas para el desarrollo sostenible.

Justo al lado donde se celebraba esta magna cumbre mundial, alrededor de 400 organizaciones no gubernamentales y 17 mil personas montaron una Cumbre Paralela en la que ya se advertían estos peligros de la globalización. De ellos el principal es que el susodicho desarrollo sostenible no está asegurado, por el mero hecho de que todos juguemos con las mismas reglas de juego. La vida no es un carnaval por mucho que se programe en la tierra de la samba.

La crisis económica mundial deja constancia de todo ello. Las instituciones globales han tomado decisiones que han arrastrado a los países a acciones locales suicidas que lejos de aportar desarrollo sostenible han acabado con muchas esperanzas.

Pero hay algo más, el pensamiento global que nos invade es un ataque en toda regla a uno de los derechos que da sentido al ser humano, el de la libertad de pensamiento. Más de dos décadas de pensamiento global, que es lo mismo que decir, pensamiento único, nos dicen hoy que la idea de un mundo global, de una ciudad global, de una economía global, de una política global, en realidad, por mucho que lo pretenda teóricamente, no facilita en absoluto que las personas tomen sus decisiones en función de sus conocimientos particulares, de sus intereses, de sus creencias y de sus convicciones.

El pensamiento global es paralizante en la mayoría de los casos porque, en definitiva, deja a los ciudadanos sin capacidad de actuar autónomamente y en libertad convirtiéndolos en víctimas. Son estos tiempos de ahora tiempos para la indignación de las nuevas generaciones, esas que en el 92 eran niños que apenas gateaban. Lo han dejado ver los jóvenes árabes con sus revueltas en aquel lado del mundo, también los europeos, principalmente los españoles, que con sus acampadas en los lugares más emblemáticos de ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla y Valencia han exigido a los dirigentes políticos una nueva forma de hacer política porque la actual, la del pensamiento global con acción local, ha fracasado  y aborta su futuro.

En la cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 se dio por bueno este concepto de que hay "que pensar globalmente y actuar localmente". Fue una conclusión apresurada y peligrosa porque lo que se le estaba diciendo es "no actúen hasta no recibir una orden global, surgida del pensamiento global".

Está en juego sencillamente nuestra libertad. Al pensamiento global hay que contraponer la libertad de pensar por nuestra cuenta. Es peligroso y malo para los ciudadanos que cada día más empresas multinacionales, fruto de fusiones y de endeudamientos masivos, tomen decisiones que son buenas para ellas, pero malas para los ciudadanos que son quienes pagan las consecuencias de esos errores.

Por otra parte, cada vez hay estados más pequeños como nuestra República Dominicana, que padecen neumonía cuando a los grandes apenas les entra la gripe. De todos es conocido que este rodillo del pensamiento global que, insisto es una sutil pero perversa modalidad del denostado "pensamiento único" que creímos haber dejado atrás en las oscuras páginas de la historia contemporánea, acaba con minorías y culturas que un día necesitaremos recuperar para reconducir nuestras vidas y nuestra historia, para planificar acciones globales que respondan a lo que para nosotros es bueno.

No es la solución pensar globalmente y actuar localmente. Es justo al revés, hay que pensar localmente y actuar globalmente. De esta manera salvaremos nuestra propia identidad, seguiremos siendo nosotros, preservaremos nuestras libertades, y el mundo será más humano y el desarrollo más sostenible.

El que ama no mata

El que ama no mata

En lo que va de año, es decir menos de la mitad, ya son 36 las mujeres que han muerto a manos de sus parejas, o amantes. Veinte años tenía Minerva Espinal cuando el hombre que vivía con ella le cercenó la vida de un disparo en el muslo de su pierna izquierda el pasado fin de semana.

El crimen por motivos pasionales, generalmente obra de varones, más que de mujeres, es la forma más extrema de la denominada violencia de género y se manifiesta de muchísimas maneras siendo, por lo general, las mujeres las víctimas.

Treinta y seis feminicidios en apenas cinco meses y cuatro días es una cifra exagerada, vergonzosa e inaceptable que debería hacer reaccionar a la ciudadanía y a las autoridades de alguna manera.

Un estudio de la Asociación Dominicana Pro Bienestar de la Familia (Profamilia), conocido como "Violencia Conyugal en la República Dominicana: Hurgando tras sus
Raíces", reveló lo que de por sí el sentido común enseña sin más investigación, que estos feminicidios extienden las consecuencias de esta forma de violencia de género al resto de la familia, los hijos, más a las hembras que a los varones, y en no pocos casos hasta los propios asesinos que acaban en el suicidio.

Siempre me ha parecido cínico que la mayoría de estos casos de feminicidios, por lo
general uxoricidios, término que en sentido estricto significa la muerte de una mujer a mano del esposo o pareja, aparezcan catalogados como crímenes pasionales, que es lo mismo que decir, asesinatos por amor.

El que ama no mata. El que ama, al menos el que ama bien, no solo no mata, sino que da la vida por aquella persona a la que ama. Es lo que ha hecho muchísima gente a lo largo de la historia y en el día a día. Gente que ha amado mucho y bien. Este amor, amor del bueno, exige y supone en ocasiones renunciar a la persona amada sin exigir correspondencia.

Quien en verdad a una persona debe estar preparada para dejarla si su felicidad
no está con él sino con otra persona.

Alguien escribió en un poema sobre la libertad: "si amas a alguien, déjalo volar libre, si vuelve a ti es tuyo y si no vuelve, nunca te perteneció". En una de sus canciones-poema Sandra Mihanovich, conocida en estos lados más por la voz que le puso Nacha Guevara, canta al amor bueno diciendo: “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos”.

Eduardo Galeano identifica el machismo como uno de los pecados capitales de nuestra sociedad actual y dice que en realidad el mundo actual es experto en la fabricación de enemigos a través del miedo. De la misma manera, piensa este intelectual uruguayo, que “la democracia tiene miedo a recordar y las armas tienen miedo a la falta de guerra”, “los hombres tienen miedo a la mujer sin miedo".

Sí, seguro hace falta que las mujeres boten el miedo para que los hombres que dicen amarlas las respeten y las quieran bien porque una mujer sin miedo debería ser más querida que temida.

El cólera y los pobres

El cólera y los pobres

Del cólera parecía que nos habíamos librado. Ahora es uno de los males y preocupaciones que reclaman máxima alerta de toda la ciudadanía. Algunos han llamado a la población, principalmente a las autoridades, a iniciar una auténtica cruzada contra este virus que, por lo demás no es, según dicen los sanitarios, tan difícil de evitar. Los pobres, en todo caso, no tienen fácil, aunque fácil sea prevenirlo, librarse de este mortal virus.

A Renaul Francois, un ciudadano haitiano de 53 años que fue en enero pasado la primera víctima oficialmente reconocida por las autoridades de salud nacionales, se le han unido ya unos cuantos dominicanos que nadie se aventura a calcular, pero que todos sospechan que son muchos más de los que Salud Pública reconoce.

Creo que el cólera somete a examen nuestra pobreza y la desnuda. Si como dicen los agentes de salud, es tan sencillo prevenir esa infección simplemente evitando beber aguas de los ríos, lavarse las manos con frecuencia, no consumir alimentos cocinados en las calles sin ninguna garantía de salubridad etc, etc, ¿por qué entonces nos está apabullando?

En San Cristóbal, donde vivo, que es una de las ciudades al momento de escribir estas líneas, en la que se ha enseñado la bacteria Vibrio cholerae, principalmente en los barrios que se acuestan a la rivera del río Nigua, ya son varios los muertos. Los oficiales dos o tres; los otros, los que dice "radio bemba", son muchos más.

Cuando dos párrafos arriba señalaba que el cólera desnuda nuestra pobreza y la indigencia de mucha de nuestra gente, lo que quería resaltar es que para los más pobres no es tan fácil librarse del contagio del cólera porque viven inmersos en unas condiciones que favorecen contraer la enfermedad y de las que no pueden realmente sacudirse. Eso que parece tan fácil y sencillo no está al alcance de mucha de nuestra gente más pobre condenada a infectarse, deshidratarse y, tal vez, morir.

Por ejemplo, en los barrios marginales de la ribera del río Nigua en muchos hogares no pueden comprar agua potable de la que se venden en los botellones. La que reparten los camiones gratuitamente también, según han señalado las autoridades, están infectadas del virus y por tanto habría que rechazar. Cuando se acercan las doce del medio día y hay que cocinar el arroz de los muchachos, toman su caldero, apilan un poco de leña en la margen del río y cocinan sirviéndose del agua que corre por su cauce

Para resolver esto se requerirá algo más que militarizar el río e impedir que esos dominicanos y dominicanas sigan adquiriendo boletas para la rifa del cólera que reparte deshidratación a diestra y siniestra. Además, esta medida solicitada por Salud Pública de hecho, no se está cumpliendo, por lo menos hasta la tarde de este martes en la que escribo esta columna.

Me gustaría, eso sí, que la misma contundencia y seguimiento con que se monitorean las zonas turísticas del país para prevenir del cólera a los extranjeros que vienen a solearse a nuestras playas, se aplicaran medidas preventivas en las zonas más vulnerables y proclives a que se enquiste esta pandemia del cólera que parece ha venido para quedarse unos cuantos años. Dicen que en Haití serán más de cuarenta. ¿Entre nosotros?

Algo se mueve en el mundo de los jóvenes

Algo se mueve en el mundo de los jóvenes

Me alegra ver que algo se mueve entre la juventud mundial. Las revueltas ocurridas en el mundo árabe, las que en estos días se están dando en Europa son tímidos, pero decididos movimientos de rebelión que dejan al descubierto el descontento de quienes necesitan que el mundo mejore porque les resta mucho por vivir todavía y no se resignan a que su futuro quede fatalmente condicionado los errores de los que detectan el poder y dirigen la sociedad. No estamos en un nuevo mayo del 68 ni previsiblemente París arderá en llamas, pero algo se mueve sin duda entre los jóvenes.

De una manera u otra forma, sin responder a una coordinación planificada, estos movimientos se están expandiendo con una celeridad inusitada. No hay que meter en el mismo saco, por ejemplo, las revueltas del mundo árabe y las protestas que en estos días se dan en Europa. Pero todas ellas tienen en común la resistencia de los jóvenes a aceptar que el mundo vaya por el camino que lleva, que es un camino sin futuro para ellos.

A Wael Goneim, director de ventas de Google en Oriente Medio, que estuvo detenido durante dos semanas acusado de ser uno de los promotores de la revolución egipcia, se le considera hoy una de las personas más influyentes del mundo. Todo gracias al "activismo digital" que ha promovido para movilizar a los ciudadanos de su país y lograr el cambio de régimen.

En estos días en Europa se están produciendo pacíficos levantamiento juveniles que advierten a  los políticos que su democracia es falsa.

Aprovechando que en España los políticos andan en campaña, centenares de jóvenes han ocupado la emblemática plaza de la Puerta del Sol de Madrid y su movimiento se ha regado por más de veinte ciudades españolas. "Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir" dice uno de los mensajes que los jóvenes inconformes dirigen a los políticos.

Dicen que todo lo que está pasando fue advertido por un escritor y político, anciano ya, pero con una clarividencia asombrosa. Stéphane Hessel, con más de noventa años en su cédula de identidad, alemán de nacimiento, pero francés por todo lo demás, diplomático, escritor, y militante político, que sufrió en carne propia los rigores de los campos de concentración, escribió el año pasado un libro que lleva por título "Indignaos". En él hace todo un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica. Este libro, o más exactamente sus ideas y planteamientos, que ha sido un best seller en Europa, está, dicen, en el origen de estas revueltas juveniles del otro lado del océano.

Quiero pensar que en esa línea se conduce el movimiento Toy Jarto, versión dominicana de este fenómeno mundial. De componente mayoritariamente juvenil , "Toy harto", como dice su ideario, reclama en nuestro país un nuevo liderazgo ciudadano y demanda un relevo generacional en los políticos.

Ojalá así sea por el futuro de las nuevas generaciones

Sobre el fin del mundo

Sobre el fin del mundo

Yo pensé que este artículo no llegaría a publicarse, ni tendría lectores, si, como muchos temían y algunos insensatos pregonaron, el pasado sábado, 21 de mayo, sobre las seis de la tarde, este mundo quedaba finiquitado. Ahora, según nuevos cálculos, tenemos tiempo hasta el 21 de octubre ya que Dios, en su bondad, ha decidido darnos una prórroga.

Así lo asegura Harold Camping, el predicador norteamericano que dice haberse gastado millones de dólares calculando el momento final. Convencido de ello, me cuesta creerlo, lanzó al mundo la advertencia en días pasados, una advertencia que no fue desoída en .nuestro país. En una de nuestra calles, una enorme valla publicitaria, colocada, encima de un edifico recordaba a los transeúntes el fatal día del final de todo.

En horas de la mañana, cuando llegué el pasado sábado a la parroquia en la que trabajo encontré dos niñas en la puerta con la imagen del miedo y del terror en sus rostros. La más pequeña, de no más de siete años, cuando me vio llegó hasta mi corriendo, se aferró a mis piernas y con la voz entrecortada me preguntó si era verdad que el mundo se iba a acabar a las seis de la tarde.

Me dio pena y mucha rabia. Sería esa rabia la que me trajo a la mente aquella advertencia de Jesús a quien causa escándalo a los pequeños. "Más le valdría, dice Jesús, que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar"

Sorprende que en este tiempo en el que estamos todavía se dé crédito a estas tonterías. A pocas cosas le han puesto tantas fechas de caducidad como al propio mundo nuestro, un mundo al que, pese a quien le pese, y por más millones que inútilmente alguien se gaste en calcular el tiempo que le queda, tiene largo trecho que recorrer y una larga historia que recomponer.

Dios hizo el mundo bueno. Todo estaba bien hecho nos recuerda el primero de los libros de la Biblia. Fue el hombre, en su afán por endiosarse, el que desbarató la armonía, belleza y bondad de la creación e introdujo el desorden en el mundo. Y es al hombre al que corresponder recomponer este embrollo.

El tiempo es un don que Dios nos da para que recompongamos la obra que él hizo bien en su día. Viendo cómo tenemos el mundo no creo que Dios quiere enviar de nuevo a su hijo Jesucristo a recoger este desastre. Un día lo hará ciertamente, pero será cuando el hombre haya recreado el mundo que su Padre hizo bueno y que los humanos no supimos administrar correctamente.

Y mucho me temo que el hombre va a a necesitar más tiempo que los cinco meses de prórroga que nos asegura el predicador Camping. Tal vez si los millones que asegura haberse gastado en el cálculo de la fecha definitiva los hubiera utilizado en mejorar alguna cosa mala del mundo el fin que tanto afán tiene porque llegue, estaría realmente más cerca.

¿Qué pasa en los países árabes?

¿Qué pasa en los países árabes?

Quienes acostumbran a seguir las noticias internacionales con cierta asiduidad habrán notado que desde hace unas cuantas semanas se habla de una serie de cambios y revoluciones en países árabes en los que la población, harta ya de tanta humillación y pobreza habiendo tanta riqueza en sus territorios, ha dicho basta.

Todo empezó en Túnez. Bastó un hecho, realmente significativo, pero de dimensiones menores, que acabó en dimensiones verdaderamente monumentales. Mohamed Buaziz, un joven tunecino de 26 años, tenía un carrito de frutas con el que se ganaba la vida. El carrito de Buaziz fue por enésima vez confiscado por la policía. Con un pequeño soborno resolvía cada incidente. Pero harto ya de tener sobornar decidió quejarse. Una funcionaria le escupió en la cara y se negó a asentar su queja. Esa última humillación para Buaziz fue demasiado y ese mismo día, 17 de diciembre del 2010, se prendió fuego y murió. La desgracia de Buaziz conmovió a sus vecinos y provocó una primera manifestación. La indignación de los tunecinos se extendió rápidamente por el país entero obligando al presidente a abandonar el país.

La rabia de esta muerte injusta e innecesaria enardeció a la multitud. Ahí se prendió una llama revolucionaria que se ha extendido de Túnez a otros países árabes como Argelia, Egipto, Yemen, Jordania, Marruecos y Libia, país este último que vive en estos días una feroz guerra civil. Los gobiernos occidentales acusan al dictador libio de crímenes contra la humanidad, por haber ordenado el bombardeo de civiles en los territorios tomados por los rebeldes.

Hasta ahora, estamos acostumbrados a ver que todo lo que acontece en estos lados del mundo tiene motivaciones religiosas. No es el caso de estas revoluciones que se han suscitado en los países árabes. No son los dirigentes de la religión islámica, ni los ayatolas los que lideran estas revueltas. Se trata de una revolución más laica que religiosa.

Dicen los expertos que internet está jugando un papel preponderante principalmente por su capacidad de convocatoria. De hecho, las primeras medidas tomadas por los gobiernos de estos países para contener y neutralizar las protestas de la población pretendieron el bloqueo de internet. Un joven ejecutivo de la compañía Google en Egipto,  vía internet, convocó las manifestaciones en la ya famosa plaza Tahir, de El Cairo, y hoy es considerado el verdadero héroe de la revolución egipcia que acabó con más de treinta años en el poder de Hosni Mubarak.

Internet y las redes sociales han servido simplemente de instrumento para que la propia sociedad que se siente humillada por sus gobiernos y regímenes dictatoriales, instalados desde hace décadas, haya explotado en rabia. No puede ser de otra manera cuando el 68% de los árabes tiene menos de 30 años, es joven, tiene toda una vida por delante y conoce la cultura occidental y no se resigna a mirar al futuro sin libertad, sin derechos y sin dignidad.

La caída de Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto es la señal de que estos pueblos pueden alzar la cabeza y acabar con las cabezas que hasta ahora han decidido por ellos. Algunos analistas han señalado que esta es la primera gran revolución del siglo XXI y apuntan que la trascendencia del momento histórico es de tal calado que estamos ante una auténtica nueva era en la historia.

Y lo que está aconteciendo es para todos una lección práctica de cómo funciona la globalización. Este conflicto anclado en lugares estratégicos de la producción petrolera mundial, ha disparado los precios del crudo y, como consecuencia de ello, nuestra economía dominicana ya se está viendo de tal manera afectada que las autoridades han advertido que es tiempo de “apretarse el cinturón”. Nada tenemos que ver nosotros con lo que pasa en Libia en estos días, pero sufrimos las consecuencias. Eso es la globalización.

En Yemen, un país pobre, dividido y al borde del abismo, las protestas contra el dictador prooccidental Ali Abdalá Saleh, que lleva 32 años en el poder, comenzaron el pasado 27 de enero. En Siria, paradigma de régimen represivo, Bachar al Assad, hijo de Hafez al Assad, en el 2000 sustituyó a su padre, que gobernaba el país1970, también se han alzado los jóvenes con menor suerte ahora; al igual que en Arabia Saudí y en Irán donde los conatos de revuelta han sido sofocados por el momento.

Lo de Libia pinta distinto. Gadafi, tan excéntrico como inmisericorde ha decidido, al parecer, que el país entero le acompañe en su caída y pelea decidido contra la Historia, consciente seguramente de que fuera de Libia ya no habrá lugar de sosiego para él. Correrá la suerte que han corrido otros conocidos autores de crímenes contra la humanidad . La Haya debería ser el puerto donde recale.

Aprendamos del terremoto de Japón

Aprendamos del terremoto de Japón

Hoy, 11 de marzo, nos hemos despertado con la noticia de que en el lejano Japón un terremoto de casi nueve grados en la escala de Richter, que mide la energía sísmica que libera un fenómeno de este tipo, ha provocado decenas de muertes y de desaparecidos. Este seísmo ha generado también un tsunami devastador que ha elevado hasta diez metros el nivel de las aguas del océano Pacífico.

Este terremoto nos hace recordar el que hace algo más de un año padeció nuestro vecino país Haití, que fue mucho menor en intensidad que el que acaba de acontecer en Japón, pero muchísimo más devastador; miles de casas en Puerto Príncipe fueron convertidas en escombro y miles de haitianos y haitianas quedaron sepultos bajo ellos.

Japón es una isla enclavada en una zona de intensa actividad sísmica. El terremoto de hoy, dice la prensa internacional, es el más devastador de los últimos 140 años. No es el primero que sufren y saben que no será el último

En esta misma semana, unos técnicos en la materia advirtieron que República Dominicana, principalmente la zona de Santiago de los Caballeros, corre un alto riesgo de sufrir en algún momento un terremoto como el de Haití y recomendaron que se vayan tomando las medidas de lugar para que cuando tiemble nuestra tierra, los efectos sean los menos dolorosos posibles.

Tendríamos que aprender de Japón. Este país tan castigado por los terremotos, desde hace ya muchos años ha venido desarrollando programas de prevención de desastres cuando esos fenómenos acontezcan. Estos programas han sido acompañados de medidas que reglamentan, por ejemplo, las construcciones nuevas, que deben ser todas resistentes, especifican también las áreas en las que no se puede construir etc.

Así se explica, en mi opinión que este terremoto, el más grande ocurrido en el planeta en los últimos años, no se haya cobrado más víctimas que el centenar del que hasta al momento de escribir estas líneas informa la prensa internacional.

Serán más, sin duda, los muertos, pero serán menos que las que ahora mismo el mundo lamentaría si Japón no llevara una clara y decidida política para enfrentar estos fenómenos a los que ellos están acostumbrados como nosotros a los ciclones.